Dardos
- Sonia Martínez Martín
- 29 sept 2022
- 16 min de lectura

Charly procuraba ignorar a sus amigos, aunque era difícil teniendo en cuenta el volumen de voz al que estaban hablando. Por suerte era miércoles por la mañana y el sitio de tatuajes estaba desierto, salvo por el propio tatuador, que parecía estarse divirtiendo mucho con ellos. Charly se había tumbado en la camilla de tatuajes y tenía un brazo sobre los ojos.
Si no se sintiera tan horriblemente mal consigo mismo, seguramente estaría revisando lo que sus amigos elegían para que se tatuase en el brazo izquierdo, ocupando desde el codo hasta la muñeca.
Pero sentía que se merecía el castigo, igual que la resaca que le apretaba las sienes con un martilleo constante, así que los dejó elegir.
―Este ―dijo Raúl entonces.
―Tío, ¿no es muy cruel? Que lo va a llevar en el brazo… No va a poder usar manga corta, y se acerca el verano ―le dijo Carlos, aunque reía.
―Me flipa la calidad de detalles, o sea, a mí no me va esto, pero es que tiene hasta los pelitos… ―siguió Abram―. ¿Cómo consigues esa calidad de detalles?
―Práctica ―respondió el tatuador, con una diversión más que evidente.
―¿Tatúas muchas? ―preguntó Raúl, con una risa.
―Más de las que imaginas.
―¿La gente las prefiere más realistas? Yo marcaría un poco más la vena central… ―dijo Abram, con tono profesional.
―¿Un poco de sombreado por aquí?
―Y unas gotitas de condensación en la punta ―apuntilló Abram.
Charly dejó ir un gemido lastimero. No podía creerse que sus amigos fueran tan cabrones de tatuarle una polla en el brazo, pero se lo merecía. Así que cuando acabaron de acordar los detalles, el tatuador se acercó a él. Raúl lo hizo también, con una venda negra.
―¿Estás de acuerdo con esto? ―preguntó el tatuador con una risa―. Mira que una vez que empiece no paro. Y esto es para toda la vida.
―Dale ―ordenó Charly.
Porque podía ser muchas cosas, pero no un cobarde. Así que extendió el brazo y dejó que Raúl le tapase los ojos.
Le lanzó una mala mirada antes de que el mundo se volviera negro. Sus amigos se rieron con ganas. Y se sintió un poco como un perdedor. ¡Él nunca perdía una apuesta!
Solo que lo hizo la noche anterior.
Tenía una explicación, más o menos, aunque no fuera buena.
Todo empezó tras dos semanas de lluvia continuada, sin ver el sol. Eso los tenía a todos estresados, sobre todo a su madrastra, al parecer. Ella y su padre tuvieron una bronca monumental por algo de un dinero gastado en zapatos (que a Charly no le importaba, más allá de lo que sintiera su hermanita). Sara fue a su habitación en medio de los gritos y los objetos rompiéndose por el salón y se abrazó a él, que acababa de volver de estar con sus amigos.
―¿Por qué no nos vamos a dar una vuelta? ―le dijo a su hermanita de quince años, sujetando su barbilla para que sacase la cabeza de su pecho.
―¿Podemos? ―preguntó emocionada.
Tenía los ojos llenos de lágrimas por la pelea y se encogió un poco cuando algo golpeó con fuerza contra el mueble. Por el sonido, Charly hubiera jurado que era uno de los zapatos de marras.
―Me encantaría. Pero abrígate, y coge un paraguas.
Seguía lloviendo sin descanso. Él, que acababa de volver de la calle, llevaba una sudadera verde con capucha, que estaba mojada por la lluvia, pero solo le faltaba que su hermanita se pusiera enferma.
No tardaron ni cinco minutos en estar en la calle. Sara con un paraguas rosa que tenía dibujos de cachorritos. Trató de hacer que se metiera con ella bajo la protección, pero entre lo pequeño que era el paraguas y lo bajita que era su hermana, Charly prefirió ponerse la capucha y dejar que la lluvia le mojase y arrastrase hacia abajo todos los malos sentimientos que le producía vivir en esa casa.
Si no fuera por su hermanita, se hubiera mudado nada más cumplir los dieciocho, pero ¿cómo podía dejar a la dulce e inocente Sarita con esa familia de locos? Le parecía cruel. Y se sentía incapaz de hacerlo.
No tenía ningún sitio dónde llevar a su hermana, pero no le apetecía dejar que se mojase, así que llamó a Raúl, ya que su casa solía estar disponible. Sus padres no pasaban demasiado por allí, entre un viaje y otro.
―¿Qué pasa? ―preguntó su amigo con tono preocupado. Supuso que no era muy normal que le llamase después de media hora de haberse separado.
―Pelea en el loquero. Sara y yo hemos salido a dar una vuelta. ¿Están tus padres?
―Sí, tengo mi propio loquero aquí. Al parecer les han perdido una maleta y están discutiendo también. Me apunto a lo que sea.
Charly lo pensó un momento. Podían ir a casa de Carlos, pero no le gustaba preocupar a su madre. Sabía que la mujer le quería como si fuera un hijo más, y si sabía que tenía problemas en casa, seguramente no se quedase tranquila durante días. También podía ir a casa de Abram, pero ni loco metería a Sara allí.
―El bar de Eric ―dijeron Charly y Raúl prácticamente a la vez.
Siempre iban al bar de su compañero de clase del instituto, cuando lo llevaban sus padres, pero el último año su amigo quiso hacerse cargo. Después de que sus padres amenazasen con cerrarlo, porque… bueno, solía llenarse de menores y, por lo visto, tenían más multas que beneficios por darles de beber.
―¿Avisas a Carlos? Yo llamo a Abram ―sugirió Charly.
Cuando Raúl aceptó y se despidieron cambió el rumbo del camino con Sara, para ir al bar de Eric que estaba bastante cerca de su casa (quizá por eso lo elegían siempre y no porque lo llevase su amigo del instituto o sus padres) y marcó el número de Abram.
―¿Me echas de menos, cerda? ―preguntó su amigo, nada más descolgar. Al otro lado se oía música. Charly no supo si estaba conduciendo o en su casa ya.
―Siempre, marica. Necesito dos favores.
―Por supuesto, pide por esa boquita ―le dijo, con cierta burla y una risa.
―Vamos al bar de Eric, así que vente, y trae cena para cinco, luego te lo pago.
―¿Algo más, princesa? ―preguntó burlón, haciendo reír a Charly.
―Que me comas la… ―se aclaró la garganta al darse cuenta de que Sara le miraba―. Eso mejor otro día, a solas ―bromeó entonces, y le colgó.
Charly y Sara llegaron los primeros al bar, que estaba desierto. Eric se empeñaba en abrir por las tardes, y hasta después de la cena allí no solía ir ni dios. Al menos podían guarecerse de la lluvia y estar tranquilos, lo cual se valoraba mucho después de salir de su casa de locos.
El sitio era grande, y quizá lo parecía más porque no había nadie. Frente a la puerta estaba la barra y, a la izquierda de esta, la pista de baile. Pegadas a la pared junto a la entrada había una serie de mesas de madera de aspecto pesado, que habían visto tiempos mejores y, al fondo, tras la pista, estaban los baños. Charly los conocía muy muy bien.
Eric lo saludó con un choque de manos y le sirvió una cerveza sin preguntar siquiera. Charly le pidió un refresco también para Sara, mientras su hermanita miraba alrededor. Eric había intentado darle un aire más juvenil al lugar, colocando un billar y una diana para jugar a los dardos. No tenían mucho éxito, ni cuando el sitio estaba lleno, pero su amigo parecía deseoso de que el sitio se llenase de jóvenes durante todo el día, no solo para beber tras la cena.
Charly estaba seguro de que desde que su amigo suspendió la selectividad, se aferraba a cualquier cosa para sentirse un poco menos mal, y conseguir que el bar tuviera éxito parecía su principal motivación. Ya ni siquiera quedaba con ellos fuera de ese lugar. Pensaban que el chico incluso dormía allí, y cuando el sitio no estaba abierto, solo esperaba a que llegase la hora de abrir. Al final, una buena amistad había dado paso a un natural «conocidos». Les gustaba ir allí, por costumbre más que otra cosa, pero ya no tenían charlas trascendentes con Eric, y él parecía empeñado en poner algo de distancia entre ellos.
De hecho, tras servirles la cerveza y el refresco, se alejó para limpiar el otro lado de la barra. Charly pasó un brazo sobre los hombros de su hermana y la condujo hasta una mesa del rincón. Sara se quitó la chaqueta y la dejó en una silla vacía, antes de sentarse frente a él.
―¿Esto haces cuando no estás en casa? ―le preguntó, mirando alrededor con la naricilla arrugada, como si le pareciera sórdido o repugnante que pasara las horas muertas en un bar.
Charly dejó ir una carcajada sincera.
―A veces, pero tengo vida más allá de esto, a diferencia de Eric ―aseguró, aun sonriendo―. Trabajo mucho.
―Ya, papá se queja porque le haces competencia desleal. ―Sara sonrió un poquito―. Me encanta cuando lo hace, porque mi madre se debate entre criticarte por tu falta de valores con papá y decir que eres un vago y que no trabajas nunca. Es divertido.
Ambos rieron. Charly miró a su hermanita, jugando con el vaso de refresco sobre la madera sucia de la mesa. Tenía mil cercos de bebidas anteriores. Una vez, su amiga Saray le había dicho que cada marca de esas mesas contaba una historia. Fue justo antes de grabar sus nombres en una de las esquinas con una pequeña navaja. Quizá no había sido al mejor sitio al que llevar a Sara, parecía que su nuevo cerco sobre la mesa contaría una historia tan trágica como el resto de esa mesa. Y él quería algo mucho mejor para su hermana.
Raúl fue el primero en llegar. Se saludaron con un choque de manos, después de que Raúl pidiera un refresco para sí también. Luego dio dos besos a Sara, que le dirigió una sonrisa tranquila y feliz, como si hubiera olvidado por completo el incidente en su casa. Charly se preguntó si ya estaba tan acostumbrada a eso como para poder reponerse con facilidad.
―¿Refresco? ¿No prefieres un cóctel rosa con una sombrillita? ―se burló Charly de él, con una risa.
―Llevas razón, ¡ponme una varonil cerveza, Eric! No vaya a ser que se dude de mi hombría… ―le siguió la broma, aunque tuvo que aclararle que era broma cuando este iba a servírsela―. Aunque no diría que no a una sombrillita. ¿Qué ha pasado?
―Mi madre se ha comprado unos zapatos de quinientos euros para ir a por el pan, al parecer, porque mi padre nunca la lleva a ningún lado… ―explicó Sara, con una mueca―. Curiosamente ella era la que estaba furiosa, no él porque se haya gastado ese pastizal.
―Eso no es curioso, es que tu madre está pirada, enana ―le dijo Charly, con una risa algo amarga.
Él lo sabía bien. Su padre se había casado con su madrastra poco después de que él naciera. Había tenido que padecerla toda su vida. Lo único bueno que esa loca histérica le había dado era a su hermanita. Y eso se lo agradecería siempre, por mucho que hubiera amargado el resto de su vida, por muchas noches que hubiera dormido en el parque.
―Supongo que sí. Creo que su plan era estropearlos lo suficiente para no poderlos devolver, por eso los estaba lanzando por la casa…
―Madre mía. Podéis quedaros en mi casa, mis padres no se hablan, porque mi madre culpa a mi padre de haber perdido la maleta por facturarla, pero seguro que no les importa.
―Déjalo, mi padre se irá de casa en un rato y la loca le dará al vino. Podremos volver a salvo ―le dijo Charly, mirando con atención a Sara, que solo dirigió su vista al frente, a la diana―. ¿Quieres jugar? ―le ofreció.
―No. Seguro que le doy a alguien más que a la diana ―bromeó sin ánimo.
―Venga ya, será divertido.
Raúl tiró de su brazo y la hizo ponerse de pie. Sara se dejó llevar, con las mejillas muy rojas. No le gustaba ser el centro de atención. Raúl cogió los dardos y le explicó los fundamentos. Sara buscó a su hermano con la mirada, pero Charly estaba sentado bebiendo de la cerveza. Así que jugó con Raúl.
Charly los miró hacer. Su hermana no acertó mucho y le pareció que Raúl fallaba aposta para que no se sintiera mal. La oyó reír cuando dio al círculo más alejado del centro y sonrió un poco. Carlos llegó en ese momento. Traía cara de dormido, aunque no le debía haber dado tiempo a quedarse sobado después de separarse.
Carlos le dio una palmadita en el hombro antes de acercarse a saludar a Raúl y Sara. Puede que Charly agitase un poquito la cabeza al ver los ojos muy abiertos de su hermana al mirar a su amigo y sus mejillas adquiriendo un tono rosado. Sabía que Carlos era el mejor de sus amigos por el que su hermanita podía tener un cuelgue adolescente. No es que desconfiase de ninguno, sabía que los había amenazado suficiente para que no se les ocurriese mirar a su hermanita, pero Carlos llevaba enamorado de su mejor amiga desde los tres años, así que era una doble seguridad de que jamás la miraría de otra forma que como a una hermana pequeña.
Ella asintió cuando él le preguntó algo y el rojo de sus mejillas alcanzó hasta sus orejas. Carlos le sonrió y la revolvió un poco el pelo, de una forma dolorosamente fraternal para un amor adolescente. Lo sintió por ella de verdad, pero ya se le pasaría, era mejor que buscase a alguien de su edad, eso sí, cuando tuviera treinta, al menos. ¡Qué demonios! A Charly le pareció que no habría ningún hombre suficientemente bueno para su hermana jamás. Seguramente, cuando alguien se interesase en ella, tendría que matarle.
Unas bolsas de comida china aparecieron en su campo de visión. Abram las dejó caer delante de él y luego le dio un golpecito en la cabeza.
―Yo invito, perra, pero me debes una ―le dijo su amigo, antes de pasar de largo.
Charly rio un poco y no quitó la vista de él mientras saludaba a su hermana, pasando de sus amigos. Le dio un par de besos en las mejillas y le pareció que Sara adquiría un tono aún más escarlata. Y eso sí que no. Se apresuró a ponerse de pie para meterse entre medias. Podía soportar que su hermana estuviera colada de Carlos, de verdad que sí, pero ¿de Abram? Estaba dispuesto a ir a la cárcel para evitar eso.
Cenaron tranquilos. Eric se unió a ellos, Abram había llevado suficiente comida como para poder compartir. Hicieron platos con los cartones y comieron con palillos. Hubo risas y bromas, y Charly se sintió genial, pese a la movida de su padre y su madrastra. Su familia quizá era un poco puta mierda (sin contar a Sara, claro), pero al menos su familia por elección, sus hermanos postizos, eran una puta pasada.
Y tras llenarse el estómago, le apeteció divertirse, así que retó a Raúl a los dardos. Ofreció a su hermana jugar, pero Carlos les sugirió a ella y Abram jugar a un billar y, claro, Charly no podía competir contra el amor adolescente.
―Qué pena ―le dijo a Raúl, con cierta burla―. Ahora no vas a parecer bueno, sin jugar contra Sara, que no sabe.
―Soy mejor que tú a los dardos, picado ―aseguró su amigo, con una risa.
―Ni de coña. ¿Qué te apuestas?
Quizá, solo quizá, a Charly le apetecía aquel pique con su amigo, un poco de emoción para pasar el nudo de su pecho, la sensación de desasosiego que tenía cada vez que volvía a casa y veía a su madrastra…
―¿Un chupito? ―sugirió Raúl, haciéndole reír.
No esperaba que Raúl fuera a aceptar una apuesta, la verdad, pero parecía tan desesperado como él por huir de sus propios problemas. Así que buscó algo, una muestra de rebeldía propia de una situación como aquella.
―Un tatuaje. En el brazo. El que gane, elige el del otro.
A Charly le pareció que un tatuaje era un buen acto rebelde para su amigo, seguro que sus padres flipaban. Él llevaba uno de una moto en la pierna que se había hecho a los diecisiete en un sitio de mala muerte. Se aseguró de dejar que su madrastra lo viera después. Quizá era el momento de hacerse otro, lo haría después de elegir un buen tatuaje para su amigo.
―¿Estás de coña?
―No. ¿No dices que eres mejor que yo?
―Joder, Charly, se te va la pinza.
―Mira, si ganas tú, puedes elegir el tamaño, si gano yo, te elijo uno pequeño, así muy hetero ―bromeó, dándole un golpecito―. Paga el que pierde, claro. ¿O tienes miedo?
―Sí.
Charly dejó ir una carcajada.
―Para hacerlo más interesante…
―¡¿Más?! ―le cortó Raúl con un resoplido.
―Más… ―Rio con ganas―. Cada vez que uno dé en el centro, el otro bebe un chupito.
―Estás pirado ―aseguró Raúl, pero agitó la cabeza y tendió la mano hacia él―. Y yo estoy más pirado, por aceptar. Algo pequeño y discreto.
―Por supuesto.
Charly sonrió, estrechando su mano. Raúl solo agitó de nuevo la cabeza, como si estuviera horrorizado con su propia decisión.
Y mientras este iba a por los chupitos, Raúl preparó los dardos. Charly dejó la botella sobre la mesa a su espalda y llenó un par de vasos. Miró un poco a Sara, mientras ofrecía a Raúl empezar primero con su tirada. Su hermana estaba mirando casi fijamente a Carlos, mientras este hacía su jugada. Debían ir en el mismo equipo, contra Abram, que parecía más pendiente de la mesa de juego que de su hermana. El alivio le recorrió un poco. Suficiente difícil había sido el inicio de su amistad con Abram como para tener que sumarle una paliza por mirar a su hermana. Porque podía perdonarle cualquier cosa, salvo que mirase a su hermanita de una forma inapropiada. Ella era una cría y él tenía demasiada mierda encima.
Raúl falló en el centro por poco. Debía estar nervioso. Se rio con suavidad de él y cogió los dardos de nuevo para tirar.
Durante un buen rato, solo se oyó la música suave que Eric puso, el sonido del billar y los dardos impactando en la diana. Un grupito de chicas entró al bar en algún momento y soltaban risitas desde su rincón. A Charly no le interesaban, no se sentía de humor en ese momento. Y eso que ya llevaba tres chupitos, contra los dos que había bebido Raúl.
Para su sorpresa, su amigo resultó ser mucho mejor de lo que nunca había pensado, las otras veces que habían jugado, la cosa había estado más igualada, pero Raúl parecía completamente centrado. Charly tuvo que beber varios chupitos más y empezó a sentirse mareado por el alcohol.
Cuando Raúl hizo la última tirada, le sacó puntos suficientes para que solo pudiera ganar si acertaba con los tres dardos en el centro. Cogió aire y se concentró.
―¿Yo elijo el tamaño de tu tatuaje, dices? ―preguntó Raúl con una risa, acabándose su último chupito, aunque Charly llevaba un rato sin dar en el centro, por culpa de la diana, que se mecía con suavidad.
―Sí, del codo a la muñeca, lo que viene siendo el brazo, si es que no acierto las tres en el centro… ―replicó Charly, colocándose en la posición que habían marcado.
―Va a ser gigantesco, en lo que viene siendo el brazo ―le provocó Raúl―. Del codo a la muñeca. Espero que hayas ahorrado.
―Shhh, calla, perra.
Raúl dejó ir una carcajada. Charly puso toda su concentración en aquello. Cogió aire y lo soltó despacio. Tiró el primer dardo, que dio en el centro exacto. Raúl dejó de reír de golpe y se tensó a su lado.
Charly tiró el segundo, con un ojo cerrado y toda su concentración puesta en ello. El segundo dio justo encima del primero, en el círculo más pequeño. Estaba unos pocos puntos por detrás de Raúl. Podía empatar con prácticamente acertar en los dos círculos más cercanos, ganar si daba en el centro…
―¿No te ríes ya? ―se burló Charly.
Y lanzó el dardo. No dio en la diana. Sara estaba cruzando por delante, seguramente para decir algo a su hermano, sin darse cuenta de que estaba a punto de tirar y el dardo se clavó en su mejilla. Sara dio un chillido por la sorpresa. Charly corrió hasta ella, horrorizado con lo que había hecho. Sara trató de llevarse la mano a la cara, pero él la sujetó con suavidad. El dardo estaba justo clavado en el pómulo. Charly ni siquiera sabía que estaban tan afilados como para clavarse en la piel. ¡Él pensaba que eso era imposible!
Abram, que parecía estar tonteando con las chicas en la barra, estuvo a su lado en un segundo. Charly agradeció su presencia, porque sabía que Abram tenía muchos más conocimientos médicos que él, que para algo estaba estudiando medicina.
―¡A ver si se va a desangrar! ―le dijo a su amigo, cuando sujetó la barbilla de su hermanita.
―¿Eres tonto, Charly? ―le preguntó muy serio Abram, parando en seco su movimiento para mirarle mal―. Trae un chupito y un pañuelo, anda. ―Abram esperó a que su amigo fuera a buscarlo para mirar a Sara a los ojos, que los tenía llorosos, seguramente más por la reacción de su hermano que por lo que le había sucedido―. No vas a desangrarte, es como una chincheta. Una vez mi hermana Isabel dejó un montón de chinchetas por el suelo de su dormitorio, porque estaba cambiando los pósteres de grupos de música por otros de crepúsculo ―le explicó, haciendo reír a Sara un poco―. Entré descalzo a decirle algo, y me clavé como cinco chinchetas en la planta del pie. Donde quiero ir a parar, es que los hermanos apestan.
Sara soltó una carcajada sincera y Abram tiró del dardo de golpe. Ella se quejó, por la sorpresa más que nada, pero no había sido para tanto. Charly volvió con el chupito y el pañuelo y una mirada de sufrimiento interno tal que Abram se rio de él. Mojó el pañuelo en el alcohol y lo pasó sobre el ligero punto que dejaba ver una gruesa gota de sangre.
―Como nueva ―aseguró Abram, tras desinfectarle la herida con cuidado y soplar sobre ella para aliviar la quemazón―. Ahora podrás contar que te han apuñalado en un bar, Sarita.
―Jamás voy a contar esto ―dijo, con las mejillas muy rojas.
―Las marcas de guerra hay que llevarlas con orgullo…
Charly los miró un momento, a Abram sujetando aún la barbilla de su hermanita, con el pañuelo apretado contra su herida y la vista fija de la niña en él, y supo que, si no se metía en medio, iba a arrepentirse para siempre.
―Será mejor que volvamos a casa, Sara.
―Ah, sí. ―Fue ella la que dio un paso atrás, apartándose del escrutinio de Abram y de la mirada fija del chico fija en ella―. Mi madre me ha llamado, por eso venía a buscarte.
―Antes de que la apuñalases ―apuntilló Abram, haciendo que Charly le mirase fatal.
―Vámonos, anda ―insistió Charly.
Sara asintió y fue a por su abrigo y el paraguas. Charly empujó un poco a Abram del pecho para apartarle de los demás. Bajó el tono para asegurarse de que nadie más le oía.
―Tiene quince años y yo muy mala leche. Ni lo pienses, Abram.
―Joder, Charly, estás enfermísimo. Además, ¿no debería preocuparte Carlos?
―Pues no, porque está colado de Andrea. Pero tú eres…
No acabó la frase, Abram le miró tan mal que Charly se sintió un poco culpable. No quería insultarle, solo que sus inicios habían sido complicados. Abram no había demostrado mucha moralidad en el pasado y eso le daba igual cuando se trataba de otras, pero Sara era sagrada.
―Es mi hermanita ―fue todo lo que dijo, esperando que Abram lo entendiera.
―Lo sé, Charly. ―Abram suspiró un poco―. Jamás la he mirado de ninguna forma que no sea esa, no te rayes, anda.
Le dio un golpecito en la mejilla y Charly asintió, más tranquilo de verdad. Quizá seguía algo borracho.
Raúl le recordó que al día siguiente irían al estudio de tatuajes cuando se estaba despidiendo de él. Charly paró en seco. Casi le parecía un tema pasado. Pero asintió. Técnicamente no había perdido, aún podía haber acertado el último dardo, pero no iba a volver a tirar jamás. La culpabilidad le hizo papilla el estómago.
Y no dejó de sentirse como una mierda mientras el tatuador pasaba la máquina por su brazo. El dolor le hizo sentir algo mejor, pero la culpabilidad no le abandonó. Se merecía sin duda la, al parecer, enorme y realista polla que sus amigos iban a tatuarle en el brazo izquierdo.
El tatuador acabó tras lo que le pareció una infinidad de tiempo. Le mostró el tatuaje a sus amigos, que aplaudieron con ganas. Alguno hasta silbó con energía. Charly puso los ojos en blanco bajo la venda, preguntándose si no tenían lugares mejores donde estar. ¡Abram había faltado a clase por aquello! Y no había visto a Abram faltar a la universidad por motivos mucho más graves.
―¿Estás listo, Charly? ―Raúl le dio un golpecito en el hombro.
―No ―reconoció.
―Piensa en que es un castigo apropiado por haber apuñalado a tu hermanita… ―se burló Abram.
―Deja de decirlo así, que al final van a detenerme ―se quejó Charly, con un gemido lastimero.
―Eres tú el que pensaba que iba a desangrarse por un dardo, imbécil.
―Venga, va. Tres, dos, uno…
Raúl tiró de la venda y le dejó ver. Charly parpadeó varias veces para que se le aclarasen los ojos, poco preparado para aquello. Al final, se atrevió a mirar su nueva polla. Lo único que esperaba era que no fuese más grande que la de verdad, porque las comparaciones eran odiosas…
Y flipó al ver su brazo.
No era una polla. El tatuador le dijo que aún habría que repasar varias cosas, en algunas sesiones más, pero es que le dio igual. Era sencillamente perfecto.
El tatuaje mostraba un engranaje hiperrealista, engarzado bajo la piel, como si formase parte de él. Los colores eran vívidos y hermosos. Quiso tocarlo, pero tenía algo de sangre y no se atrevió, no fuera a estropearlo.
―Joder… ―fue todo lo que dijo.
―Eres tonto si piensas que elegiría algo horrible para ti, Charly ―le regañó Raúl, con un golpecito.
―Hay quien no consideraría una polla algo horrible, como Abram ―bromeó este, levantándose para abrazar a Raúl.
Luego volvió a prestar atención al tatuaje, que era sencillamente perfecto. Como su familia por elección.




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