top of page

Fer


(Es recomendable leer primero el relato de Iker para evitar spoilers)


Estoy reventado. Bajo las escaleras frotándome un ojo que me cuesta abrir y bostezando. Esperaba que Iker y Raquel estuvieran juntos, pero la chica está sola fingiendo escribir, sentada en la cheslón. Sé que lo hace porque tiene el Word en blanco abierto y mira el móvil al menos cinco veces en lo que tardo en llegar hasta ella. Le doy un beso en el pelo antes de sentarme a su lado, bostezando de nuevo.


―¿Qué pasa? ―pregunto, porque me dirige algo parecido a un puchero.


Le quito el portátil para dejarlo sobre la mesa baja. Ella se mueve haciéndome hueco a su lado y me arropa con su manta. Le doy un beso en la frente y dejo que se acurruque contra mí.


―¿Quieres que te prepare algo para comer? ―me ofrece, aun así, no se me pasa por alto que no ha respondido a mi pregunta.


Miro la hora en su móvil, son las cinco de la tarde, no tengo hambre. Solo estoy agotado.


Después de dejar el trabajo con mis padres he estado cogiendo cualquier cosa en bares y discotecas. Ahora mismo estoy por las tardes y noches con turnos de más de doce horas y no puedo más. No quiero quejarme, ni preocuparlos y, sobre todo, no soporto que tengan que mantenerme. Pero no aguanto más. No tengo hambre, solo me apetece acurrucarme con Raquel y disfrutar del breve rato libre. Mi turno vuelve a empezar a las ocho. Es desesperante, sin embargo, es mejor que no tener nada…


Lo que seguro que no puedo hacer es suplicar a mis padres que me devuelvan mi trabajo. No voy a arrastrarme así. Si hubiera sido de otra forma, si su enfado fuera conmigo…

Insultaron a Raquel, y eso no voy a permitirlo.


De todas maneras, mi madre me ha llamado varias veces para ofrecerme mi trabajo de vuelta, siempre y cuando vuelva a llevar la vida que ellos quieren. Raquel tiene que dejar de escribir y tenemos que sacar a Iker de nuestra relación.


Y no voy a aceptar ni lo uno ni lo otro.


―¿Dónde está Iker? ―pregunto a Raquel, porque me da la impresión de que eso es lo que le pasa.


Si él estuviera con ella no parecería tan triste. Y la felicidad de Raquel es lo que más me importa en la vida. Más que la mía, o que tener cinco horas libres al día… Y tener un trabajo que se salta todas las legalidades posibles para un sueldo que tampoco es para tirar cohetes…


―¡Se ha ido a comer con esas mujeres! ―me dice Raquel, con la voz destilando incomprensión y celos.


―¿Qué mujeres? ―pregunto sin entender nada.


―¡Y ya son las cinco! ¿Cuánto rato tardan en comer?


―¿Qué mujeres? ―insisto.


Aunque es posible que me ría un poco de su drama.


―Las de La mazmorra. Le han llamado esta mañana y ha pasado de mí. ―Me mira con un nuevo puchero y no puedo evitar reírme y besarle la frente otra vez―. No te rías ―se queja.


No entiendo el drama que está haciendo, ni que hable de Ali y Vera como si no las conociera, cuando la propia Raquel come con ellas una vez a la semana también, al menos, para ponerse al día de cotilleos del sitio. Raquel lo llama su «día de inspiración real». Para mí sigue siendo de cotilleos y está bien, porque nos da tiempo a Iker y a mí para pasar un día a solas. Al menos era así cuando tenía vida para algo más que trabajar.


―Perdona, cariño. ¿Tú has comido?


―Sí… ¡Yo solita, porque él nos ha abandonado por esas mujeres!


―No seas dramática, ya volverá.


Pone cara de enfado, inflando los carrillos, pero acaba acurrucándose de nuevo contra mí y alza la manta para envolvernos mejor a los dos. Empieza a hacer calor, por lo que es fina, y ella va en tirantes. Yo llevo un pijama de pantalón de verano y manga corta, así que siento su cuerpo caliente y suave pegado a mí. Acaricio su brazo con aire distraído, aunque estoy tan cansado que no sé si tengo ánimo de intentar ir más allá. Y tampoco me parece que ella, preocupada como está por Iker, vaya a tener ganas de algo más.


―Es que no sé por qué tiene que comer con ellas ―asegura de golpe.


―Porque son sus amigas.


―Yo también soy su amiga, puede comer conmigo ―rumia ella sola.


Y, sinceramente, la dejo hacer. Aunque el tema me resulta bastante gracioso. Sé que Raquel se permite el lujo de exponer sus celos porque Iker no está. Seguro que ha fingido que le daba igual cuando él se lo ha dicho, pero que lleva dándole vueltas desde entonces. Así que la dejo seguir con el tema. Estoy seguro del todo de que es una comida de lo más inocente y que Iker volverá pronto. No tiene sentido preocuparse.


Supongo que una asociación de ideas muy básica me hace pensar en La mazmorra. Aún recuerdo la primera vez que estuvimos allí, hace un año ya. Una vez, Raquel dijo que no debió jugar con nuestro matrimonio, y, en ese momento, me pregunté cuál de los dos lo había hecho. Sigo sin saberlo, claro.


Mis motivos para ella siempre fueron altruistas, generosos. Y, aunque es verdad que en parte fue así, porque necesitaba eso para escribir su libro y yo no sabía ayudarla, otra parte de mí siempre pensó que nos faltaba algo. Teníamos sexo, sí, no obstante, nada increíblemente satisfactorio.


Es horrible sentir que en tu vida privada falta algo de esa manera y no saber ponerle remedio. Así que, pese a las ganas de ayudarla con su libro, una parte de mí deseaba encontrar la chispa que faltaba a nuestro matrimonio.


Y quizá debí molestarme por esa tensión sexual que desde el primer instante flotó entre Iker y Raquel, no fue así para nada. Me pareció excitante ver como se besaban, se tocaban o jugaban juntos. Yo iba buscando un empujón en nuestro matrimonio y, en lugar de ello, encontré a alguien para tirar de nosotros. Deposité mi confianza en Iker desde el primer momento. Curiosamente, aunque es verdad que siento esos celos cuando le veo siendo amable con otras personas, no fue igual al verle con Raquel.


Al principio sentí miedo, que confundí con celos. Durante un tiempo, cuando tras nuestro primer encuentro Raquel estaba tan destrozada, temí que le quisiera a él y perderla. Sin embargo, Raquel tiene amor para los dos y creo que no la querría igual si no fuera así.


Jugamos con lo nuestro, quizá no debimos hacerlo, lleva razón, pero ganamos. Nuestra relación creció de una manera impresionante y conocimos a Iker. Por lo que no cambiaría lo que pasó por nada del mundo. Ahora Iker forma parte de nuestras vidas y yo no sería tan feliz si no lo hiciera.


Quizá no sea normal. Tal vez no esté bien. Aun así, solo soporto las largas jornadas de trabajo porque sé que ellos se están cuidando mutuamente y que cuando vuelva los veré. A los dos.


Según mis padres sentir algo así me convierte en un enfermo desviado y pervertido, y me da igual. Siento más amor en mi vida del que ellos son capaces de comprender. Todo lo demás no importa.


La puerta se abre y entra Iker silbando una cancioncilla. Parece contento. Raquel alza la cabeza y mira hacia la puerta con cara de enfado, aunque no debe poder verle aún. Iker deja de silbar al vernos y rodea el sofá para tirar de la manta que nos cubre. Luego pone los ojos en blanco y agita la cabeza.


―Decepcionante ―bromea, o eso me parece.


Supongo que esperaba que nos lo estuviéramos montando, pero no tengo energía para ello, estoy cansado y me duelen los músculos como si acabase de llegar de trabajar. He dormido casi siete horas, y siento que no lo he hecho ni diez minutos.


―Son las cinco y media, ¿estabais matando al cerdo para comer? ―le acusa Raquel.


―No, estábamos bajando la comida follando salvajemente en una mazmorra ―replica él, sarcástico.


―No tiene gracia.


―¿Te parece improbable? ―se burla Iker, tirando la manta a un lado y sentándose a los pies de la cheslón.


―Sí.


―¿Para qué te pones celosa, entonces?


―No estoy celosa ―asegura Raquel


Resoplo, porque no puedo evitarlo, y ella me da un golpecito, como si Iker no supiera a la perfección lo que pasa. Me río y él también, antes de tirar del tobillo de la chica para hacer que se ponga bocarriba y poder quitarle el pantalón de solo un par de movimientos muy hábiles.


La situación entre ellos me parece de lo más excitante. Siempre lo ha hecho. Sin embargo, sigo agotado, solo puedo pensar en dormir, y en un rato debo volver al trabajo. Así que lo mejor es que me dé una ducha y me prepare para un nuevo turno desesperante. No sé, no tengo la cabeza para sexo, necesito descanso físico.


Le doy un beso a Raquel, que gime entre mis labios cuando Iker aprovecha su posición para «besar» otra zona mucho más placentera. Sonrío con sinceridad. Quizá es un sentimiento raro, pero me gusta que Raquel no se quede insatisfecha porque yo no tenga ganas de hacer nada.


―Voy a darme una ducha ―les digo, separándome de Raquel, que se gira sorprendida para verme.


Iker también emerge de entre las piernas de la chica para mirarme boquiabierto. Tiene la boca brillante de babas y fluidos, no puedo tomarle muy en serio así.


―No te vayas ―me pide Raquel, apoyando la mano en mi muslo.


―Tengo que volver al trabajo en un rato, por mí no os cortéis ―bromeo, aunque soy sincero. Quiero que sigan.


Doy un beso a Raquel en la frente y vuelvo a subir los escalones hacia el piso superior. Les oigo murmurar algo mientras me voy. Una vez que llego arriba el ruido desaparece del todo. Espero que sigan, de verdad. No quiero cortarles el rollo por estar cansado. Es que después de doce horas de trabajo estoy agotado, eso es todo, y la perspectiva de volver en un rato a estar doce horas de nuevo me mata.


Es horrible tener que irme cuando en condiciones normales sería el rato perfecto para pasar los tres juntos. No es mucho mejor llegar a la cama cuando Iker tiene que irse a trabajar. Raquel suele quedarse un rato tumbada conmigo, pero caigo agotado y me despierto solo en una cama demasiado grande… Es triste no poder compartir el tiempo con ellos con naturalidad. Y ser el que siempre tiene que irse es doloroso.


Me quito la ropa sin darle más vueltas y me meto en la ducha con agua fresca, para que se me desentumezcan los músculos. Dejo que el agua me empape desde arriba, apoyando las manos en la pared. La puerta se abre solo un minuto después.


―¿Estás en esos días del mes? ―bromea Iker, sobresaltándome un poco, pensé que sería Raquel. Aun así, me río de su broma.


―Eso creo ―replico divertido, aunque en seguida me excuso, porque me siento mal de verdad―. Estoy cansado.


Le miro apartándome el pelo y el agua de la cara. Se ha apoyado en el lavabo como si tal cosa, cruzando los tobillos y los brazos. Supongo que no es consciente de ello, pero Iker siempre ha conseguido que todas las situaciones parezcan normales. No es que sea la primera vez que me ve desnudo, claro, llevamos follándonos a la misma chica cosa de un año, sin embargo, si cualquier otra persona se metiera en el baño a charlar como si nada mientras me ducho, por mucha confianza que hubiera, me resultaría raro. Con él parece de lo más natural charlar cuando cojo mi champú favorito para lavarme el pelo.


―No estarías cansado si no te empeñases en trabajar tanto ―me dice, con tono de regañina.


―Lo tendré en cuenta. ¿Has ido eligiendo el puente bajo el que quieres vivir? ―me burlo.


―Es irónico que tengas los huevos suficientes para dejar que me tire a tu chica y no para reconocer que necesitas ayuda.


Pongo los ojos en blanco. Ni sé bien por dónde empezar a corregirle, pero me tiro hacia lo más fácil, y lo más obvio.


―Creo que hace mucho que Raquel no es «mi» chica. Es nuestra.


Sus ojos brillan ligeramente. Sé que le emociona cuando digo ese tipo de cosas, aunque las pienso de verdad. Ni siquiera siento que «comparta» a Raquel con él. No somos Raquel y yo y luego está él. Para mí no es así desde hace muchísimo. Es diferente, somos tres, y cada uno cumple una función, somos necesarios y juntos formamos algo. Los tres.


―No cambies de tema, tío ―me regaña. No obstante, no lo discute y me gusta que lo acepte, antes hacía un drama con esas cosas todo el tiempo.


―¿Qué quieres que haga? Da igual que tenga un montón de experiencia porque soy demasiado joven para que nadie se fíe de ponerme en la dirección de sus restaurantes ―explico, aunque ya lo he hecho mil veces―. Si solo me dan trabajos de servir copas, tendré que hacerlo, Iker.


―¿Podemos ir a un sitio antes de que empiece tu turno de esclavo?


―Si es rápido ―cedo a medias―. Entro a las ocho.


―A lo mejor luego te apetece llamar para decir que estás enfermo y dedicarle un rato a… nuestra chica ―bromea, antes de salir del baño.


Agito la cabeza, pero acabo de ducharme rápido para poder ir donde sea que quiere ir. Salgo con una toalla envuelta a la cintura para encontrarme a Raquel tumbada en la cama, mirando el techo, con un vestido negro que le queda genial hasta en esa posición. Agito la cabeza para tirarle unas gotitas de agua y se queja con una carcajada.


―¿Estás bien? ―me pregunta poniéndose de rodillas en la cama y rodeándome con sus brazos.


―Claro, cariño. No quería interrumpiros. ―Suspiro sin poderlo evitar y le doy un beso suave en los labios.


―No lo has hecho, hemos parado porque hemos querido ―replica enseguida―. No puedo estar bien si vosotros no lo estáis.


Le doy otro beso y luego la suelto para poder vestirme. Pese a la idea de Iker de llamar para decir que estoy enfermo lo dudo, así que me pongo los pantalones vaqueros y una camisa, por si tengo que ir a trabajar desde dónde sea que quiere ir. No me molesto en secarme el pelo y Raquel dedica un rato a regañarme por ello, que la ignoro un poquito. ¡Si hace calor!

Iker se ha ido abajo, ve la tele como si no se hubiera quedado con el calentón diez minutos antes. Le doy un golpecito en el hombro al pasar, para llamar su atención. No tarda en apagar la tele y salimos los tres juntos. Vamos en mi coche, pero conduce él. Voy en el asiento del copiloto y Raquel atrás. Creo que lo peor de una relación así es el hueco en los vehículos. Sonrío un poco ante la idea de que eso sea lo peor, y que consigan que lo demás sea tan fácil y perfecto.


―¿Dónde vamos? ―pregunta Raquel, inclinándose entre los asientos.


Me sorprende que tampoco se lo haya dicho a ella. A Iker le gusta fingir ser muy misterioso a veces, y llevarnos a sitios por sorpresa. En general suele ser a restaurantes excéntricos, paisajes bonitos o lugares raros donde montárnoslo.


―Ahora lo verás ―dice él.


―Tengo que estar en el trabajo a las ocho ―le recuerdo, porque con la tontería ya son las seis y no soy de llegar tarde.


―No vas a tener ganas de irte ―asegura.


―No me gusta cuando te pones así de misterioso ―se queja Raquel―. Si esto es para Fer, ¿por qué no me lo cuentas a mí?


―Porque no sabes guardar secretos.


―¡Guardo secretos genial, idiota!


―No es verdad.


―Que sí.


―Que no.


―Por Dios, ¿podemos poner música? ―Me río de su discusión infantil, pero enciendo la radio, porque son capaces de pasarse discutiendo el resto del camino.


Encima es mala hora y como Iker va por el centro, se mete de lleno en un atasco. Le miro mal, y parece que le da igual. Nos hemos planteado mudarnos por esta zona. Iker dejó su piso hace unos meses, porque era tontería estar pagando el alquiler si no vivíamos allí y no es que ya nos sobre el dinero. Solo que me gusta demasiado mi casa de las afueras y yo soy el que peor lo lleva con los horarios. Él suele irse en metro al trabajo, porque tarda menos y aprovecha para corregir.


―Si querías enseñarnos el tráfico, bien hecho ―se burla Raquel, inclinándose hacia delante.


―¿Por qué no nos amenizas el atasco, nena? ―le pregunta Iker, tras echarle un vistazo.


Los cristales traseros están tintados, así que a ella no debe podérsela ver.  Salvo desde delante y el salpicadero es bastante alto. No puedo evitar mirarla con interés por el juego de Iker. Raquel se sonroja, y niega con la cabeza. Sé que, si Iker se pone en plan sexual, acabará cediendo.


―Ni lo sueñes ―asegura.


Apago la radio para darles pie.


Una cosa es que físicamente no tenga ganas de hacer nada y otra que no tenga ganas de jugar con Raquel. Me encanta hacerlo. Y jamás estaré lo suficiente cansado como para no disfrutar de sus mejillas rojas o su carita de placer.


―Quítate las bragas ―le ordena Iker, vigilándola por el retrovisor.


Raquel boquea un poco, indignada con la petición, al parecer, pero cuando sus mejillas se tiñen de rojo intenso sé que va a hacerlo. Alza el culo lo justo para sacarlas sin quitarse el vestido y cierra el puño con ellas dentro antes de dejarlas caer sobre las piernas de Iker. Este las recoge, las huele y las suelta en el salpicadero. Raquel se queja de nuevo. A él le da igual. Y yo disfruto del espectáculo.


―Abre las piernas.


―Me van a ver ―protesta.


―No es verdad, no hay ángulo para eso. Solo vamos a verte nosotros.


Raquel duda, se muerde el labio. Al final, abre las piernas subiéndose la falda lo justo. No sé el rato que llevo empalmado, pero ahora me arrepiento de no haber aprovechado mejor el tiempo en casa.


―Tócate ―ordena Iker de nuevo, alternando la mirada entre el coche de delante cuando tiene que andar un par de metros y el retrovisor que ha movido para ver a Raquel.


Sé que está excitada, más que avergonzada. ¿No he dicho ya que Iker consigue que situaciones muy raras parezcan normales? Nuestra chica acaricia su muslo muy despacio, de forma muy sexi, y acaba entre sus piernas. Se roza el clítoris y mete un dedo en su interior. Vuelve a sacar lleno de humedad un instante después y lo devuelve a su clítoris. Se acaricia con delicadeza y sin prisa. Dobla el cuello hacia atrás y de entre sus labios brota un gemido de satisfacción. La mano libre la lleva a su pecho y se acaricia sobre la ropa. Sé que, si no temiera que la viesen, la metería por dentro.


Y, además de lo erótica y sexi que es la escena, me doy cuenta de lo desinhibida que está Raquel. No solo por tocarse a sí misma con esa seguridad, es que tampoco parece importarle del todo que puedan verla, más allá de una ligera preocupación. Antes de Iker, ni siquiera nos acostábamos con la luz encendida. Lo hacíamos medio ocultos debajo de las sábanas.


No siempre fue igual, cuando empezamos a experimentar con el sexo, aparte de vergüenza y timidez había algo más de libertad. Luego ocurrió lo del embarazo y dimos muchos pasos atrás. Perdimos la confianza y nos encerramos en nosotros mismos. Estábamos juntos, y no lo estábamos a la vez, si eso tiene sentido. Iker llegó como un ariete a romper nuestras resistencias y poner nuestras vidas patas arriba y darnos, sin que lo supiéramos, justo lo que necesitábamos: libertad, amor, seguridad, felicidad…


Y sé que ya no sabría vivir si uno de los dos me faltase. Al principio, cuando Raquel lo pasó tan mal tras estar con Iker por primera vez, temí que fuera yo lo que fallaba, la pieza defectuosa, y que debiera apartarme para permitir que ella fuese feliz. Lo hubiera hecho, claro, porque la amo tantísimo que su felicidad es lo primero.


Sin embargo, me alegro de que sea tan valiente y tenaz. Que luchase por nosotros cuando Iker y yo nos rendimos. De no ser por Raquel no hubiéramos encontrado la forma de hacer que funcionase. Y la amo por ello. Y también amo a Iker por conseguir que sea tan natural desde el primer día.


Los necesito a ambos en mi vida, cada día de ella. Y me da igual tener que trabajar, y perderme momentos importantes, si luego podemos compartir instantes así. Porque en los pocos ratos que tenemos juntos los tres, soy increíblemente feliz y no renunciaría a ello por nada del mundo.


―¡Ah! ―Raquel gime y se estremece.


Extiendo la mano hacia atrás para acariciar su muslo como puedo entre los asientos mientras ella se deja ir en un orgasmo que hace que tiemble.


―¿Ves? Ya estás menos quejica ―la provoca Iker, aunque sé que la quiere tanto como yo.


Supongo que eso es parte de la razón por la que esto funciona. Si no supiera cuánto la ama Iker seguro que no soportaría que la tocase. Pero el amor entre ellos es tan evidente como el que tenemos Raquel y yo, y tan intenso. Y, pese a que parezca raro, eso lo hace todo muchísimo más sencillo.


―Idiota ―se queja ella, temblando aún.


Se baja la falda de nuevo, e Iker protesta cuando lo hace. Me río un poco y disfruto de su pique esta vez, algo más relajado, como si me hubiera corrido yo mismo, aunque mi empalme sigue apretado bajo mis vaqueros. Supongo que es un efecto colateral del placer de Raquel.


―Esto es La mazmorra ―dice confundida.


Aparto la mirada de ella para ver que es verdad. Hemos salido del atasco e Iker está aparcando en la puerta de La mazmorra, que a estas horas aún parece vacía.


―Eres muy observadora ―bromea Iker.


―¿Me devuelves mis bragas? ―le pide ella.


―Nop.


―¿Fer?


―No quiero saber nada de vuestros juegos ―canturreo, antes de bajar del coche.


Iker recupera las bragas y las guarda en su bolsillo después de salir. Raquel trata de quitárselas, lo que solo consigue que él se ría y cuele la mano bajo su falda. Raquel deja de pelear en el acto, claro, se limita a gemir. Iker murmura algo en su oído y entonces ella le mira mal y se viene conmigo. Sus dedos se entrelazan con los míos enseguida y disfruto del gesto.


―Tengo que trabajar a las ocho, Iker, no sé qué has planeado…


―Os pasáis la vida pensando en sexo ―nos acusa, aunque estoy seguro de que más de la mitad de las interacciones de ese estilo entre los tres las inicia él.


Luego empieza a andar sin esperarnos. El edifico de La mazmorra tiene cuatro plantas y en la inferior hay una discoteca, de la que Iker pasa de largo. Tampoco entra en el edificio, y no entiendo nada. Va hasta otro local, en el que nunca me he fijado porque los cristales tapados con cartones no llaman mucho la atención. Me sorprende que alce una verja tras abrirla con las llaves, y cruza la puerta del local como si fuera su casa. Raquel y yo le seguimos en silencio.


El interior huele a lejía y limón. Y a madera. No me cuesta reconocerlo y sonrío un poco. Es un restaurante grande, con mesas oscuras y sofás de lo más cómodos, al menos en apariencia. Parece un sitio familiar, no parte de un local de perversión. Supongo que lo han hecho con vistas a que sea de verdad para todos los públicos. La discoteca con la que comparte espacio en el inferior del edificio no tiene nada que ver con lo que se oculta en los pisos superiores.


La barra brilla y tras ella hay botellas colocadas por colores, dando un aspecto bonito al lugar. Iker cierra, bajando la verja de nuevo, y luego va a la barra y enciende las grandes lámparas con cristalitos. El techo es alto y da un aspecto muy elegante al sitio.


Quizá sea menos familiar y más de diseño. Seguro que un plato aquí vale una pasta. Aunque en realidad no parece que esté funcionado. A estas horas debería estar abierto, además, huele a limpio, no a comida.


―¿Qué os parece? ―pregunta Iker, sentándose sobre la barra.


―Que no deberías sentarte ahí, es antihigiénico ―le acuso, haciéndole reír.


―Cuando Vera y Ali abrieron la discoteca, montaron esto también. Contrataron a un tipo cara dura para llevarlo y… bueno, no les fue muy bien. Lo cerraron solo un par de meses después y no quisieron meterse en jaleos. He estado pensando, y ellas están de acuerdo conmigo, en que si alguien joven y con experiencia lo llevase… ―Deja el resto de la frase en el aire y salta de la barra para acercarse de nuevo a nosotros.


―¿Hablas en serio? ―pregunto nervioso.


Una oportunidad así es increíble. Quizá esté mal, porque solo me dan esto por Iker, pero estoy harto de echar horas y horas poniendo copas. Y sé llevar un restaurante. Cuando trabajaba con mis padres lo hacía con varios a la vez. Puedo conseguirlo.


―Es complejo ―sigue Iker―. Quieren quitarse la responsabilidad del sitio, por si sale mal, no tener que preocuparse ―explica―. Tú te harás cargo de todo, personal, proveedores, lo que haga falta. Ellas te cobrarán un alquiler y punto, el resto será tuyo.


Es perfecto. Por suerte no me he pulido los ahorros, porque sé que vamos a tener que meterle dinero al principio, pero suena tan perfecto. El sitio funcionará, seguro. Arriba apenas sirven comida y las pocas veces que he estado siempre estaba hasta los topes. Junto con la discoteca de al lado, por las noches llenaremos para las cenas. Y alrededor hay muchos bloques de viviendas, así que estoy seguro de que si damos comida de calidad y nos esforzamos con la publicidad…


No me importa nada, es la oportunidad que estaba esperando.


Sujeto a Iker de las mejillas y le doy un beso producto de la felicidad, y de las ganas que tengo de que entienda lo importante que es lo que ha hecho por mí.


―Vas a tener que currar duro, pero podremos ayudarte ―me dice Iker, cuando nos separamos.


―Gracias ―le digo, antes de fijarme en Raquel, que mira alrededor con los ojos llenos de lágrimas. Me asusto al darme cuenta. ¿Y si no le gusta la idea?―. ¿Te parece bien, Raquel?


―Es perfecto ―dice emocionada―. Podré venir a ayudarte y no tendremos que estar tantas horas separados.


―Hay un despacho atrás, seguro que puedes escribir aquí ―explica Iker―. Y ahora, Fer, creo que debes llamar al trabajo para decir que estás enfermo y podemos estrenar el sitio haciendo cosas muy antihigiénicas.


Ni dudo. Hago exactamente lo que dice. Las órdenes de Iker siempre han tenido algo que me han instado a obedecer, pero si son tan apetecibles ni dudo. Ha cerrado la puerta y las ventanas están tapadas, así que no hay riesgo. Llamo al trabajo y digo que me encuentro fatal y que no voy a ir. Ya dimitiré mañana.


Luego me giro hacia ellos. Iker ha sentado a Raquel sobre una mesa y le ha quitado el vestido, para dejar a la vista su cuerpo perfecto desnudo. Los miro hacer unos segundos, mientras Iker sujeta sus pechos, los besa y los muerde. Raquel se inclina hacia atrás. Pronto dejo de soportar solo mirar y me acerco de nuevo, tras echar un vistazo al lugar.


Es justo lo que necesitamos. Supongo que Iker tiene ese poder, siempre consigue que tengamos lo que nos hace falta. Le sujeto de nuevo y es él quien me besa esta vez. Supongo que entiende cómo me siento. Raquel se inclina hacia nosotros y nos acaricia mientras Iker y yo seguimos besándonos con algo de fuerza.


Besarle a él no es como besar a Raquel, por lo general es un gesto tierno. Ahora me parece más necesitado. Y, aunque mi cuerpo no reacciona como con Raquel, la situación es suficiente candente como para ponerme de nuevo a mil. Ella nos desabrocha los pantalones a la vez y cuando nos acaricia, Iker y yo rompemos el beso y desviamos toda la atención en Raquel, que parece encantada con ello.


Necesito besarla también, compartir ese amor que flota entre los tres y disfrutar de ella. Así que lo hago. Solo eso, durante unos segundos, mientras Iker vuelve a meter la mano entre las piernas de la chica.


―No podría vivir sin vosotros ―les digo, sincero.


Y durante las siguientes horas hay sexo, y también amor y cariño. Promesas silenciosas y declaraciones a gritos.


No sé qué nos deparará la vida, pero sé lo mucho que los amo, a los dos. No quiero vivir sin ellos nunca más, y jamás podré agradecer a Iker lo suficiente lo que ha hecho por nuestra vida, ni a Raquel que lograse convertir esto en algo real. Y cómo no sé expresarlo, me limito a disfrutarlo con todas mis ganas.

 


¡Lee la saga aquí!

¡No olvides dejar tu like y tu comentario si te ha gustado este relato para ayudarme a llegar a más gente!

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


WhatsApp Image 2021-06-14 at 19.37.52.jp

Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

bottom of page