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Siete días

Actualizado: 2 abr 2024



Hacía siete días que Jessica, Leire y Vega no sabían nada de Melody. Siete días enteritos, si no se contaba aquel mensaje del miércoles que Mel había mandado al grupo de WhatsApp que las cuatro compartían y decía:


Mel: Chicas, me ha pasado algo que no os vais a creer, ya os cont…


Ni siquiera había acabado de escribir lo que fuera que iba a poner, y aunque no parecía un mensaje alarmante y ya no se veían tan a menudo como antes porque cada una tenía su vida y su trabajo, que Mel no hubiera respondido a ningún otro mensaje en toda la semana, no hubiera ido a trabajar (cómo averiguo Vega el viernes) y no hubiera aparecido por el desayuno de los domingos que las cuatro seguían celebrando cada semana (hiciera frío o calor, tuvieran que cancelar otros planes o escaquearse del trabajo), las tenía preocupadas.


―Yo digo que le ha dado un chungo ―dijo Jessica, mientras subían juntas las escaleras hasta el piso de Mel―. Y Scottex se la está comiendo.


―Los que hacen eso son los gatos, así que ten cuidado con la tuya ―replicó Vega, con una risa―. Yo digo que está disfrutando del succionador de clítoris que le mandé la semana pasada. Dicen que es una maravilla, por eso os lo regalé, a las tres, de nada, por cierto, que no me habéis dicho nada…


―¿Tú no lo has probado? ―preguntó Leire sorprendida, porque Vega siempre les daba un informe detallado de cualquier cosa relacionada con el tema.


―No, no he tenido tiempo, tengo una vida de empresaria muy ocupada.


Jessica hizo una especie de pedorreta por la risa, justo cuando llegaban al rellano del piso de Mel.


―Yo digo que ha vuelto a encontrar una colección de pelis románticas a mitad de precio y lleva toda la semana viendo películas y llorando.


―Joder, seguro que es eso ―dijo Jessica, y Vega se apresuró a darle la razón.


Porque estaban preocupadas, pero tampoco mucho. O porque era más fácil bromear que estar de verdad asustadas por su amiga. Vega pulsó el timbre.


―¿No tienes llaves? ―preguntó Jess.


―Sí, pero prefiero no encontrarme ninguno de esos escenarios a la fuerza. Prefiero que tenga tiempo para usar un pañuelo, arriba o abajo, y venir a abrir.


―Si es el de Jess, difícilmente abrirá ―murmuró Leire, justo antes de que Mel abriese la puerta.


Y, definitivamente, no estaba llorando por pelis románticas. Sus amigas la miraron boquiabiertas, porque tenía el pelo completamente revuelto, ni rastro de maquillaje (una imagen poco común en Mel) y una camiseta de hombre. Solo una camiseta de hombre, que ni siquiera cubría demasiado.


Antes de que nadie consiguiera decir nada, dos perros casi idénticos salieron a saludar a la visita.


―¿Qué hacéis aquí? ―preguntó Mel, antes de tirar de uno de los perros―. ¡Rocky, dentro!


El perro obedeció enseguida y su compañera, Princesa, le siguió casi dando saltitos de pura felicidad.


―¡Has desaparecido! ―la acusó Leire, aunque había cierta diversión en su voz―. Creo que Vega es la que más se ha acercado. ¿Estás con un tío de verdad o es el succionador de clítoris?


―Oh, lo probamos, pero su lengua es mejor ―aseguró Mel muy bajito, antes de mirar hacia dentro de la casa, entrecerrando la puerta para que ellas no pudieran ver nada―. Os lo explicaré todo, pero tenéis que iros ahora.


―Ni lo sueñes, vamos a ver a ese tío. ¿Cómo nos aseguraremos de que no es un expresidiario si no? ―dijo Vega, con tono bromista, pero las ganas de cotillear brillaban en su cara.


―Venga, tías, otro día… ―pidió Mel, aunque reía un poco.


No tuvieron que suplicar, ni colarse, como sin duda planeaban hacer, porque la puerta se abrió del todo detrás de Mel, haciendo que esta diese un chillidito por la sorpresa. Sus amigas miraron al recién llegado con los ojos muy abiertos.


―¡Ostia, Jaime! ―dijo Vega.


―Juanmi ―la corrigió Jess, mientras se lanzaba a darle un abrazo.


Y a Mel no le quedó más remedio que dejarles pasar.


―Si llego a saber que no era el de la pizza no abro ―murmuró, mientras seguía al grupo al salón.


―¡Madre mía, Melody! ¡¿Lleváis una semana aquí follando y comiendo mierda?! ―grito Vega, al ver el desorden reinante en el piso―. ¡¿Siete días enteros?!


―Más o menos ―replicó esta, apartando unas bragas del sofá para que pudieran sentarse.


―Estoy orgullosa de ti ―le concedió finalmente con una risa.


―¿No has ido a trabajar, Mel? ―preguntó Leire, un poco más seria.


―No, a ver, tenía vacaciones acumuladas, solo me he cogido unos días libres. ¿Tenemos que hablar de esto? Es muy incómodo. Así que lo resumo y os piráis. Juanmi se ha mudado a Madrid por trabajo, nos encontramos por casualidad, tomamos algo y una cosa llevó a la otra. Como él tenía una semana antes de empezar a trabajar, decidí cogerme las vacaciones que tenía atrasadas en el trabajo desde hace cinco años.


―¿Te has mudado a Madrid por trabajo? ―preguntó Jess a Juanmi, con toda la cara de no creérselo.


―Pues sí, era una buena oportunidad, pero si llego a saber que iba a encontrarme a Mel, lo hubiera hecho aunque hubiera sido una mala oportunidad.


―Venga, tías, mañana volvemos al trabajo ―se quejó Mel de nuevo, con una petición implícita. Se les acababa el tiempo para disfrutar de esa forma.


―Está bien, mañana hablamos ―sugirió Vega, poniéndose en pie―. Sé bueno con ella, Juanmi, o te mataré. Tengo los medios y el lugar donde esconder el cadáver.


―Qué bestia ―murmuró Mel, aunque Juanmi asentía con solemnidad.


―Trátala bien, se merece mucho amor ―le dijo Jess, antes de despedirse de ellos también.


―Pasadlo bien ―se limitó a decir Leire y girarse con sus amigas, aunque miró a Juanmi unos pasos más allá, con las mejillas rojas―. Acabo de acordarme que vomité en tu furgo, lo siento muchísimo.


―No pasa nada, no se quedó traumatizada ―bromeó Juanmi, con un guiño de ojo.


Mel empujó a sus amigas a la puerta, mientras recordaba aquel día tan lejano con una sonrisa nostálgica. Atrapó a las tres chicas al otro lado de la puerta y las envolvió en un abrazo férreo.


―Siento no haber avisado, empecé a escribiros y… luego se me olvidó. ―Se mordisqueó el labio mientras rompía el abrazo y todas tuvieron claro el motivo de ese olvido.


―Te entendemos, no pasa nada ―aseguró Leire, conciliadora.


―Vega… ¿Todo bien?


―¿Te refieres porque ahora soy la única soltera del grupo? ―preguntó esta, con una risa, aunque no dejó a Mel responder―. Me alegro de que os hayáis encontrado. Te lo mereces.

Mel se lanzó a abrazarlas de nuevo, feliz porque por un momento había temido que aquella vieja rencilla entre ellas volviese, aunque no lo había hecho en más de una década.


Entonces, alguien se aclaró la garganta a su lado y Mel tuvo que separarse más de sus amigas para ver al de la pizza esperando. La recogió mientras seguía despidiéndose de sus amigas, que empezaron a hacer comentarios obscenos sobre los planes de Mel ahí dentro. Acabó cerrándoles la puerta en la cara y volviendo con Juanmi.


Si era sincera, a veces pensaba en él, pero nunca pensó que volverían a encontrarse. Y no podía estar más agradecida al universo por ello. Si todo lo horrible que le había pasado era para volver a encontrarse con ese hombre, lo aceptaba de buen gusto. Esa semana había sido una locura de sexo, conversaciones susurradas y comida basura. Y había disfrutado cada segundo más de lo que había disfrutado jamás de nada.


Dejó la pizza sobre la mesa. Princesa alzó la cabeza desde su colchoneta, pero acabó enroscándose de nuevo con Rocky. Su perra también parecía tan feliz con el animal que se sentía el doble de feliz, como si su familia estuviera completa por fin, después de tanto dolor y tantos tumbos.


―Lo siento por eso ―aseguró Mel, pero aún sonreía―. Ya tenemos comida.


―Me encanta la pizza fría, ¿te lo he dicho alguna vez? ―preguntó Juanmi, con una sonrisa sugerente.


―Ah. ¿Y qué propones hacer mientras la pizza se enfría?


―Justo lo que me han pedido tus amigas, que sea bueno, tratarte bien y divertirnos… ―Juanmi acortó la distancia hasta ella, agarró el bajo de la camiseta y tiró despacio hacia arriba, hasta dejarla completamente desnuda, haciendo reír a Mel con suavidad cuando acabó tendida en el sofá―. Sé que solo hace una semana que nos reencontramos, Mel, pero ha sido la mejor semana de mi vida.


―La mía también ―murmuró ella, dándole un beso suave en los labios cuando se tumbó encima.


―Y me gustaría que hubiera muchas más semanas así, las cincuenta y dos que tiene un año, por ejemplo, y luego otras cincuenta y dos más. Y otras cincuenta y dos después de esas…

―Lo pillo ―aseguró Mel, con una carcajada.


Ni recordaba el tiempo que hacía que no se reía de verdad, salvo con sus amigas. Y se dio cuenta de que ella también quería todas esas semanas con él.


Para siempre.



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Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

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