El mechero
- Sonia Martínez Martín
- 21 oct 2022
- 10 min de lectura

Hubo una vez un mechero, un mechero que fue de todos y de ninguno. Un mechero que provocó amor y odio, que creó discordias y peleas, que vislumbró reconciliaciones y separaciones. Era un mechero simple, un Clipper redondo y blanco, con el dibujo de un corazón relleno de rojo, que desapareció por el tiempo y los manoseos. Un mechero para gobernarlos a todos, un mechero para encontrarlos, un… ups, perdón, eso es otra historia.
Raúl volvía del instituto a su casa, con la mochila colgada de un solo hombro y su perpetua sonrisa alegre. Iba pensando en su trabajo de tecnología, lo hacía con sus mejores amigos: Charly y Carlos. Y no se ponían de acuerdo.
Tenían que construir algo «motorizado». El resto de alumnos de clase iban a unir todos sus proyectos para montar una especie de parque de atracciones. Carlos quería hacer la noria, pero Charly opinaba que debían montar un coche. ¿Por qué un coche? Porque Charly no podía ser como el resto, él tenía que ser diferente. Y, sin duda, su proyecto sería el mejor.
Raúl se limitó a reírse y decir que haría lo que los otros dos decidieran. Optó por ser imparcial para no provocar el enfado de ninguno de sus amigos, pero, con sinceridad, le daba igual. Lo único que quería era que ellos no discutieran.
Raúl caminaba sonriente, pese a que se sentía un poco cabreado con Charly. Nunca iba a clase ya, siempre estaba en el taller de su padre, despiezando coches por su cuenta, en desguaces o talleres muy dudosos donde le daban trabajos aún más dudosos. Y había elegido ese proyecto para volver al instituto. Sabía que solo participaba porque le encantaban los coches, pero eso no hacía que le molestase menos. Y era peor, ya que decidió cambiar su proyecto original, enfrentándose con Carlos en el proceso.
Y tan metido iba Raúl en sus pensamientos, que no vio a la chica con la que se chocó. La mochila debió actuar a su favor como contra peso, para mantenerle en su sitio, mientras la chica se caía de culo.
―¡Oh, mierda! Lo siento ―se disculpó, sintiéndose muy mal.
Le tendió una mano para ayudar a que se levantase. Ella aceptó con una sonrisa, casi tan grande como la que él lucía un momento antes.
―Yo tampoco te he visto ―se disculpó ella. Unos tirabuzones marrones le taparon las mejillas sonrojadas―. Tengo un hilo aquí ―protestó enseñándole la manga, de donde, en efecto, colgaba un hilo grueso que se había salido de su lugar―. ¿No tendrás un mechero? ―preguntó.
―Eh… Yo no. ―Aquel joven Raúl, de tan solo catorce años, no logró apartar los ojos de los castaños de ella. Pensó que debía ser la chica más guapa del mundo, y se sintió sonrojar también―. Ven.
Se dio cuenta entonces de que aún no le había soltado la mano desde que ayudase a que se levantara, y tiró de ella con delicadeza para que entrase en un chino que había al lado.
―Voy ―dijo la chica, con una risilla, pero le siguió dentro del comercio.
―¿Me dejas fuego? ―preguntó Raúl, a la dependienta asiática.
―Un eulo ―respondió esta, con el ceño fruncido, hasta hacer parecer sus ojos una línea, como si el joven muchacho quisiera robarla.
―¡No, si solo es un momento! ―trató de explicar―. Para cortarle un hilo. ―Movió la manga de ella para que pudiera verlos colgar.
―¡Un eulo! ―respondió de nuevo la mujer, con tono malhumorado. Como si se hubiera cansado de la insistencia de él.
―¡Oye! ―La chica de los tirabuzones llamó la atención de Raúl―. No te preocupes, de verdad, ya me lo corto en casa.
―¡Te liberaré de esos hilos! ―prometió él con emoción.
Charly había repetido a Raúl hasta la saciedad que siempre debía rescatar a las chicas en apuros, porque estas a veces, te recompensaban con besos. Después solía incluir: «y, si tienes suerte, esos besos no siempre son en la boca», pero Raúl prefería obviar aquella parte de la lección.
―Un mechero ―le pidió a la simpática dependienta―. Un eurro. ―Marcó la doble «r» burlón.
Como recompensa se ganó una risilla de la chica castaña.
―Elige. ―La dependienta le tendió la caja de los mecheros, tirándosela casi, mientras guardaba el eulo a toda prisa en la máquina registradora.
―¿Cuál quieres? ―ofreció Raúl inseguro.
Estos tenían dibujos un tanto absurdos o exagerados, la mayoría con la bandera jamaicana o rastafaris fumando enormes porros.
―Este. ―La chica sacó uno de la caja, el más simple de todos, era blanco, con un corazón rojo.
―¡Hasta luego, simpática! ―Raúl se despidió de la dependienta, saliendo de la tienda con la chica castaña a su lado.
Le sujetó el hilo mientras ella lo quemaba, sin intercambiar más palabras, con una más que notable timidez.
―Yo… ―dijo finalmente la chica, cuando el molesto hilo desapareció para toda la eternidad―. Muchas gracias. ―Le devolvió el mechero.
―¡No! ―negó Raúl, sonriente como siempre―. Quédatelo, así te acordarás de mí ―le dijo, sin saber por qué. Y se avergonzó de nuevo―. Y podrás devolvérmelo la próxima vez que nos veamos.
―¡Gracias! ―La chica se puso de puntillas, porque Raúl era muy alto para tener catorce años, y le dio un beso en la mejilla, antes de salir corriendo en dirección contraria.
―¡No sé tu nombre! ―dijo Raúl, pero ya era tarde, la chica había desaparecido y, con ella, el mechero.
Y, aunque Raúl no volvió a ver a esa misteriosa chica en mucho tiempo, no dejó de hablar de ella durante semanas.
―¡Te he dicho mil veces que no toques mis cosas, Aitana! ―Marta tiró el bolso sobre la cama y le quitó el mechero de la mano a su hermanita de cuatro años―. ¿De dónde ha salido esto?
Parecía haberlo intentado pintar, con sus pinturas de palo, pero solo consiguió rayar un poco el dibujo. La niña señaló la mesilla, que permanecía abierta. Los papeles, el maquillaje y el resto de sus cosas estaban esparcidos por el suelo.
―¡Qué voy a hacer contigo! ―le riñó, metiendo todo de nuevo, a la fuerza para terminar rápido.
Marta acababa de volver de una cita desastrosa. Ni siquiera tenía que haber aceptado en un primer lugar. Era un compañero de clase, él le gustaba desde primaria y resultó ser un completo gilipollas.
―¿Puedo jugar? ―preguntó Aitana, recogiendo el Clipper de nuevo.
―¿Quieres que te cuente un cuento? ―sugirió Marta, atrapando su mechero en la mano para que su hermanita se olvidase de él.
―¡De una princesa! ―pidió Aitana, que estaba en esa encantadora edad dónde adoraba a las princesas sobre todas las cosas.
Marta levantó a la niña en brazos, y se sentó en la cama, acunándola contra su pecho. Compartían la habitación con su hermanita desde que su madre tuvo otro bebé unas semanas atrás, un niño precioso con los mofletes regordetes llamado Daniel. Por lo general, la sacaba de quicio, pero la quería tanto que no podía enfadarse más de dos minutos.
―De una princesa ―respondió, besándola el pelo―. Y su príncipe azul.
Empezó a narrar el cuento, en el que la princesa tenía unos preciosos tirabuzones castaños, y el príncipe era apuesto y gallardo, lucía una enorme sonrisa siempre y la quería por encima de todas las cosas.
―¿Y llevaba armadura? ―preguntó Aitana, que ya estaba acostumbrada a los cuentos de su hermana.
―Por supuesto, una preciosa armadura blanca. ―Miró el mechero por encima del pelo de su hermanita―. Con un corazón rojo pintado sobre el pecho.
―¡Oh! ―Aitana se sorprendió y rio feliz.
Marta siguió con el cuento, hasta que su hermanita se durmió entre sus brazos, y la metió en su cama. Se desmaquilló y se puso el pijama entonces, pero llevó el mechero consigo todo el rato. ¿Qué habría sido del príncipe que se gastó un eulo para que ella pudiera librarse de aquel malvado hilo? Hacía más de dos años de eso, y apenas podía recordar la cara de él, estaba segura de que de volverlo a ver no lo reconocería.
Después de eso, durante unos meses, Marta no se separó del mechero, creando unas expectativas entorno a él: no tendría una cita, ni saldría con nadie, que no fuera tan perfecto como el que le diese el mechero.
Aunque este fue hundiéndose en el bolso y fue olvidado de nuevo, así como sus expectativas.
Más o menos un año después, cuando el mechero no era más que un complemento extra de su bolso que, por cierto, no volvió a usar desde que quemase el hilo con él, se topó con su vecino favorito en la escalera: Charly.
Corría con su hermanito Daniel en brazos y Aitana de la mano, porque llegaba tarde para llevarlos al colegio.
A menudo charlaba con Charly desde el balcón, era un buen tío, aunque no era su tipo: fumaba demasiado y hablaba fatal. Los gritos y los insultos eran comunes en su casa. A veces los oía desde la terraza, aunque nunca pretendía hacerlo. Sabía que era un buen chico que había caído en una mala familia.
―¡¿No tendrás fuego?! ―le pidió Charly, cuando casi se chocaron en la puerta al ir él a entrar y ella a salir.
―No fumo ―le recordó Marta, con una risilla―, pero voy tardísimo.
―¡Se me ha caído un mito! ―protestó Charly bromista―. Yo pensaba que los bolsos de las tías eran como el bolsillo de Doraemon, y siempre encontrabas lo que necesitases.
―Pues no, mira ―Marta hundió la mano en su bolso, más por seguirle la corriente que porque creyera que iba a encontrar nada. Entonces el Clipper cayó en sus dedos, como si de verdad hubiera un extraño agujero espacio-temporal en el bolso femenino―. O quizá sí. ―Se lo dio con una risa―. No sé si funciona, pero de verdad que voy tarde. ―Marta volvió a correr con sus hermanos a cuestas―. ¡Luego me lo devuelves, es especial para mí! ―le gritó a Charly.
Pero Charly ya jamás se acordaría de devolvérselo.
Unas semanas después de que el mechero cayese en sus manos, Charly y sus amigos se fueron de vacaciones a Valencia para celebrar el cumpleaños de Carlos. Abram y Charly se intercambiaron el mechero, porque no encontraron ningún otro, hasta tal punto que olvidaron de cuál de los dos era.
El Clipper volvió a Madrid, tras la semana en la playa, en el bolsillo de Abram.
Marta no vio a Charly en un tiempo, así que se olvidó por completo del mechero y la memoria de Charly… Bueno, las drogas y el alcohol hacen mella en cualquiera.
Siguió durante meses intercambiándose el mechero con Abram, robándoselo cuando el otro no miraba, ambos convencidos de que era suyo. Sería imposible narrar todas las veces que pasó de una mano a otra entre ellos dos, tantas como cigarrillos se fumaron, quizá.
Pero el día que los padres de Carlos le regalaron un coche, como premio por sacarse el carnet de conducir, el mechero estaba en el bolsillo trasero de Charly. Viajar de esa forma ya había erosionado casi del todo su dibujo, y unas pocas líneas rojas atestiguaba que el mechero alguna vez no fue solo blanco.
―¡Ábreme el capó! ―Fue lo primero que dijo Charly cuando Carlos fue a buscarle en su coche nuevo, para que lo viese.
―¡Ni de coña voy a dejar que metas la zarpa! ―protestó Carlos.
Confiaba plenamente en las «zarpas» de su amigo, pero era una ocasión tan buena como otra cualquiera para picarle.
―¡Ya! ―Charly se rio―. Eso es porque no sabes abrir el capó.
―A tu madre sí que no sé abrirla ―le provocó cruzándose de brazos.
―Por suerte, dudo que quieras asomarte ahí. ―Lejos de ofenderse, Charly se rio con su amigo―. ¡Venga! Necesito ver esta preciosidad por dentro.
Era un SEAT plateado, y eso era todo lo que Carlos entendía del coche, pero cuando dio con la palanca para abrir el capó, que se encargó de buscar antes de ver a su amigo, porque sabía que se lo iba a pedir, Charly se asomó dentro con ojo experto. Admiraba eso de él, se había buscado su propio destino, aprendiendo todo lo que había que saber sobre coches por su propia cuenta.
―Huele tan bien… ―suspiró Charly.
―Como las bragas de tu madre ―respondió Carlos, por costumbre más que porque estuviese pensando en ello.
―¿Quieres dejar a mi madre que descanse en paz? ―protestó Charly, aunque se asomó con una sonrisa sobre el motor.
―¿Quieres dejar tu mi coche? ―le imitó Carlos―. Sube al asiento, como una puta persona normal, si puedes y vamos a buscar a Andrea, quiero enseñárselo.
―¿Y después le enseñarás el coche? ―Fue el turno de burlarse de Charly, aunque obedeció.
―Gilipollas. Andrea es mi amiga.
―Y la mía, pero yo no quiero besarla… ―Se puso el cinturón mientras Carlos arrancaba―. Vale, quizá sí, está buena, pero sabes a lo que me refiero… Yo no estoy loco por ella.
―Ni yo… Gilipollas ―repitió, por si no le había quedado claro.
Carlos pasó a recoger a Andrea, que estaba con Saray. Y luego fueron a por Raúl y Abram. Acabaron sentándose unos sobre otros. Charly pasó al asiento de atrás y Saray se acomodó en sus piernas. Abram huyó al de adelante, alegando que no quería estar cerca de esos dos cuando empezasen a fluir, bueno, los fluidos. A Raúl y Andrea no les quedó más remedio que ir detrás con ellos, mientras Carlos conducía hasta su parque favorito. Ya empezaba a hacer calor y querían sentarse en el césped para tomarse unas cervezas (o un refresco en el caso del conductor).
En algún momento, entre tanta fiesta y broma, y las hábiles manos de Saray tocando en sitios íntimos de Charly, el mechero se deslizó su bolsillo hasta quedar sepultado entre el asiento y el respaldo. Y permanecería allí unos meses, hasta que Carlos limpiando lo encontró y lo guardó en la guantera, a la espera de ver a Charly para dárselo.
Y se olvidó de él.
Un día, tras un intercambio de golpes entre Charly y Abram por algo que en el momento al primero le pareció muy relevante, Carlos le ofreció llevarle a casa. Este rebuscó en su guantera, en busca de un pañuelo para que se limpiase la sangre, y encontró el mechero.
―Esto es tuyo ―le dijo Carlos, sin poder recordar cómo llegó hasta allí, supuso que su amigo lo olvidó, ya que él no solía fumar y, si lo hacía, usaba algún mechero prestado de Charly o Abram.
―¡Joder, y yo buscándolo! ―dijo Charly.
Aunque seguro que no hablaban del mismo mechero, porque aquel llevaba cerca de cinco años guardado en aquella guantera. Dos lecturas podemos sacar de este hecho: primero, que Carlos no limpia demasiado y segundo, que Charly tiene una memoria de mierda.
El mechero volvió a pasar de la mano de Charly a la de Abram, de una forma que, si hubiera tenido sentidos, se habría mareado. Durante meses lograron incluso no perderlo, pese a que volvieron a discutir sobre la propiedad de aquel mechero sin saber que era el mismo de años atrás. Apenas una desgastada marca dejaba entrever que alguna vez tuvo un dibujo.
Y el mechero no volvió a extraviarse (demasiado tiempo), hasta que llegó la esperada boda de Raúl.
Donde, por una vez, los que discutieron por su propiedad, no fueron Abram y Charly (o no solo ellos), sino sus verdaderos dueños…




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