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James "Jimmy" Burnside

Actualizado: 23 ago 2025


Contene spoiler de: El fuego no siempre quema

Dos meses después de la sentencia

 

Es la primera vez que nos vemos desde que me mandaron a la cárcel por asesinar a los que mataron a mi hermana. Así que es la primera vez que nos vemos y que no tenemos nada que hacer. Ni resolver un asesinato ni tratar de evitarme la inyección letal. Y eso que dijo que no me representaría si los mataba. Sonrío sin pretenderlo, al recordarla indignada y escandalizada por… mí.

 

No tengo muy claro cómo va a ir esto entre nosotros ahora. Llevo dos meses sin verla. Ni siquiera he podido llamarla, salvo de manera oficial, y paso de decirle nada relevante entonces, que aquí lo escuchan todo, porque me tienen bastante vigilado en esta prisión. En la anterior tenía a la mitad de mi banda conmigo, supongo que por eso me han mandado a una más lejos, y con más seguridad. Eso también va a dificultar que nos veamos, porque tendrá que pasarse casi una hora en coche para llegar hasta aquí.

 

Supongo que no es justo pedirle que me espere cinco años, si yo casi no he soportado dos meses sin verla, aunque ella prometiera que lo iba a hacer. Tengo la sensación de que me ahogaré si no puedo volver a tenerla conmigo, pero no está bien. Se merece rehacer su vida, tras todo lo que ha ocurrido. Yo fui a ese lugar con la intención de matar a Eileen y Sullivan. ¿Cómo voy a condenarla a esperarme cinco años por ello?

 

Y la idea de perder lo que estaba empezando a crearse entre nosotros es terrible, sin embargo, si volviera atrás, sé que haría lo mismo. Por Christy. Por el resto de chicas. Por Pool. Por Ada, incluso. Permitir a Sullivan Robinson vivir y llegar hasta ella de nuevo de cualquier manera… No, era impensable. Y, para mí, Eileen era aún peor, porque consiguió engañarnos a todos y estar tan cerca…

 

Entra abrazada a una carpeta, como si esconderse tras los papeles la hiciera sentir a salvo. Siempre lo ha hecho. Sus ojos recorren mi rostro muy despacio, ¿comprueba que todo sigue en el lugar que lo recuerda? Una vez que queda satisfecha con su exploración, se sienta frente a mí y abre su carpeta. Sé que quería ver si tengo golpes, pero no estoy teniendo esa clase de problemas. La última vez que me encerraron, los guardias y los presos pensaban que había torturado y asesinado a chicas inocentes, no era muy popular. En cambio, ahora todos saben que he matado a verdaderos culpables. Así que nadie me molesta, por miedo o por respeto, me da igual mientras funcione.

 

―Cuanto antes empecemos a solicitar cosas mejor ―me dice, sin más, sacando papeles y girándolos hacia mí, no vuelve a mirarme a la cara, centrada en lo que tiene entre manos.

 

―Ada ―la llamo con suavidad, tratando de que pare con lo que está y me preste atención.

 

―No van a hacernos ni caso, aunque mi plan es que se harten tanto de mí, que acaben por concedernos la libertad vigilada para no tener que verme más la cara…

 

―Ada ―insisto, poniendo las manos sobre sus papeles para que se detenga.

 

―No es que vaya a pasar pronto, al menos vas a tirarte aquí tres años y…

 

―Ada ―repito, con una risa en los labios, porque sigue sin mirarme.

 

―Podemos intentar que te cambien a una prisión de mínima seguridad que esté más cerca de casa y en la que estés más seguro…

 

Sé lo que tengo que decirle: que deje de intentar ayudarme, que no importa, que se marche a casa y siga con su vida como si jamás me hubiera conocido, que sea feliz. Sin embargo, cuando al fin alza esa naricilla suya hacia mí y sus ojos brillantes por la tristeza se centran en los míos, y abro la boca, lo que sale de entre mis labios es algo muy diferente a lo que quería decirle:

 

―Cásate conmigo.

 

―¿Te han golpeado en la cabeza o te están dando drogas? ―pregunta, muy seria.

 

Suspiro y me reclino en la silla. Siento cierta satisfacción cuando su mirada recorre mi cuerpo. Llevo el mono naranja, con la parte de arriba enrollada a la cintura y una camiseta ajustada de tirantes, blanca, como única prenda para cubrir mi torso. Y no voy a negar que me gusta cómo mira mis músculos. No he hecho mucho más que ejercicio los últimos dos meses. Es la mejor manera de no volverme loco, porque queda uno de ellos libre, que está muy cerca de Ada, aunque esté en la cárcel, y no tengo manera de llegar hasta él. Le pedí que solicitase esa prisión, y me miró como si pensase que me drogo de verdad. Dijo que ningún juez aceptaría eso.

 

―Podría salir, ya lo hice una vez ―le digo entonces, inclinándome hacia delante―. Yamal nos hará unos documentos falsos y podremos largarnos a dónde quieras, cualquier parte del mundo. Tú y yo.

 

Me mira aún en silencio, unos minutos eternos. Tanto que empiezo a revolverme algo incómodo. Podría hacerlo, no ahora mismo, pero si sigo siendo un buen chico un par de meses más, se relajarán un poco conmigo y podré largarme, con ayuda de mi banda, como la primera vez. Sin embargo, veo ese horror que me encanta en sus ojos, y sé que no quiere que me fugue. Seguro que ni siquiera tiene que ver con dejar toda su vida atrás para vivir como una proscrita. Por su mente debe estar pasando la terrible idea de que, largarme de la cárcel para irme a ser feliz con ella, es algo así como trampa y no está bien.

 

―Jimmy… ―lo dice con una especie de gemido lastimero.

 

―Ada. ―Mi voz es firme, segura.

 

―¿Podemos hacer las cosas a mi manera esta vez? ―me pide, como si temiera hablar en alto de ello―. Necesito presentar estos papeles, hacer algo.

 

―Claro. ¿No quieres casarte en general o no quieres casarte conmigo?

 

Suspira y tironea un poco de uno de los papeles, como si quisiera que me centrase en él. Tenía miedo, cuando disparó a Eileen, de haberla perdido, de que esa tierna inocencia que exuda, su bondad, su ingenuidad, desaparecieran para ser sustituidos por eso terrible que brilla en los ojos de la gente como yo, los que nos hemos enfrentado al infierno tantas veces que hemos perdido la cuenta. Pero sigue ahí. Sigue siendo ella.

 

―Creo que no lo pides en serio.

 

―Claro que sí, conviértete en una de esas piradas que se casa con un preso ―la provoco, haciéndola reír.

 

―¿En tu cabeza esto es romántico?

 

―¿En la tuya esperabas que yo fuera romántico?

 

Niega con un gesto. Al menos sonríe, es suficiente.

 

―Cuando salgas de aquí puedes comprarme un anillo y unas flores y entonces ya veremos qué pasa ―me dice―. Y, mientras tanto, centrémonos en solicitar el cambio de cárcel.

 

―Te firmaré todo lo que quieras presentar, si eso es lo que esperas de mí, pero me da igual, Ada. Estoy bien, puedo aguantar cinco años.

 

―Pero yo no ―susurra, y me parece que algo se hace pedazos en su mirada, en la fortaleza que quiere mostrar siempre. Se seca presurosa las mejillas, como si le avergonzase ese momento de debilidad en el que apenas le han caído un par de lágrimas―. Sí que puedo aguantar ―se corrige―. Te esperaré. Estaré esperándote, pero si soy capaz de acortar la agonía, aunque sea un día… Tengo que intentarlo.

 

Dejo ir un suspiro y tiendo la mano hacia ella. Coge mis dedos y cuando doy un tironcito se levanta y llega hasta mí. Ni duda, antes de dejarse caer en mis piernas. Lleva el pelo sujeto con una diadema amarilla, y un mechón se le ha escapado y cae delante de sus ojos. Se lo aparto con dulzura y le doy un beso en los labios, que no duda en responder.

 

Me alegro de que las cosas entre nosotros sigan siendo, pese a que he hecho algo imperdonable para su moral, o eso se supone. Apoyo mi frente en la suya.

 

―Haz lo que necesites, Ada ―le digo con suavidad.

 

Porque sacarme de aquí no es por mí, es por ella, lo tengo claro ahora. Y, pese a mis deseos de que encuentre la manera de ser feliz, no puedo evitar sentirme agradecido porque tenga tantas ganas de estar conmigo. Paso un par de dedos por su columna vertebral y ella se estremece y se pega más a mi cuerpo. Quizá cinco años alejados sí van a ser una tortura.

 

Nos miramos un segundo a los ojos y entonces es Ada la que me besa. Durante un par de minutos increíblemente cortos no hacemos otra cosa que enrollarnos y abrazarnos. Luego se levanta, y se coloca el traje de dos piezas, parece que no ha pasado nada entre nosotros y me hace sonreír un poco la idea de que necesite recomponerse de esa manera. Vuelve a su silla y coge de nuevo los papeles.

 

*

 

Cuatro meses después de la sentencia

 

Garret es un buen tío. Cuando mi hermana desapareció, empecé a buscarla a la desesperada. Supongo que con muy poco tino. Pool y yo dimos varias palizas y llegamos hasta el marido de una de las víctimas. Garret tenía la inteligencia, pero no los medios para investigar o la capacidad de hacerlo por su cuenta. Venía de un mundo de dinero y apariencias, de mansiones y Rolls-Royce. No tenía ni idea de cómo llegar a los suburbios y sobrevivir a ellos.

 

Garret y yo mantuvimos una larga conversación, en la que me quedó claro que estaba tan destrozado como yo. Ayudó a Christal en lo que mi hermana le dejó participar en la investigación, pero ella no se fiaba de nadie, paranoica, por lo que no explotó todo su potencial. Podría presumir diciendo que lo calé a la perfección porque entiendo a las personas, sin embargo, Eileen me la coló doblada, así que, quizá, no sea tan bueno.

 

―Cuida de ella ―le pedí, más suplicante que amenazador, aunque mi idea era dejarle claro lo que podía hacer, cuando llegó el momento de la verdad, me hubiera arrodillado a suplicarle ayuda.

 

―Lo hago. Es como una hermanita molesta obsesionada con sacar a un gilipollas de la cárcel, una familia disfuncional de toda la vida ―bromeó, restándole importancia con un gesto.

 

―¿No son todas las familias disfuncionales? ―pregunté, tratando de usar el mismo tono indiferente. Le hice reír―. ¿Te vas a quedar en el barrio?

 

―¿Dónde quieres que vaya? ―replicó, quitándose una pelusa de la manga de su traje.

 

―No lo sé… A vivir tu vida.

 

―Mi vida me la arrancaron, Jimmy, no tengo nada mejor que hacer que ayudar a Ada, está… rescatando a tus chicos de la banda de sus propias malas decisiones, y ya ha convencido a dos de esas bailarinas del club, de que se saquen carreras por el día, aunque sigan con su trabajo de noche para poder sobrevivir. Al menos… creo que Lisa estaría satisfecha con eso, con que haga lo que pueda por la gente que lo necesita. Y tu chica lo está haciendo.

 

―Es increíble ―le di la razón.

 

―Trabaja tanto que le dará algo antes de que puedas salir de la cárcel.

 

―Eso me deja más tranquilo ―resoplé, haciéndole reír.

 

Ada entra después de que Garret se marcha. Teniendo en cuenta que ella es mi abogada y se supone que está aquí por motivos legales, Garret ha sido mi primera visita real. Pedí al resto de la banda que no viniera, así que es normal que hayan obedecido, pero es algo que lleva preocupándome desde que ingresé en prisión. Siguen mis órdenes, son leales, sí, sin embargo, sin estar ahí, ¿cuánto tiempo continuarán siéndolo?

 

Me olvido de la banda, la pandilla, como la llama Ada, en cuanto ella entra. Hoy luce un vestido de corte profesional. Llevo tanto tiempo encerrado que puede que me ponga a jadear como un adolescente hormonal en cualquier momento. Le miro las piernas hasta que se sienta frente a mí.

 

―Han rechazado el cambio de cárcel ―dice, con un fastidio que no puedo sentir.

 

―Ven aquí ―le pido, tendiendo la mano hacia ella, que acaba de colocar sus carpetas sobre la mesa.

 

―Hay una cámara ―me explica, señalando a la esquina superior. No he reparado en ella antes―. No tiene audio. Están preocupados por mi seguridad, dicen. No vamos a poder enrollarnos.

 

―Joder.

 

La observo un momento. Está demasiado alta como para que pueda arrancarla y concederme al menos un beso intenso con Ada.

 

―¿Volvemos al recurso? ―me pide, hoy parece… ¿más triste de lo normal?

 

*

 

Diez meses después de la sentencia

 

―He abierto un bufete en el barrio… ―me dice de golpe―. Bueno, estoy en ello, y solo soy yo. Y Garret, que pretende mantenerse ocupado.

 

―Eso es perfecto ―le digo.

 

―Quiero ayudar. Aceptaré algunos casos grandes aún, para reunir fondos. Tengo… clientes de Robinson y… De mi anterior empleo, que quieren seguir siendo representados por mí. Así conseguiré solvencia económica y después… podré ayudar a la gente del barrio que no tiene medios.

 

―No te preocupes por el dinero, representa solo a quien creas que lo merece. Yo me encargaré de la solvencia.

 

―Tus cuentas están congeladas.

 

―Ya. Con esas no ―susurro, inclinándome hacia delante.

 

Sonrío ampliamente cuando veo el desconcierto y luego el horror en su rostro. Patalea un poco y miro de reojo la puta cámara. No poder besarla es una tortura. Me muero por tocarla, pero mantengo las manos contra la mesa. Quizá tenga que pedir que me esposen para soportar no tocarla, o para no sentir la tentación de hacerlo.

 

*

 

Quince meses después de la sentencia

 

―¿Un anillo? ―pregunta―. Vale que hagas que Garret me mande flores y bombones y hasta acepté que me pagues demasiado por representarte porque sé que es una forma de darme dinero para que pueda ayudar a la gente, pero… ¿Sabes que es de compromiso?

 

―¿Sabes tú que lo llevas puesto? ―bromeo, sujetando su mano con suavidad para verlo.

 

No es muy grande, solo una piedra rojiza que parece refulgir como fuego. Es más bonito en persona que en el catálogo que Garret me hizo llegar. Puede que se lo esté pasando un poco bien ayudándome con todo esto.

 

―¿Sabes que si quieres pedirme matrimonio está feo que otro elija el anillo?

 

―Lo elegí yo, de un catálogo, mis recursos son un poco limitados y me pareció que mi abogada se mosquearía si salía de la cárcel para comprar un anillo. No tienes que decir que sí. Solo… querías que supieras que es una petición formal.

 

―Lo llevo puesto, ¿no? ―Es todo lo que dice.

 

Sus mejillas se ponen escarlatas. Y yo me siento tan ligero que podría volar.

 

*

 

Veintidós meses después de la sentencia

 

Me llevan a una sala diferente, y lo primero que compruebo es que no tiene cámara en el rincón. Ada lo sabe, porque en cuando se cierra la puerta llega hasta mí y me besa con pasión. No hablamos más que un par de palabras. No podemos ir más allá, porque alguien puede entrar en cualquier momento, pero joder, besarla es un puto sueño. Llevo casi dos años soñando con esto.

 

Estoy seguro de que ella es la que ha hecho que me traigan a una sala sin cámara. Y también sé que hoy no quiere hablar porque dentro de dos meses van a soltar a Wallace.

 

*

 

Veinticuatro meses después de la sentencia

 

Giorgi no habla mucho en general, pero se le da bien tenerme al día. Me consiguió un teléfono la segunda semana, y no se lo dije a Ada. Necesito mantenerme informado de lo que le pasa y está tan obsesionada con que me porte bien para que me suelten, que sospecho que sería capaz de delatarme.

 

―Wallace iba a salir hoy. Lo han matado los Bianchi.

 

―¿Por qué me suena ese apellido? ―le pregunto.

 

―Son mafiosos. Ada los representa.

 

―Joder.

 

Quizá la respete un poco más. Y me aterre la posibilidad de que le deba un favor a gente peligrosa.

 

*

 

Treinta meses después de la sentencia

 

―Firma ―me pide Ada, colocando un papel delante de mí. Y yo obedezco enseguida―. ¿Por qué nunca preguntas qué estás firmando? Podría hacer que me dieras un control total de tu dinero si quisiera.

 

―Me parece bien. ¿Es lo que he firmado?

 

Resopla, aunque sonríe un poco.

 

―Llevas dos años y medio aquí, Jimmy.

 

―Lo sé.

 

―Estoy harta de la sala de paredes blancas, de esta estúpida mesa y de tener que discutir con cinco funcionarios para que te pongan en una sala sin cámaras.

 

―Me imagino.

 

―Solo hay dos formas de conseguir una visita conyugal.

 

―Joder.

 

―Casarnos, lo que está descartado hasta que salgas.

 

―Ah, ¿y luego no está descartado?

 

Sonríe de una forma misteriosa que hace que se me ponga muy dura. Llevo dos años y medio, como ella bien ha señalado, consolándome con una mano mientras pienso en Ada, y no es muy satisfactorio que digamos.

 

―Y ser pareja de hecho. Por lo que… Lo intentaremos. Has pasado demasiado tiempo siendo un buen chico, seguro que te permiten algunos privilegios.

 

―¿Me estás contando así como si no importase que acabamos de hacernos pareja de hecho?

 

―Más o menos. Tengo que presentar este papel que has firmado sin mirar y pagar las tasas.

 

―Me vuelves loco ―aseguro, y ella sonríe satisfecha consigo misma.

 

*

 

Treinta y seis meses después de la sentencia

 

Ha merecido la pena cada puto día encerrado en este sitio cuando un funcionario con cara de tener un palo muy metido dentro del culo me ha esposado para llevarme fuera. Pensaba que tocaba visita de Ada, pero vamos en la dirección contraria, y empieza a preocuparme un poco lo que vaya a ocurrir. Me lleva a una casita prefabricada que no había visto antes. No es muy grande y está hecha de chapa. Colocada tras una valla, junto al aparcamiento de visitantes, dentro del recinto de la cárcel. Hay varias de ellas, aunque vamos a una en concreto.

 

Abre la puerta y me quita las esposas, dice algo. No le escucho, porque Ada me espera, con una diadema de abejitas, un vestido negro de falda muy corta y sentada en una mesa circular. Le cierro la puerta en la cara al funcionario, que echa una llave desde fuera, y llego hasta ella. Me sonríe y murmura algo que suena a «tenemos veinticuatro horas». No la entiendo del todo, porque espachurro mis labios contra los suyos con fuerza.

 

Me abraza del cuello y yo sujeto sus muslos para que me rodee con ellos, no me molesto en llegar más lejos. Llevo tres años conformándome con algunos besos robados. Estoy desesperado por… todo. Y me imagino que ella está casi igual de ansiosa, teniendo en cuenta que ha organizado esto. Aun así, pierdo tres segundos en separarme unos milímetros para mirarla a los ojos, esperando su confirmación de que esto es lo que quiere.

 

Está sentada en la mesa, por lo que no puede ir muy lejos, pero se lame los labios y se suelta la cremallera lateral del vestido, antes de hacerlo caer por sus hombros.

 

―Joder, pequeña ―murmuro, empujándolo para exponer sus pechos.

 

No lleva sujetador. Entierro la mano en su pelo para hacer que me mire a los ojos. Le brillan con una fuerza inusitada. Tiene los labios entreabiertos por el deseo y húmedos por mi beso.

 

―Hazme el amor ―me dice, como si viera mi necesidad de saber que es eso justo lo que quiere. No tiene por qué pasar nada que ella no desee que pase. Pero joder si no me muero un poco cuando lo pide.

 

Vuelvo a besarla y Ada pega sus pechos pequeños al mío. Durante un minuto, más o menos, me conformo con sus labios, mientras acaricio su espalda y resigo el contorno de sus pechos pegados a mí. Luego no es suficiente, necesito… Todo lo que no he tenido estos tres años.

 

La empujo con suavidad del pecho, rompiendo de nuevo el beso, y hago que se recueste en la mesa. Le subo la falda de un tirón, enrollando el vestido a su cintura, mientras me arrodillo a sus pies. Quizá es mi lugar natural, de rodillas entre sus piernas. Apoyo las manos en sus muslos y hago que los abra. Suelta un gemido por la anticipación que conecta directamente con mi entrepierna. No es que pueda estar más duro, sin embargo, es como una sacudida que está a punto de hacerme gemir también.

 

*

 

Treinta y siete meses después de la sentencia

 

Pensé que la visita del mes pasado sería algo excepcional, pero aquí estamos. Apenas he cruzado la puerta y he tirado de ella, me dejo caer en el sillón llevándola conmigo. Es Ada la que me guía a su interior, sin preparación, solo con una necesidad salvaje.

 

He conseguido aguantar tres años sin sexo, sin apenas interés ni en masturbarme, porque mi mano no es suficiente cuando la he probado a ella. Sin embargo, este mes ha sido una tortura, la he necesitado cada segundo. Tras volver, podía olerla en mi piel, sentirla en mi lengua y luego fue difuminándose hasta desaparecer y, por primera vez en mucho tiempo, deseé llorar por estar aquí encerrado en lugar de con ella.

 

―Te he echado de menos ―me dice Ada, como si pudiera ver lo mucho que la necesito.

 

―Y yo a ti, pequeña ―susurró, atrayéndola hacia mí para que me bese mientras se mueve arriba y abajo.

 

*

 

Treinta y ocho meses después de la sentencia

 

―Pensé que bastaría con un día, que luego sería repetitivo ―me dice Ada―. Pero me paso cada segundo del mes esperando que llegue este momento…

 

―Me alegra que el sexo conmigo no te aburra ―me río con suavidad, porque la he entendido sin problema.

 

No es tener sexo, es tener solo sexo. Aunque no es verdad. Hablamos muchísimo, nos besamos, compartimos comidas sencillas en la mesa en la que hemos follado un rato antes y, al final, el sueño siempre nos vence al menos unas horas, hasta que uno de los dos se despierta febril y necesitado y volvemos a empezar. Cuando llaman a la puerta para avisarnos de que se acaba el tiempo, siempre hay una dolorosa punzada de decepción. Ojalá estos ratos pudieran ser eternos. Ya estamos cerca, nos quedan menos de dos años, luego nadie nos separará de nuevo. Jamás lo permitiré.

 

―No me aburre ―dice, como si tuviera que confirmarlo, antes de inclinarse para besarme la espalda.

 

Ha insistido en que estaba muy tenso y quería darme un masaje, así que se ha sentado en mi culo. Completamente desnuda. Yo he cerrado los ojos, para soportar que pase las manos por mi espalda llena de cicatrices sin darme la vuelta, y volver a tener solo sexo. Uno perfecto y cargado de necesidad.

 

―Será diferente, cuando salga ―le digo, antes de añadir con tono bromista―: Al menos, después del primer mes…

 

―Ah, ¿sí? ¿Qué pasará el primer mes?

 

―Que no voy a dejarte salir de mi cama.

 

―Mi cama ―me corrige, haciéndome reír.

 

Sé que duerme en el club, que se ha quedado en mi habitación. Me dejó claro que había tirado mi colonia y los cuadros de tías desnudas, y no puedo estar más de acuerdo. Ahí se mantendrá a salvo. Se supone. Pese a que no pude proteger a mi hermana, y eso ha matado algo en mí que jamás voy a recuperar.

 

―Como si quieres vivir debajo de un puente, mientras sea conmigo ―le digo, cuando retoma el masaje con sus pequeñas y dulces manos, borrando esa desazón de mí para no preocuparla.

 

*

 

Cuarenta y seis meses después de la sentencia

 

Ada está enfadada cuando entro a la pequeña casita que se ha convertido en mi refugio. Pasea de un lado a otro. Ni siquiera me mira.

 

―Estoy seguro de que no he sido yo ―bromeo, aunque se gira de golpe hacia mí, con pocas ganas de chistes.

 

―¡Me han rechazado el arresto domiciliario otra vez! ―me dice, arrugando unos papeles que tiene en la mano y tirándolos a un lado.

 

Entonces su carita pasa de la ira a la congoja, se le fruncen las cejas y las lágrimas gotean por sus mejillas.

 

―Eh, pequeña ―susurro, llegando hasta ella y envolviéndola en mis brazos, aplastando mi propia decepción hacia abajo para poder consolarla―. Ya no nos queda nada, un poquito más de un año, y saldré de aquí, no te preocupes.

 

―¡Podrías pasar el último año en casa!

 

―No soy bueno, ¿te acuerdas? Merezco un castigo, es en lo que tú crees…

 

Sigue llorando, enterrando la cabeza en mi pecho, así que me siento en el sillón en el que hemos follado tantas veces y la abrazo contra mí, hasta que sus sollozos se convierten en suaves hipidos.

 

―No lo aguanto ―susurra, haciéndome parar en seco cuando estaba acariciándole la espalda.

 

―Lo entiendo ―le digo sincero. No puedo evitar estar rígido―. No tienes que hacerlo, nadie pensaba que debieras esperarme cinco años.

 

―Eso no, idiota. No aguanto poder ganar cualquier caso, conseguir acuerdos para todos mis clientes y ser incapaz de darte nada a ti.

 

―Ada, pequeña ―sujeto su barbilla. Tiene la cara muy roja y empapada de lágrimas. Le seco las mejillas con los pulgares―. Tú me lo das todo, mi amor. Piensa en esto como un largo noviazgo, cuando salga de aquí nos casaremos. Tú y yo.

 

Resopla, pero me besa.

 

*

 

Cincuenta y seis meses después de la sentencia

 

―¡¿Qué demonios es eso?! ―grita Ada.

 

Me acaba de arrancar la camiseta en un frenesí desesperado por tocarnos como si hiciera un año que no podemos hacerlo, aunque haga un mes, y da un paso atrás.

 

―Lo llaman tatuajes carcelarios, una mierda, en mi opinión ―bromeo, mientras mueve los dedos con cuidado por mi pecho, donde llevo su nombre tatuado desde hace casi un mes. Cuando se fue tras la anterior visita, le pedí a uno de los presos que lo hiciera, quería que estuviera lo más curado posible, teniendo en cuenta que lo hace con una aguja muy cuestionable y tinta de bolígrafo―. Lo haré mejor al salir.

 

―Te has tatuado mi nombre.

 

―Pensé que no te gustaría mirar tu propia cara y, sinceramente, no creo que fueran capaz de captar lo preciosa que eres.

 

―Joder ―dice, y la palabra suena extraña en sus labios. No le pega para nada, pero sonrío.

 

Es ella la que me besa. Está exaltada, no sé si por el tatuaje o porque ya nos queda menos de medio año para poder estar juntos a diario. Nos besamos, nos abrazamos, nos tocamos y nuestros cuerpos se encuentran a medio camino, a la desesperada. Mientras la penetro, ella acaricia las letras desiguales de su nombre, como si sintiera algo de satisfacción por verse ahí, en mi piel, cuando ella lo es todo, cuando resuena en cada parte de mí.

 

*

Cincuenta y siete meses después de la sentencia

 

No hay visita conyugal. Ada no aparece, en su lugar me encuentro a Garret en la sala común, donde el resto de presos ven a sus familiares. El miedo me ahoga, mi amigo me asegura que Ada está bien, pero que tiene un caso muy importante entre manos.

 

No me lo acabo de creer. ¿Se acojonó por el tatuaje? ¿Hice algo mal? Durante casi cinco años Ada no ha faltado a ninguna visita. Y hemos estado hablando con total normalidad, la llamo un par de veces por semana, solo para que me diga que todo va bien. Soy adicto a oír su voz.

 

―Creo que necesita conseguir algo para ti, aunque sea reducirte un par de meses la condena.

 

―Me quedan tres, ¿qué sentido tiene?

 

―Es Ada. No puede perder, ya lo sabes.

 

Aprieto los labios, lo dice como si conociera una parte de ella que yo no. No he podido ver demasiado a la Ada trabajadora. No a la de diario, a la que no se está jugando la vida, solo… en la oficina, día a día. La que ha tenido mi amigo a su lado casi cinco años.

 

No me despido, me levanto y me voy. Juraría que Garret suspira.

 

*

 

Cincuenta y ocho meses después de la sentencia

 

―Hola ―me dice, entonces hay un largo silencio al otro lado de la línea.

 

Mil teorías horribles pasan por mi cabeza. Le ha tenido que ocurrir algo. Terrible. Para no estar aquí, conmigo.

 

―¿Estás bien? ―Apoyo la frente en la cabina telefónica. Alguien detrás de mí me intenta meter prisa y le mando una mirada feroz que hace que todo el mundo en la fila dé un paso atrás.

 

―Necesito… Tengo mucho trabajo y… ―suspira, como si ni ella se creyera sus excusas.

 

―¿Estás bien, Ada? ―repito―. No has venido a verme en dos meses.

 

―Te juro que todo está bien, Jimmy. Solo que se me ha acumulado demasiado trabajo ―repite.

 

―Vale ―le digo, porque siento que no tengo derecho a acusarla de nada, ha estado aquí, aunque ahora no lo esté y a mí me duela tanto todo por su ausencia, por el silencio incómodo que se crea entre nosotros tras esa simple palabra.

 

Luego tratamos de hablar a la vez.

 

―Tú primero ―le ofrezco, cuando vuelve a hacerse el silencio.

 

―Tengo que colgar, nos veremos muy pronto, ¿vale?

 

―Sí, claro.

 

―Te quiero ―dice.

 

No creo que la responda. Claro que la quiero, tanto que duele, pero siento que tampoco tengo derecho a hacerlo, porque no está aquí. Y eso tiene que significar algo terrible. Cuando oigo el tono que indica que ha cortado la llamada, golpeo con el auricular la cabina con tanta fuerza que los de detrás de mí se quejan.

 

Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no buscar bronca los siguientes días, para ser un buen chico, para no poner en peligro mis opciones de salir de este puto agujero infecto y comprobar si Ada está bien.

 

*

 

Cincuenta y nueve meses después de la sentencia

 

Ya no me sorprende que no venga. No la he llamado en el último mes y ella tampoco ha tratado de contactar conmigo, aunque podría, al principio lo hacía, y cuando veo a Garret solo le pregunto si ella se encuentra bien. Si está en peligro. Me promete que no tengo de lo que preocuparme.

 

―Ha pillado una faringitis, algo de fiebre, nada de lo que no vaya a recuperarse.

 

―Si le pasa algo y me estás mintiendo…

 

―A mí no me amenaces, Burnside ―me ordena, apretando los dientes.

 

No le respondo, me doy la vuelta y me voy. Salgo el mes que viene y no tengo ninguna clase de sentimiento de victoria por ello. Una pequeña parte de mí prefiere quedarse aquí, en lo que conozco, y no salir ahí para comprobar que de verdad la he perdido.

 

*

 

Cinco años después de la sentencia

 

Ni siquiera viene Garret y casi parece que la historia se forma sola. Llevan cinco años consolándose mutuamente en su dolor. Trabajando juntos a diario. Es de esperar que hayan compartido comidas o cenas, maldiciendo su mala suerte. Es lógico que surgiera algo entre ellos. No puedo culpar a Garret por quererla, porque es muy fácil hacerlo. No puedo culpar a Ada por buscar consuelo y cariño en lo que tiene a diario. Es lógico, se parecen más, hacen una buena pareja, una más sensata que la que puede hacer el pandillero lleno de tatuajes con la abogada trabajadora y abnegada.

 

Giorgi me espera apoyado en mi furgoneta cuando cruzo la puerta de la cárcel. No tengo pertenencias, porque sabía que iba a ingresar a prisión, así que no traje nada, solo la ropa que llevé hace cinco años para venir aquí. Garret condujo, Ada y yo fuimos atrás en la misma puta furgoneta, compartiendo besos, secándole las lágrimas con los labios, tragándome las mías para no hacerla sentir peor, fingiendo ser fuerte y poder soportar cualquier cosa.

 

Me paso la mano por el pelo revuelto y estoy a punto de darme la vuelta. Darle un puñetazo a un funcionario de prisiones y quedarme ahí dentro para siempre. Porque puedo entender que cinco años hayan sido demasiado para Ada, para soportar una vida que nunca ha querido tener, pero no significa que verlo no vaya a destrozarme. Porque puedo aceptar que Garret la quiera, pero no significa que no vaya a desear matarle con mis propias manos.

 

―Te he traído comida ―me dice Georgi, agitando la bolsa de una hamburguesería.

 

Llego hasta él, se la quito de un tirón y la tiro a un cubo de basura que hay un poco más allá, porque no tengo maldita hambre, luego me subo en el asiento del conductor. Georgi no habla, lo suyo no son las palabras.

 

―¿Dónde está Ada? ―le pregunto, con un gruñido, mientras arranco y salgo marcha atrás.

 

―En casa.

 

―¿En el club? ―Quiero confirmarlo, porque es posible que tenga otra de la que no sé nada.

 

«O que esté en la de Garret», me dice una voz mezquina en la cabeza, que se parece a la de Eileen. No sé por qué esa zorra vuelve ahora.

 

―Claro ―responde, como si fuera una obviedad.

 

―¿Está bien?

 

―Sí.

 

―Joder, ¿nadie te ha enseñado a usar frases complejas nunca?

 

―Sufrí un traumatismo craneoencefálico con seis años y me cuesta hacer frases con sujeto, verbo y predicado…

 

Estoy a punto de chocarme con la mediana cuando le miro con los ojos muy abiertos y él me dedica una sonrisa. Resoplo. Pues vale. Sabe hablar y tiene sentido del humor. Creo que tenemos un puto problema y no conozco a mi banda… Espero al menos que nadie más trate de matarnos.

 

No hablamos el resto del camino. Mejor. No me interesa una puta mierda que tenga que decirme. Necesito ver a Ada y saber si soy un gilipollas paranoico o… Bueno, puedo retomar el plan de volver y pegar a un funcionario de prisiones, no es como si no tuviera ganas a la mayoría de esos cabrones.

 

Aparco en la puerta del Club, pese a que es por la mañana y la discoteca permanece cerrada, el aparcamiento está hasta arriba de motos, aunque es como si hubieran dejado un hueco en la puerta para mí. Quizá llevan aquí un rato y simplemente es de donde Giorgi ha sacado la furgoneta. Lo último que me faltaba es una puta fiesta de bienvenida.

 

―¿Seguro que está aquí? ―le pregunto a Giorgi.

 

Porque la Ada esquiva de los últimos meses no creo que apareciera a una jodida fiesta de bienvenida de la puta pandilla. Giorgi asiente, como si mi duda le ofendiese. No hay ni rastro del Mercedes blanco de Ada. Quizá dé un puñetazo al motero por no decir las cosas más claras sin más, por esperar que le saque las palabras con la misma fuerza que hace un dentista para arrancarte una muela con caries.

 

Empujo las dos puertas. Dentro el silencio es extraño. Algo pesado. Al otro lado de la pasarela no hay nadie, así que pongo los ojos en blanco y me asomo a la discoteca inferior. Entonces me quedo sin aliento. No es una fiesta de bienvenida. Al menos, no una muy convencional. Han colocado asientos que están repletos de moteros fingiendo ser personas decentes a ambos lados de un largo pasillo desde las escaleras que descienden junto a mí. Y, al final del pasillo, hay un arco lleno de florecillas amarillas. Bajo él, Ada espera con un vestido blanco. No me mira, sin embargo, juraría que hay una tensión nerviosa en sus hombros, como si supiera que la observo con atención. ¿Qué cojones?

 

Desciendo los escalones de dos en dos, sin pararme ni a pensar. Tengo que llegar a ella. Esto empieza a parecerse a una pesadilla recurrente que he tenido en la cárcel, en la que estaba frente a mí, pero cuanto más corría, más se alejaba, y nunca podía alcanzarla. Ignoro a todos los moteros que me miran, cruzo el pasillo y casi suspiro con alivio cuando me encuentro frente a ella, la he alcanzado, y sus ojos húmedos se centran en los míos.

 

―Sí, quiero ―me dice, con una sonrisa, antes de romper a llorar, sin dejar de asentir con vehemencia.

 

No digo nada, solo la miro, ahí, de blanco, con un vestido de novia de verdad. Es sencillo, se ajusta debajo de sus pechos, con un escote recto y luego se abre para caer a sus pies. Hasta que no baja las manos, que tenía alzadas con un ramo idéntico a las flores que decoran el arco, no veo la extraña y pronunciada forma del vestido. Asiente un par de veces cuando vuelvo a mirarla a la cara.

 

―¿Cómo…? ¿Qué…? ―Quizá no debería haber acusado a Giorgi de ser poco elocuente, porque soy incapaz de decir nada.

 

―Puedes cambiarte, si quieres, te hemos conseguido un traje, pero a mí me gustas así.

 

Miro de nuevo hacia abajo, a mis vaqueros llenos de rotos y mi camiseta negra del club, con las llamas a la espalda. Por delante no tiene nada. Luego vuelvo a mirarla a ella y doy un paso más en su dirección. No se aparta, solo espera, como un cervatillo asustado delante de los faros de un coche. No tengo claro de qué tiene miedo.

 

―No fuimos muy cuidadosos en esas visitas ―susurra, muy bajito, y sé que son palabras para mí, no para el resto―. No quería que lo supieras mientras estabas dentro, me daba miedo que te diera la impaciencia por salir y…

 

―Joder, Ada ―murmuro.

 

Entonces apoyo las manos sobre su vientre abultado y redondeado. No es tan grande, el vestido hace que parezca más, pero está ahí, y es como si me tocase, aunque no creo que se note aún ningún movimiento. Solo estamos aquí, los tres, porque Ada apoya las manos sobre las mías.

 

Entonces no lo aguanto más, ha sido una tortura, este tiempo sin ella… Y había aceptado que iba a perderla, y la congoja que eso me provocaba, sin embargo, está aquí, dándomelo todo. Sé que los ojos se me llenan de lágrimas, la veo borrosa, y no me importa una mierda que lo vean los pandilleros.

 

Paso las manos de su vientre abultado a su rostro y sostengo sus mejillas con adoración, solo un segundo antes de encontrar sus labios y apretarlos con los míos. El beso se vuelve más intenso, más profundo, y algunos moteros silban y otros se ríen. Supongo que podemos decir unas palabras antes de que la coja en brazos y la lleve a mi habitación. Las dos plantas que nos separan de esta me parecen una salvajada cruel. Demasiado lejos.

 

―Vale, ¿qué tengo que decir? ―le pregunto, haciendo que se ría entre las lágrimas que le gotean por las mejillas.

 

No suelto su mano mientras Garret, al que le lanzo una mirada con la que quiero dejar claro que voy a asesinarle despacio y con crueldad por no decírmelo, oficia la ceremonia. Decimos palabras emotivas, Ada se ha preparado un discurso muy bonito que me hace quererla un poco más, yo no necesito leer nada, puedo expresar sin problema lo muchísimo que la quiero y lo agradecido que estoy con ella por absolutamente todo.

 

Los moteros nos aplauden. Yo la beso. Garret dice que ya podemos beber y comer. Los dejo ahí. Cojo a Ada en brazos, con cuidado de nuestro bebé, y la llevo dos pisos hacia arriba a una velocidad demasiado rápida como para no demostrar ante todos que estoy desesperado.

 

Y me la pela.

 

*

 

Un año después de la libertad

 

La casita da a la playa por la puerta trasera, tras un pequeño jardín con unas vallas de madera que Ada se ha obsesionado con pintar de blanco. A través del porche de la puerta principal da a uno de esos barrios buenos que antes me producían urticaria. La primera semana que vivimos aquí, cuando Brigid solo tenía un mes de vida, los vecinos nos invitaron a una barbacoa, que resultó ser una especie de encerrona para hacernos una fiesta de bienvenida y regalarnos cosas para la casa y el bebé. Si soy sincero, me pareció emotivo y me lo pasé extrañamente bien.

 

Mi ideal de vida no era acabar en un barrio residencial con unos vecinos siempre dispuestos a echarte una mano y a aparecer sin avisar un domingo por la tarde para compartir un poco de bizcocho de pistacho que les ha sobrado. Ni siquiera sabía que el bizcocho de pistacho era una realidad gastronómica. Pero, la primera vez que tuve a Brigid en brazos, mientras Ada descansaba, mirándonos con ojos perezosos y cargados de felicidad, lo vi todo muy claro. Y muy diferente a lo que siempre había pensado.

 

Mi hija iba a criarse entre pandilleros a los que, por mucho que creyera conocer, no conocía de verdad, entre gente que podría querer hacerle daño solo por hacérmelo a mí, entre personas capaces de robar, matar, secuestrar… Perdí a Christy en el barrio y Ada a su padre. Y, mientras miraba a mi hija, que me devolvía la mirada como si tratase de estudiarme de vuelta, con ese brillo inteligente idéntico al de Ada, supe que no quería criarla allí. Que no podía arriesgarme a que se convirtiera en una de esas historias terribles del barrio.

 

Cuando se lo dije a Ada esa noche, mientras la niña dormía y nosotros compartíamos una hamburguesa extragrasienta que se le había antojado, solo me dijo:

 

―Gracias a Dios.

 

Así que buscamos una casa muy lejos, en la otra punta del país, y nos mudamos sin decirle a nadie dónde íbamos en menos de un mes. Lo hubiéramos compartido con Garret, pero se largó cosa de cuatro meses antes detrás de una chica a la que Ada ayudó en su trabajo y no sabíamos nada de él.

 

―Quizá necesiten un fiscal por aquí ―me dijo Ada, cuando estábamos sacando cosas de las cajas. No teníamos muchas posesiones, por lo que compramos los muebles nuevos y nos llevamos solo lo indispensable en la furgoneta, sobre todo, cosas de la niña.

 

―O alguien que los ayude a gestionar las multas de tráfico ―aporté, haciendo que me diera un golpe en el brazo.

 

Esa noche, cuando Brigid se durmió en el parque, hicimos el amor entre las cajas. La primera vez tras el parto. Fue diferente, lleno de silencios, mordiéndonos los labios mutuamente por no despertar a la niña, pero era Ada. Y con eso me valía.

 

Ada no tardó en encontrar a gente que necesitaba ayuda, incluso en un barrio tan pijo. Sobre todo, hacía muchas asesorías por internet con gente que tenía pocos recursos y no les cobraba. Y yo… Bueno, había acumulado dinero suficiente para vivir varias vidas, por lo que me dedicaba a cuidar de ellas. De vez en cuando ayudaba a los vecinos a arreglar sus coches o sus lanchas.

 

Todo era perfecto de una forma tranquila y apacible. Lo cual era un milagro con un bebé de casi siete meses en casa.

 

Ada me pone un botellín de cerveza bien frío delante del pecho y me apresuro a sujetarlo y dejarlo en la mesita a mi lado, porque ella me interesa mucho más. Lleva un chándal, el pantalón es ajustado, la camiseta le queda enorme, porque es mía. La de la banda. A veces me pregunto si la gente no ve mis tatuajes o solo fingen no hacerlo. La mayor parte del tiempo estoy seguro de que aquí nadie sabe lo que significan. Piensan que solo soy un pijo como ellos, con gustos un poco estrafalarios. Dave lleva el pelo teñido de colores y Paul un pendiente de un aro enorme. Pues algo así, pero menos triste, quiero pensar.

 

―Eres perfecta ―le digo a Ada, cuando se masajea el cuello. Ha estado dando el pecho a Brigid y durmiéndola. Se ha hecho un poco tarde.

 

―Espera a escuchar lo que tengo que decir.

 

―¿Ha salido un vecino de su casa con un machete? Aún me sorprende que nadie nos haya atacado con un machete ―bromeo, haciéndola reír y besarme, como si quisiera silenciarse a sí misma para no despertar a nuestra preciosa y perfecta niña.

 

Cuando se aparta de mí, tiene algo más en la mano. Que seguro que no es un machete, ni otra cerveza helada. Debía llevarlo escondido en la parte trasera del pantalón. Se lo quito de la mano para poder verlo.

 

―¿En serio? ―pregunto boquiabierto.

 

―Bebe, te vendrá bien ―bromea―. Yo lo haría si pudiera.

 

Sigo mirando el resultado del test de embarazo unos segundos más. No lo hemos buscado, pero tampoco es que hayamos sido muy cuidadosos, otra vez. Está dando el pecho, nos dijeron que era poco probable. A veces hay que aprovechar el momento cuando la niña duerme y los vecinos no están jodiendo por aquí para pedir huevos ecológicos criados en libertad. Los problemas que se inventan los ricos es algo que me pilló por sorpresa en nuestro primer mes aquí. Y, en esos momentos, no estamos para buscar condones cuando, se supone, que las posibilidades eran tan minúsculas y el tiempo tan escaso.

 

―Joder, Ada. Te amo. No te imaginas cuánto.

 

―¿Cómo para que tengamos cinco o seis hijos? ―bromea, repartiendo besos por mi cara.

 

Cuando nos mudamos a un barrio pijo pensé que era hora de parecer uno de ellos, un poquito, como si fuera un testigo protegido escondiéndome, así que me quité los piercings, salvo el de la lengua, que la vuelve loca. Y suelo llevar el pelo recogido, porque me resisto a cortármelo.

 

―Todos los que tú quieras ―susurró, sujetando su pelo para que me mire a los ojos―. Me robaron a mi familia, Ada, y tú me has dado una. Y es perfecta. Solo voy a estarte agradecido el resto de mi vida, y estaré más agradecido cuánto más grande quieras hacerla.

 

―Yo también te amo y te agradezco la familia que me has dado, Jimmy ―murmura―. Y la que vas a seguir dándome.

 

Entonces nuestros labios se encuentran y ya no necesitamos más palabras. No hace falta. Nuestros cuerpos hablan por nosotros, y son muy capaces de expresarse con precisión.


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2 comentarios


Paola K
Paola K
19 ago 2025

AMOOOO😭😍😍😍❤️


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Naomi González
Naomi González
19 ago 2025

ME ENCANTOOOOOOO

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Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

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