top of page

Iker



Paso los dedos por el brazo de Raquel bajo la manta. Ella se acurruca más, moviendo su cabeza por mi muslo sin darse cuenta, seguramente, de lo mucho que se acerca a una zona peligrosa. Subo la mano hasta su cuello y se lo acaricio con suavidad. Ella se ríe, tratando de librarse de mis cosquillas, pese a que no era mi intención, es que es muy sensible.


―¿Por qué no te vas a la cama, nena? Estás quedándote dormida…


―No es verdad ―se queja, aunque estoy seguro de que lleva más tiempo con los ojos cerrados que abiertos―. La peli es muy interesante.


―No te gustan las pelis, y es una serie.


―Lo que sea, ya van a pillar al asesino.


―Esa era la de antes, esta va del espacio. Y no ha muerto nadie.


―Ah. Ves cosas muy raras ―asegura, revolviéndose para girarse y su cara queda mucho más cerca de un lugar peligroso. Contengo la respiración cuando su nariz roza mi empalme como si nada―. Quiero estar despierta para ver a Fer.


Guardo silencio un momento. Me pregunto si alguna vez me acostumbraré del todo al extraño vínculo que hemos formado entre los tres. Es la primera vez que tengo una relación seria (y esta es muy seria, joder). Jamás imaginé que acabaría metido en algo así. Ni que me gustaría tantísimo estarlo.


―No estás despierta, te has dormido e incómoda. Vete a la cama, nena.


Fer curra dando cenas en el restaurante de su familia, porque hay un par de camareros enfermos y suple su falta. Por lo que en lugar de estar en su casoplón de las afueras estamos en mi pisito en el centro. Así Fer no tiene que coger el coche tan tarde, porque está mucho más cerca, y puede volver en taxi. Y también puede llegar relativamente pronto.

Por otro lado, Raquel ha publicado su libro y está siendo un éxito, ha hecho un par de entrevistas en la tele y todo, es adorable, perfecta. Y hace muy bien lo suyo. Ha empezado a escribir otro libro con ayuda de Vega, otra historia muy caliente para la que hemos ido un par de veces a La mazmorra


Pensé que sería muy difícil amoldarnos. Pero ellos consiguen que sea muy sencillo. Y, sobre todo, me hacen muy feliz. No es mi primera relación de pareja en realidad (aunque sea la primera seria), sin embargo, esto es tan diferente a Olaia… Jamás pensé que pudiera reírme tanto como con ellos, ni compartir todas mis aficiones, ni, simplemente, despertarme entre noche y sonreír sintiéndome el idiota más afortunado del mundo.


―Que estoy despierta… ―insiste Raquel, y luego suelta algo parecido a un ronquidito.


Miro el reloj de mi móvil. No creo que Fer tarde mucho más en llegar, aunque como es viernes quizá se alargue la cosa más de lo normal. Yo me decido a convencer a Raquel de que se vaya a la cama antes de que se haga daño en el cuello.


Cuelo la mano bajo la manta. Lleva un pijama calentito que le queda algo ancho. Es la única tía del mundo que podría estar sexi con eso. O, al menos, a mí me lo resulta. La quiero tanto que me parece increíble. Jamás pensé que nadie pudiera colarse en mi corazón de esta manera. Y menos hacerlo con esa facilidad con la que lo ha hecho. Ya ves, solo hizo falta una sesión en una mazmorra y una mirada de amor a otro hombre para que la quisiera para siempre.


Mi relación con Fer es diferente que con ella. Estoy enamorado de Raquel y quiero a Fer de alguna manera. Quizá es complejo de entender para quién no está en la situación. No diría que nos unen las mismas cosas, no es esa atracción salvaje que ambos sentimos por Raquel. Es más… No lo sé. Un amor más puro, diferente, profundo, menos físico. No tengo problemas en follar con tíos, lo he hecho antes, pero no quiero acostarme con Fer, más allá de algún toqueteo y jugueteos. Ambos estamos de acuerdo en que nos gusta Raquel. Y que nosotros nos sentimos bien juntos. Sin más. Tampoco necesitamos más.


Quizá Raquel lleve razón en que algún día las cosas cambien, no obstante, en general, nos limitamos a disfrutar de lo que hemos construido. Y yo me siento bien por tenerlos a ambos. Creo, por raro que suene, que no querría a Raquel igual si ella no quisiera a su marido tantísimo. Son un equipo, como les dije tiempo atrás, y quiero al equipo completo, aunque sea de diferente manera.


Tiro de la cintura elástica de su pantalón y cuelo la mano debajo de las bragas también. Se sobresalta cuando mis dedos acarician su clítoris con suavidad. Me mira con los ojos muy abiertos y las mejillas enrojecidas. Ahora sí que está despierta. Supongo que en seis meses no puedes conocer de verdad a alguien, pero siento que conozco cada mirada, cada gesto, cada sonrisa. Y no podría quererla más.


―Si quieres esperar a Fer puedo ayudarte a mantenerte despierta ―aseguro, tratando de sonar serio.


―Ah ―gime, sin quitar sus ojazos de mí.


No dice nada más, tampoco hace falta. Se mueve contra mis dedos, frotándose como si estuviera necesitada de cariño. Tendrá queja, si tiene a dos tíos para ella solita.


Creo que para ellos fue difícil luchar contra los celos al principio, sin embargo, ya no hacen drama porque pase más tiempo con uno o con otro. Que conste que yo me armé de paciencia, ya que no entiendo los celos. Y, aunque al principio me hacía un poco de gracia ver que Raquel se ponía celosa, se me pasó rápido. Si alguien desea estar contigo lo va a estar, y si no, no lo estará. Y hacer escenas de celos no ayuda a nadie, son innecesarias y muy desesperantes.


A mí me da igual que se lo monten sin mí. Mientras quieran seguir conmigo yo estaré aquí, con ellos. En el sentido más amplio de la palabra. Entre tres es complicado, así que hay que ser maduros. Creo que Fer también ha aprendido a aceptar que yo toque a Raquel si él no está. Y ella a no sentirse mal por estar con uno o con otro, o porque nosotros pasemos tiempo sin ella (aunque montárnoslo a solas no está entre nuestros planes de momento).


Raquel se mueve de golpe y la sujeto para que no se caiga del sofá. Apoya las rodillas a los lados de mis piernas y me besa como si estuviera hambrienta. Respondo con ansia. Me tiene cachondo perdido solo con estar cerca, pero sentirla dormir sobre mi pierna, con una confianza ciega y una actitud tan… familiar, me vuelve loco. Y yo toda la vida rechazando las relaciones personales. Se frota contra mi empalme y gimo entre sus labios.


―¿Ahora quieres esperar a Fer en la cama? ―bromeo.


Cuelo las manos bajo la sudadera de su pijama y la alzo todo lo que puedo para dejar a la vista sus pechos redondos y llenos. Me llevo uno a la boca y chupo su pezón antes de apretarlo entre mis dientes. Raquel gime y arquea la espalda para darme un mejor acceso a este. Sujeto el otro pecho con mis manos, y atrapo el pezón entre el pulgar y el índice para emular con estos lo que mis dientes y mi lengua hacen en el otro pecho. Quiero comérmela entera. Y hundirme en su interior. Me provoca tanto deseo y necesidad que me resulta inconcebible que a veces podamos hacer cosas tan mundanas como ver la televisión. O sentarnos juntos, ella a escribir y yo a corregir trabajos o exámenes.


―Me da igual ―asegura con un jadeo, frotando su mejilla contra mi cabeza―. Solo quiero estar despierta cuando venga.


Vuelvo a colar la mano bajo sus pantalones como puedo y hundo un dedo en su húmedo interior. Me encanta Raquel y lo bien que ha reaccionado a mí desde el primer día. Es increíble notar como se humedece cuando la toco, el deseo y la anticipación que brilla en sus ojos o la necesidad de sus labios entreabiertos. La beso entonces, porque en cuanto pienso en su boca la necesito, y ella me devuelve el gesto mientras cuelo otro dedo en su humedad.


―Me muero por follarte, nena ―le digo.


Me muevo para que vuelva a tumbarse en el sofá y poder colocarme encima. Jadea. No sé si por mis palabras o por sentirme sobre ella. Beso su vientre y mordisqueo su piel mientras deslizo el pantalón muy despacio. Y cuando llego a su clítoris, bajándole el pijama hasta las rodillas, y lamo desesperado por saborearla, llaman al timbre.


―¡Fer! ―Suena tan emocionada como la mañana de Navidad. No entiendo por qué su marido nunca se lleva las llaves, si se las di el primer día que nos quedamos aquí, aunque las de su casa tampoco las suele llevar si sabe que uno de nosotros estará.


Me aparto para que pueda ir a abrir y se levanta de un salto mientras se coloca la ropa. Happy, su perro (o nuestro, según ella, sobre todo cuando no puede sacarle a pasear y me toca a mí), se levanta de su cama y corre tras ella hacia la puerta. Miro mi erección, resignado a tener que esperar un rato más para conseguir lo que quiero. Sin embargo, mi piso es muy pequeño y no es Fer al que se oye al otro lado de la puerta cuando Raquel abre.


―¿Está Iker?


―¡Joder! ―Puede que se me vaya el tono más de lo que pretendo y corro hasta la puerta. Al menos se me ha bajado el empalme en el acto.


Raquel parece sorprendida y mis padres la miran desde el otro lado de la puerta como si tampoco entendieran nada. ¡Como para hacerlo! Tiro de la chica para que entre de nuevo al piso y miro a mis padres esperando que digan algo.


―¡Creía que nos habíamos equivocado de casa, hijo! ―me dice mi madre, muy feliz ella―. ¿Nos dejas pasar? El autobús ha pinchado y hemos estado horas tirados en medio de la nada hasta que lo han arreglado… Seguimos en la puerta, hijo.


―¿Qué hacéis aquí? ―pregunto, sin conseguir moverme para dejarlos entrar.


―Venimos a la boda de la prima Susi. Te lo dije.


Hago memoria. Es posible que lo hicieran, hace unos meses cuando nos envió las invitaciones de boda. Le dije que no podía ir. Mis padres comentaron que vendrían a Madrid… ¡A Madrid! ¡No a mi casa!


―Si estás con tu novia no queremos molestarte, Iker ―me dice mi padre.


―No, no, no. Raquel no es mi novia. ―Que conste que me duele muchísimo decir eso. No sé si se puede considerar «mi novia», pero me jode fingir que no la amo como lo hago. Solo que quiero simplificar las cosas y Fer llegará pronto y será muy jodido de explicar―. Es una amiga. Ella y su marido se quedan unos días aquí porque… ¡Están de obras en su casa! ―Quiero darme palmaditas en la espalda cuando se me ocurre―. Pasad, no os quedéis ahí.


Raquel está alucinando y no es para menos, sin embargo, no dice nada, ni lía ninguna escena innecesaria. Ella no se habla con su madre y Fer no le ha contado la verdad a su familia tampoco. Es una situación complicada para ir explicando así. Y suficiente jaleo tuvo Fer con sus padres cuando Raquel declaró en público la clase de libros que escribe. Creo que lo de hacerle trabajar tantas horas en realidad es un castigo por ello. Como para decir que tenemos una relación rara los tres.


―Pues qué pena, porque es muy guapa ―dice mi madre, con la vista clavada en Raquel, que se sonroja entera.


―Raquel, mis padres ―le digo, con cara de circunstancias, que la hace sonreír un poco―. Unai y Naia.


―Encantada ―dice Raquel, saludando con besos y terriblemente cortada.


No me extraña, por otro lado, teniendo en cuenta lo que estaba pasando en el sofá solo hace un instante.


―Es tarde, ¿por qué no nos vamos todos a dormir? ―sugiero, antes de que la conversación vaya a más―. Podéis quedaros en este dormitorio, que Fer y Raquel están en el otro…


Abro la puerta del de invitados y los dejo pasar delante. Ellos parecen confusos por mis prisas y mis pocas ganas de charla. En cuanto entran arrastrando las dos maletas enormes que llevan les encierro dentro.


―Lo siento muchísimo, Raquel, no sabía que iban a venir.


―No importa. Llamaré a Fer, podemos irnos y…


―No. Por favor ―le suplico, sujetando una de sus manos y pasando la otra por su mejilla―. No os vayáis.


La puerta del dormitorio se abre de nuevo y nosotros nos separamos de golpe. No creo que mis padres hayan visto nada porque salen charlando con normalidad, aun así, vamos a tener que extremar el cuidado.


―¿Hasta cuándo os quedáis? ―les pregunto con el malestar encogiéndome el estómago.


―El domingo por la mañana. En la boda nos ponen hotel y el lunes volvemos a casa en cuanto nos levantemos ―dice mi padre―. Pero si molestamos…


―Claro que no.


Se me va la vista sin querer hasta Raquel. Happy está pegado a ella, porque es un mimado. No ladra ni nada, solo se queda cerca, como si le extrañase que hubiera más gente en casa. Quizá está cansado, porque hemos dado un paseo larguísimo antes de cenar. Por salir un poco, aprovechando que hoy no hacía tanto frío. Me da algo de envidia, porque yo también quiero pegarme a Raquel así, como si pudiera declarar al mundo que entre nosotros hay algo. Y, por primera vez, me siento fuera del todo en esta extraña relación. Vuelven a ser ellos y, por otro lado, yo.


―¿Habéis cenado? ―pregunto a mis padres, después de que responden a Raquel sobre alguna formalidad del viaje que no he oído.


―No, hijo, si es que teníamos que haber llegado hace horas.


―Creo que aún queda empanada de atún y huevo de la que ha hecho Raquel. Está riquísima. ¿Os apetece?


Afirman a la vez y mi madre se interesa por las dotes de cocinera de la chica. Yo siento un dolor sordo en el pecho que hacía meses que no notaba. La sensación de que no me pertenece la vida que estoy viviendo, que es de Fer y Raquel, y yo solo soy un juguete temporal. Un remedio. Un pasatiempo pasajero.


Me quedo plantado en el pasillo mientras van a la mesa del salón para cenar, como les sugiere Raquel, que va con ellos charlando y riéndose de algo que cuenta mi madre. A mí me cuesta respirar mientras los miro. El timbre suena a mi espalda y me giro para abrir como si fuera un robot, sin ser consciente de lo que hago.


Fer me mira como si me hubiera crecido otra cabeza. Supongo que tengo mala cara. Me da un golpecito en el pecho, porque estoy bloqueando el camino. Happy pasa a mi lado para saludarle con emoción. Pero, por primera vez, ignora al perro y no quita la vista de mí.


―¿Ha ocurrido algo, Iker? ―pregunta, muy serio.


Detecto el matiz en su voz. Se ha asustado de verdad. Le importo. Se preocupa. Él también parece cansado. Tiene ojeras. Supongo que está trabajando demasiado.


―Están mis padres. ―Salgo de mi ensimismamiento para poder susurrarle―. No quiero que sepan… esto ―explico. Luego le cuento mi versión de que son unos amigos y que su casa está en obras.


Le dejo pasar cuando asiente, mira hacia dentro una vez que cierra la puerta de casa. No debe verse la mesa del salón desde aquí (ni ellos a nosotros), porque me da un beso muy rápido en la mejilla. De otro tío seguro que me molestaría esa clase de saludos, pero Fer lo hace con mucha naturalidad y me gusta. Creo que es una forma de darme su apoyo.


―Todo saldrá bien, ya verás ―murmura, antes de entrar.


Sirvo cena a mis padres y saco una cerveza para Fer, que parece necesitarla, y otra para mí, que definitivamente necesito. Charlamos un poco. Mis padres llevan casi todo el peso de la conversación, aunque Fer no tarda en responder con naturalidad. Por suerte es muy sociable y es capaz de darles palique sin más.


Cuando mis padres se van a dormir por fin mi madre se despide diciéndome de nuevo que es una pena que Raquel esté casada porque parece «muy buena niña». Me limito a poner los ojos en blanco. Fer es el siguiente en irse, a darse una ducha.


―Deberías ir con él ―susurro a Raquel.


―No me apetece montármelo con tus padres en la habitación de al lado, Iker… ―responde en el mismo tono.


―Pues vete a dormir, entonces ―replico, sin ninguna gana de discutir.


―¿Y tú?


―Si salen mis padres y no estoy aquí van a hacerse muchas preguntas, ¿no crees? ―respondo, más borde de lo que pretendo.


Ella suspira, y me da un beso con lengua, cargado de cariño, luego se va al dormitorio. Resoplo y me revuelvo el pelo antes de dejarme caer en mi incómodo sofá. Y yo que quería proteger las cervicales de Raquel y acabo en la mierda de mueble. Parece una cruel broma del destino.


Fer viene poco después. No he conseguido dormirme, claro. Se sienta en el sillón a mi lado y acaricia a Happy con aire distraído. Se ha puesto el pijama, pero el pelo rubio le chorrea un poco y no se ha molestado en secárselo. Raquel le va a regañar, seguro. A mí siempre me riñe si mojo algo. Da igual que sea su casa o la mía.


―¿Qué pasa? ¿Quieres mimitos? ―me meto con él, aunque se me escapa una sonrisa cuando él me sonríe.


―He dimitido.


―Ala. Ya puedes vender la casa y el coche, que con nuestros sueldos no llega para tus lujos ―bromeo.


―¿No crees que con tu sueldo de profesor llegará para mi mansión? ―me sigue el juego, con algo más de ánimo de golpe―. No quiero cargarte con más mierda ahora. La casa está pagada, me la regaló mi abuelo, y los gastos no son tantos… Bueno, lo son. Encontraré algo pronto.


―Está bien. Tengo dinero ahorrado, no te preocupes. Dividir entre tres es más fácil que entre dos ―sugiero, sin perder el buen rollo, tirándole un cojín a la cara―. ¿Por qué has dimitido? Pensaba que ya estaba todo bien con tus padres…


―Yo también. No le di importancia a que me hicieran trabajar más horas que a un tonto. Suponía que querían castigarme porque Raquel escriba esas «cosas indignas», y está bien, me da igual. Sabes que por ella aceptaría lo que fuera, pero hoy los he oído criticar e insultarla y… Me ha dado mucha rabia. Les he dicho todo. Todo esto. ―Nos señala―. Y entonces me han insultado a mí. Eso me da igual, en realidad, solo que no voy a seguir trabajando para alguien que no acepta mi estilo de vida. Ni como soy.


―Eres un valiente ―suspiro, con pesadumbre por mí y admiración por él.


―No quiero decir nada sobre ti, Iker. No es la misma situación. Solo quería que lo supieras. Ahora se lo contaré a Raquel y… No sé. Para mí esto es muy real, ¿sabes? He visto la cara de susto que tenías cuando he llegado y… Para mí somos reales.


Le sonrío y me estiro en el sofá para coger el cojín que le he lanzado antes y que ha dejado sobre sus piernas. Luego se lo vuelvo a estampar en la cara. Se ríe un poco y me lo tira de vuelta.


―Eres insoportable ―le digo.


―Te quiero, ¿lo sabes? Ni siquiera lo entiendo, pero…


―Vete a dormir, antes de que me digas más tonterías ―sugiero, aunque su declaración me hace tragar saliva con dificultad


Se encoge de hombros y pasa de largo para irse al dormitorio con Raquel. Abre la puerta y dudo un momento.


―Fer ―le llamo, haciendo que me mire sobre el hombro―. Yo a ti también te quiero, ¿lo sabes?


―Sí, idiota.


Se mete en el dormitorio y cierra tras de sí. Happy viene conmigo entonces y se sube a mi lado, en el estrecho mueble, dejándome aún menos hueco libre, aunque no acaba de molestarme. Acaricio al animal un poco, mientras miles de pensamientos atraviesan mi cabeza. ¿Soy una mascota más para Fer y Raquel? ¿Soy algo más? ¿Tengo cabida de verdad entre ellos? Hasta hace un rato ni lo hubiera dudado, pero la aparición de mis padres ha tambaleado mi realidad, esa de la que Fer está tan seguro. Qué dos cojones tiene el tío para plantarse a su familia y todo su dinero. Además, el cabrón con una casa pagada siendo un crío… Y menudo casoplón.


―¿A qué estoy jugando, Happy? ―le pregunto.


El perro se limita a bostezar y a acurrucarse un poco más contra mí antes de dormirse.



Me despierto al sentir algo húmedo en la cara y por un segundo creo que es Happy dándome los buenos días. Pero en seguida detecto su olor dulce y me doy cuenta de que es Raquel, aunque sí debe estar dándome los buenos días. Abro los ojos para comprobar que estamos solos y tiro de sus muñecas para que caiga sobre mi pecho. Se parte de risa muy bajito y me mordisquea la barbilla.


―Buenos días, Iker ―me dice, dándome más besos por donde alcanza.


―Buenos días, nena. ¿Qué hora es?


―Temprano. Voy a sacar a Happy, así Fer puede dormir un rato, que estará agotado el pobre. ¿Te ha contado que ha dejado el trabajo?


―Sí. ¿Estás preocupada?


Llevo mis manos a su culo para pegarla contra mi empalme y gime. Acto seguido es ella la que se frota.


―No. Nunca he necesitado lujos. Ese es él. Por mí podemos quedarnos aquí. Aunque echaré de menos el jardín y la cama allí es más grande…


―No creo que tenga intención de deshacerse de la casa, Raquel ―murmuro, buscando sus labios.


Se encoge de hombros en la difícil postura y sé que le da tan igual cómo a mí. Definitivamente los lujos son cosa de Fer. Estoy alzando su jersey, porque ya está vestida para sacar a pasear al perro, cuando oímos una puerta abrirse. No podrán vernos desde los dormitorios porque el sofá da la espalda a estos. Pese a ello, se tira al suelo y llama a Happy, como si estuviera buscándolo. Sé que lo hace por mí, aun así, no duele menos por ello.


Mi padre es el primero en salir y nos mira un poco raro, pero no comenta nada. Raquel le saluda con amabilidad y enseguida se va a sacar a Happy. Yo paso por el baño y luego preparo tostadas y alguna tontería más para desayunar, además de cafés.


―¿No es demasiado amable que tengas a tus amigos acogidos en casa, hijo? ―me pregunta mi madre, cuando empezamos a desayunar.


Fer sigue durmiendo y parece que Raquel está dando un buen paseo al perro. Creo que es aposta para que pueda estar con mis padres sin que sea raro. Suspiro un poco y me paso la mano por el pelo.


―Compartimos gastos, no es que se estén aprovechando y tampoco soy un niño para que os preocupéis por mí de esa forma ―le digo, más borde de lo que pretendo.


―Bueno, tú sabrás. ―Mi padre corta el tema cuando mi madre va a opinar algo más.


Me trago el café, quemándome un poco en el proceso, por no decir nada. Pues sí, yo sabré qué hago con mi vida… En teoría al menos.


Llaman al timbre de nuevo y pongo los ojos en blanco. Fer sale del dormitorio justo cuando paso a su lado, quizá porque también ha oído el timbre. Está vestido ya y tiene una cara de sueño impresionante. Le doy un golpecito en el pecho como saludo y él me sonríe un poco, aunque parece incapaz de abrir los dos ojos a la vez. Abro la puerta sin mirar y empiezo a hablar en cuanto tiro de la hoja.


―¿Para qué os he dado llaves si luego vais a llamar… siempre…? ―Acabo la frase por la inercia que llevaba, como cuando frenas con el coche y se desliza unos metros más.


No es Raquel (ni Happy para el caso) quién está al otro lado de la puerta. Es una rubia (teñida) alta y guapísima que conozco muy bien. Se me seca la garganta y no soy capaz de hacer nada más que mirarla. Ella sonríe y luego se me lanza encima. Veo a Raquel llegar con una sonrisa justo en el jodido momento que Olaia me rodea con brazos y piernas y pega su boca a la mía con fuerza. Como un puto choque de trenes.


Un choque de trenes que arrolla a Raquel, a juzgar por su mirada dolida. Estoy más preocupado de ella que de Olaia, así que tardo en conseguir quitármela de encima. Al menos Raquel no sale corriendo ni nada. Solo me mira, como si quisiera creer que hay una explicación más allá de lo que ha visto. Y, por una vez, no voy a acusarla de tener celos estúpidos, porque quizá no lo sean, aunque no es como ella cree, eso seguro.


―¿Qué haces aquí, Olaia? ―pregunto, mientras le pido con un gesto a Raquel que entre.


No quiero que se vaya corriendo. Ni que haga ninguna tontería sin que pueda explicárselo. Olaia se cuela en mi casa antes de que Raquel se mueva. Creo que ha malinterpretado mi gesto. La vigilo sobre mi hombro para ver cómo pasa junto a Fer, que me mira tan mal como Raquel. ¡Joder! ¡¿Tiene que venirme toda la mierda de golpe justo ahora?!


―Por favor, Raquel ―suplico bajito.


Ella entra y cierra tras de sí. Tiene el rostro pálido, pero no ha salido corriendo. Quiero estrujarla entre mis brazos y explicarle por qué una desconocida (para ellos) me ha comido la boca y ha entrado en mi casa como si la conociera, sin embargo, mi madre me llama y me recuerda cruelmente que no formo parte de esto. No ahora. No puedo permitírmelo porque no soy nada… Ellos están casados y yo… ¿Qué voy a decir? «mamá, papá, Olaia, este es el matrimonio que me follo». No es una conversación que esté preparado para tener. Porque no creo merecer siquiera ese lugar entre ellos.


―¿Qué haces aquí, Olaia? ―insisto, cuando voy al salón, sin atreverme a mirar más a Raquel y Fer.


Olaia se ha sentado en mi sitio, entre mis padres y me lanza una sonrisa que me parece cargada de maldad, aunque a lo mejor es una apreciación personal.


―Ponle un café, hijo ―me pide mi madre―. No seas maleducado.


―No. No soy maleducado, es ella la que se ha metido en mi casa sin invitación.


―La he llamado yo, Iker ―me dice mi madre tan tranquila―, es que te veo tan solo… Pensé que lo vuestro había sido muy bonito como para tirarlo por la borda y que… ¿No dicen siempre que de una boda sale otra boda?


Me dejo caer en el sofá y entierro la cara entre las manos. ¡No me puede estar pasando esto! Definitivamente vamos a mudarnos a casa de Fer y a no darle la dirección a mis padres. Si es que después de este numerito aún quieren tener algo conmigo. No me atrevo ni a mirarlos.


―Así que, ¿salíais juntos? ―pregunta Fer como si tal cosa, con tono animado, sentándose en una silla también.


―¡Ay! Es una historia de película ―cuenta Olaia teatrera―. Nos criamos juntos, éramos vecinos. Siempre fuimos muy amigos, y nunca pasó nada. Entonces, hace unos cinco o seis años me ofrecieron un trabajo en Madrid y mi querida suegri me dijo: «¡tienes que llamar a Iker!». Y bueno, eso hice. Como es un caballero me acogió en su casa…


―En habitaciones separadas ―aclaro, mirando de reojo a Raquel que se deja caer a mi lado en el sofá. Más cerca de lo que esperaba, teniendo en cuenta la situación.


―¿Eh? ―pregunta Olaia desconcertada. Luego sigue como si nada―. Y surgió la chispa entre nosotros.


―¡Vaya! ¡Una historia de película! ―me dice Raquel dándome un golpe con el dorso de la mano en el brazo. Creo que se hace más daño del que me hace a mí―. ¡Y yo que pensaba que nunca habías dormido con nadie!


No me parece que lo piense mucho. La voz le sale chillona. Debe estar muerta de celos. Odio los celos, joder, los odio con todo mi ser, pero de pronto me hace sentir parte de ellos. Está celosa. Y me gusta. Me regodeo un poco en ese sentimiento y se me escapa una sonrisa algo idiota. Definitivamente formo parte de algo, ¿no? Ella me quiere en este algo, porque de otra manera no estaría celosa.


―Nunca dormimos juntos ―le aclaro, y de pronto me da igual todo―, nos acostamos un par de veces y luego se volvió una loca celosa controladora que me seguía incluso al trabajo y por mucho que le dije que me dejase en paz, no conseguí que me hiciera caso hasta que me mudé. Tenía que dar un rodeo para volver del trabajo a casa y que no me siguiera. Me creó un trauma y todo, con los celos idiotas. ―Guiño un ojo a Raquel, que sonríe muy poquito―. Uno está con la gente que quiere y los celos no tienen sentido en el amor de verdad. Lo que pasa es que Olaia está loca, ¿por qué si no iba a presentarse aquí como si fuera mi novia seis años después de que rompiéramos? Que no puede considerarse romper, porque no estábamos juntos de verdad, ¡ni siquiera llegamos a dormir en la misma cama nunca! Pero no nos hemos visto en seis años, y aquí está, como si nada, la muy loca.


―¡Iker! ―me grita mi madre, con tono de regañina―. No digas esas cosas de Olaia, si es un cielo.


―No la conocéis. No sabéis la tortura que fue tener que cambiar toda mi vida durante meses, porque ella se ponía celosa hasta si me veía hablando con mis alumnas o con las madres de estos. Fue una pesadilla. Y lo peor es que no tenía motivos, a mí me gustaba, podríamos haber sido algo más, sin embargo, lo mató por loca. Gracias por decirle dónde vivo, por cierto, supongo que tendré que mudarme de nuevo.


―¡No estoy loca! ―me grita, poniéndose de pie y sujetando un cuchillo de untar que no tiene ni punta―. Tú y yo tenemos que estar juntos, ¿no lo ves?


Fer se levanta preocupado por su amenaza, supongo. A mí se me ocurre una idea idiota. Creo que ha sido gracias a Raquel y lo bien que ha reaccionado pese a estar celosa (nada de amenazas con cuchillos de mantequilla). Quizá los celos no sean tan malos en cierta medida. Si sirven para hacerme abrir los ojos y no para que tenga que mudarme de nuevo. Raquel está celosa porque me quiere con ellos.


Y yo los quiero conmigo.


Me pongo de pie y sujeto a Fer de la muñeca para hacer que se gire hacia mí. Al menos el pobre se ha despertado del todo. Le miro un momento. Su valentía también me ha inspirado, que conste. No podré formar parte de algo con ellos hasta que yo mismo lo asuma. Y eso es justo lo que quiero hacer.


―Mamá, papá, Olaia… Me temo que no voy a volver con la loca del cuchillo de mantequilla, porque ya estoy con alguien.


Fer me sonríe un poco más y le beso. No es igual que besar a Raquel, no me vuelve loco de la misma manera que ella, pero tampoco me disgusta. Le quiero y siento amor por él cuando nuestros labios se juntan. Sus manos se apoyan en mis mejillas y profundiza el beso. Un sentimiento cálido y agradable me recorre. Creo que es por la aceptación de lo que siento, porque pese a que he estado con ellos todos estos meses, es la primera vez que acepto de verdad que estoy con ellos. Que los quiero. Que quiero formar parte de todo.


―¡Agh, Dios, qué asco! ―dice Olaia estremeciéndose y tirando el cuchillo a un lado―. Y pensar que he estado obsesionada con un puto enfermo. ¡Voy a vomitar!


Ni nos deja responder, aunque no íbamos a hacerlo, supongo. Sale corriendo de la casa, y suspiro aliviado. Si hubiera sabido que era tan fácil, lo habría hecho mucho antes. Fue después de ella cuando mi amiga (y compañera de trabajo) Leire me habló de La mazmorra, al contarle las pocas ganas que tenía de volver a meterme en una relación, me comentó que allí era fácil acceder a sexo sin compromiso. Luego se sonrojó y me dijo que no era a lo que le iba a ella ni nada, que la dueña era su amiga. Y acabé jugando con los mayores gracias a Leire.


―No lo entiendo, Iker ―me dice mi padre.


Está algo rojo, enfadado. Son bastante cerrados de mente. Suspiro y me siento frente a ellos. Fer y Raquel dudan. No sé si prefiero que estén o no para las largas explicaciones, pero me decido a soltarlo lo más rápido posible.


―Fer, Raquel y yo salimos juntos. Los tres. ―Vale, no es tan difícil de explicar. Ni tan largo.


―¿Cómo vais a salir los tres? ¿Ellos no están casados? ―pregunta mi madre mirándonos alternativamente.


―Sí, bueno, lo están. Tenemos una relación especial y diferente. Nos queremos. Me quieren como nunca me ha querido nadie y yo los quiero con locura.


―¿A los dos? ―Mi madre los vuelve a mirar, como si tuviera que contarlos.


―Sí. A los dos.


―Eso no es posible ―Niega mi padre―. O eres normal o un maricón. Acepto que seas bujarrón, si no queda más remedio, pero esto no.


―Pues no lo aceptes, eso es tu problema ―replico―. No va a cambiar lo que tenemos o lo que sentimos. ¿Qué más os da? Nos vemos dos veces al año, como mucho, y hace un momento os preocupaba lo solo que estaba. Pues bien, no estoy solo. Los tengo a ellos y soy feliz. ¿Qué más dan los detalles?

 


Sí que dan, al parecer, porque nos pasamos el resto de la mañana hablando de ello. Y el resto del fin de semana es muy tenso. Raquel y Fer se van a su casa, por hacerlo más fácil para mis padres. Y cuando estos se marchan el domingo me dejo caer en la cama y suspiro aliviado. Hui del pueblo por un motivo y ha sido como tener el pueblo metido en casa.


Oigo abrirse la puerta cuando estoy autocompadeciéndome aún. Un segundo después Raquel y Fer entran al dormitorio. La chica se deja caer a mi lado y me besuquea el cuello con mucha suavidad.


―Hemos traído pizza, cerveza y nuestra inestimable compañía ―bromea Fer, tumbándose a mi otro lado.


―Te he escrito una cosa guarra ―asegura Raquel, acurrucándose contra mí―. Te hemos echado de menos.


―Y yo a vosotros, pero no tengo ganas de pizza, cerveza ni sexo, perdona.


―¡¿Cómo no vas a tener ganas de sexo?! ―Raquel se alza lo justo para mirarme con cara de fingido horror y me toquetea la frente con sus dedos helados. Debe hacer un frío horrible en la calle―. ¿Qué te han hecho, Iker? ¡Tú siempre tienes ganas de sexo!


―¿Por qué es tan tonta? ―pregunto a Fer bromista, aunque como la mira con cara de idiota enamorado sé que no me va a responder.


―No he dormido por escribirte porno, me parece una falta de respeto por tu parte que no me folles, Iker ―me dice Raquel con fingida seriedad.


Tiro de ella y da un gritito cuando hago que se tumbe sobre mí. Sé que quiere animarme y que le parece la mejor forma posible. Yo solo necesito un rato de tranquilidad, aunque quizá me esté animando más de lo normal.


―Si hubieras estado practicando porno en lugar de escribiéndolo no vendrías tan necesitada ―la acuso bromista.


―No podía excitarme mientras sabía que tú lo pasabas mal, Iker ―me dice, repentinamente seria―. Estábamos preocupados por ti. Me aterra que dejes de querernos contigo. Ya no sabría vivir sin ti. Y no quiero hacerlo.


Deseo decirle mil cosas, como lo muchísimo que la quiero y lo muchísimo que los necesito a ambos para vivir. Quizá mis padres lleven razón en que no está bien, pero ¿a mí qué más me da lo que piensen ellos? También me dijeron que irme a Madrid a estudiar y trabajar era la peor idea del mundo y he sido más feliz aquí que en toda mi vida anterior. Las palabras se me atascan en la garganta. Me limito a gruñir y a tirar de la sudadera rosa de Raquel para sacarla por su cabeza, junto a la camiseta interior, y dejar a la vista su sujetador del mismo color.


―¿Ya estás más feliz? ―me pregunta, aun así, parece seguir asustada―. ¿Te quedarás?


―Por mí para siempre, nena ―le sigo sincero, antes de tirar del broche de su sujetador.


―Me alegra oír eso, porque tengo que hacer algo.


Agarra mis manos sobre mi cabeza y se lo permito. Se inclina sobre mí y me da un beso con fuerza en los labios, sin abrirlos ni meter lengua. Se aparta cuando voy a profundizar.


―¿Qué haces? ―pregunto confuso.


―Borrarte el beso de esa loca ―asegura.


Resoplo, de nuevo me atraganto con mis palabras. Fer se ríe a mi lado. Me apuesto lo que sea a que lleva dos días dándole la murga con el tema. Giro soltándome de su agarre y la dejo en la cama entre Fer y yo. Así mejor. Ella en medio. Me gusta sentirla así. De los dos por igual.


―Creo que la más loca aquí eres tú ―bromeo―. Y la culpa de eso la tiene Fer, que no te ha ayudado con el calentón.


―¡Eh! ―se queja él, tirando del botón de los vaqueros de la chica y mete la mano, provocándole un gemido―. Yo también estaba preocupado por ti, idiota.


―Vais a hacerme llorar. ―Uso un tono ligero, aunque…


Joder, es que los quiero muchísimo. Ya está. No sé cómo funcionará esto, pero haremos que lo haga, porque no soportaría no estar así. En una cama con ellos dos. Simplemente disfrutando.


―¿Dejamos esto para después y nos comemos la pizza? ―pregunto, por molestar a Raquel, que se queja indignada―. A ver si vas a ser adicta al sexo, nena…


―Cállate y fóllame, pesado ―me ordena, quitándose los pantalones y las bragas.

Y obedezco. ¿Qué otra cosa puedo hacer?



¡Lee la saga aquí!

 ¡No olvides dejar tu like y tu comentario si te ha gustado este relato para ayudarme a llegar a más gente!

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


WhatsApp Image 2021-06-14 at 19.37.52.jp

Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

bottom of page