top of page

La chica de las sábanas - Relato: Central Park




Saray


Cogí aire que olía a flores, aunque no necesitaba darme ánimos. Se me escapó una sonrisa enorme justo cuando mi padre llegaba a mi lado. Me dio un beso con suavidad en la mejilla y trató de decirme algo, pero se le quebró la voz.


―No llores, que lloro yo ―me quejé, abanicándome con las manos.


―¡Ni se te ocurra, que se te estropea el maquillaje! ―me regañó Tricia, acabando de colocar el velo que cubría solo mi pelo y se unía al fantástico vestido que ella misma había confeccionado.


Dos telas se cruzaban sobre mi pecho, formando sendos tirantes gruesos, que rodeaban todo mi torso. La falda ancha y larga surgía de la cintura, uniéndose al corpiño blanco y unas finas tiras de piedras preciosas lo hacían brillar por la luz cada vez que me movía. No mostraba apenas piel, y el escote era bastante sobrio, pero, aun así, nunca me había sentido tan guapa.


―¿Todo bien, hija? ―me preguntó mi madre, mientras observaba con ojo crítico que estuviera perfecta.


―Pensaba en huir ―bromeé.


―Merecido se lo tendría ese tonto de mi hijo ―se rio Tricia, sabiendo que bromeaba―. Ya casi es el momento, ¿estás preparada?


Asentí un par de veces y Tricia se llevó a mi madre con los demás invitados, que tampoco eran muchos. Miré a mi padre, pero tampoco atinó a decir nada esta vez y a mí se me humedecieron los ojos. De felicidad, de alegría, de emoción. De esperanzas en un futuro que antes nunca había creído posible.


La música me sobresaltó ligeramente. Supuse que era mi señal y volví a sonreír. Respiré despacio para evitar las lágrimas. ¡Y eso que yo no era nada llorona!


―¿Preparada, mi pequeña niña? ―me preguntó mi padre con la voz temblorosa.


Era la menor de cuatro hermanos y encima la única chica, supuse que no era raro que mi padre estuviera tan afectado. Asentí, sin lograr hablar. Yo también iba a ponerme a llorar si abría la boca. Me temblaba ligeramente el labio y eso que hacía una temperatura muy apacible.


Miré un momento el cielo estrellado sobre nosotros, era como si Scott hubiera conseguido hasta acabar con la contaminación lumínica y con las nubes. Quizá lo había hecho, debía ser así de todopoderoso. Sonreí más ampliamente y apoyé mis altos tacones en la alfombra roja que estaba colocada directamente sobre el césped.


Pensé, mientras avanzábamos al ritmo de la música, que había pasado casi toda mi vida enamorada de la idea que tenía de Charly, sin saber lo que era el amor. Por idiota casi dejé escapar al verdadero amor de mi vida. Pero allí estaba, vestida de blanco (con un vestido increíble, por cierto, porque mi suegra era genial), paseando sobre una alfombra roja, decorada a ambos lados con farolillos blancos que parecían flotar y con flores que dotaban al lugar de un aroma delicioso.


Y aquel despliegue de perfección no era nada comparado con la promesa del final del camino, donde esperaba Scott Anderson junto a un arco de rosas blancas y rojas, y un traje tan perfecto como el resto del lugar y de él. Estuve a punto de morderme el labio al verle, tenuemente iluminado por los farolillos.


Ni siquiera pude reparar en los invitados, colocados a ambos lados de la alfombra roja, más allá de los farolillos, ni en nuestros testigos, que estaban junto a Scott delante del arco que hacía las veces de altar. Nadie podía importarme en ese momento, solo él y yo, y el instante perfecto.


Scott dio un paso hacia mí, saltándose todos los protocolos que Tricia nos había hecho ensayar durante dos semanas. Bajó los dos escalones que me separaban del arco y me dirigió una sonrisa enorme. Estaba genial, su traje era gris oscuro, con chaleco y corbata, que le quedaban de miedo, como un guante, hecho a medida (como seguramente fuese).


Me pareció que hacía un esfuerzo titánico por apartar la mirada de mí para dirigirla a mi padre, con el que intercambió unas palabras que no escuché y un apretón de manos. Cuando acabaron su breve intercambio, Scott me dirigió una sonrisa enorme y me tendió una mano. Yo di un beso a mi padre también y me solté de él para ir con Scott, porque siempre querría ir con Scott Anderson, donde él quisiera.


―¿Nos casamos? ―me preguntó, cuando apoyé mis dedos con delicadeza sobre su mano.

―Creo que ya es imposible huir ―bromeé con una mueca, haciéndole reír.


Me llevó de la mano al lugar que debíamos ocupar, y no me soltó cuando llegamos. Yo tampoco quise liberar sus dedos, me sentía infinitamente bien cogida de su mano. Dirigí una mirada emocionada a Andrea que me devolvió una amplia sonrisa mientras me colocaba en mi lugar. Tras el arco nos esperaba un juez que haría aquello oficial, pero Scott me miró antes de que el pobre hombre pudiera decirnos nada.


―Estás preciosa ―me dijo.


Me reí feliz. Feliz de verdad. Más que nunca en toda mi vida.


―Es una percha de tres mil dólares y un vestido de varios miles más.


―Eres tú.


Se le oscurecieron los ojos grises y supe que estaba pensando en quitarme ese vestido.


―Compórtese, señor Anderson ―le regañé sonriendo.


―Lo intentaré, señora Anderson.


Su sonrisa me cortó la respiración, aún me sorprendía lo guapo que era. Y era todo mío, para siempre. Sonreí mientras el juez empezaba a hablar, no escuché apenas lo que decía, solo lo justo para responder, pero mi mente estaba en el futuro, junto a Scott Anderson.


―Ahora la novia pronunciará unas palabras ―me indicó el juez el momento.


Cogí aire y lo volví a soltar, algo nerviosa. Miré por primera vez alrededor. No habíamos invitado a mucha gente, quisimos hacer algo pequeño y familiar, pero estaba segura de que al final había más de doscientas personas. Encima la gran mayoría eran invitados míos. Y los miré por primera vez, para comprobar que todos estaban pendientes de nosotros.


―No tienes que hacerlo, si no quieres ―murmuró Scott.


Y su seguridad me hizo controlar mis nervios, de alguna manera. Sonreí, cogí aire por última vez y empecé a hablar.


―Scott, sé que no lo parece, porque soy increíble y todo se me da bien, pero no tengo práctica con esto de las bodas, ni con los discursos ―bromeé, y oí alguna risa tímida. Él me sonrió ampliamente―. Tampoco espero ganar experiencia, no la cagues para que sea mi última boda ―pedí.


―Lo intentaré ―aseguró divertido.


―Pensé que no necesitaba esto, que no era necesario que nos casásemos, que con lo que teníamos estaba bien, pero me alegro de que me sobornases con un vestido para que aceptase casarme contigo…, y para salir contigo, ahora que lo pienso. ―Hubo más risas y no pude evitar reírme también―. Nos conocimos en el puto peor momento de mi vida, gracias por eso, Charly. ―Le dirigí una mirada, sentado en primera fila.


―De nada ―me dijo desde allí, causando más risas.


Agité la cabeza, pero traté de ponerme seria. Scott pareció notarlo, porque me apretó las manos con suavidad, y su rostro adquirió un aspecto más formal.


―Hubo momentos en los que pensé que no lo conseguiríamos, Scott, pero te agradezco que nunca te rindieras conmigo. Y que hayamos organizado una boda tan bonita y perfecta, que solo tengo ganas de estar justo allí ―señalé hacia atrás y a lo alto―, mirando desde nuestra ventana para verla, porque tiene que ser un sueño ver esto desde casa. El mismo sueño que nos ha traído hasta aquí, porque estaba en ese mismo lugar, mirando este punto exacto, cuando me di cuenta de que te quería y de que quería estar exactamente en ese sitio el resto de mi vida. Te amo, Scott Anderson. Y te amaré el resto de mi vida y, seguramente, cien vidas más. Al final me he cargado el maquillaje, lo siento, Tricia.


Me abaniqué con las manos para limpiarme las lágrimas, pero no hubo manera de frenarlas. Scott sonrió y secó mis mejillas con los pulgares, sin importarle lo más mínimo mancharse o estropear el maquillaje. Supe que le daría igual casarse con un oso panda.


―Para no dársete bien los discursos me has dejado sin nada que decir a mí ―bromeó, causando más risas―. Para mí este sitio también es especial, porque aquí te diste cuenta de que me gustabas. Aunque, chica de las sábanas, te quedaste cortísima. Dijiste que me gustabas porque yo podía controlarlo todo y a ti no, pero te equivocas, te quería con locura porque descubrí lo genuina que eres, lo divertida y especial. Porque no eres como el resto del mundo y porque cuando te quieres y sonríes, haces que un simple parque parezca el paraíso. Y te quiero con locura porque consigues que un simple piso parezca la puerta a un futuro maravilloso. Porque jamás podré controlarte, y adoro que sea así. Que seas así: libre, increíble e incontrolable. Yo no tengo grandes eventos que rememorar, porque cada momento a tu lado ha sido especial, incluso los malos. Sé que te quiero, Saray Robles, y lo sé desde aquel primer día que entraste a mi habitación a cambiarme las sábanas, quizá incluso desde que nos cruzamos en el restaurante del hotel. Así que, gracias por ceder, haya sido por un vestido o por mí, porque jamás he sido tan feliz como ahora, pero sé que soy menos feliz que mañana, porque cada día a tu lado es aún mejor que el anterior.


Se me escapó un sollozo y Scott se inclinó sobre mí. No supe si el juez había dicho que nos besásemos, pero nos dio igual. Sus labios impactaron contra los míos y yo me abracé a él, que seguía tratando de secar mis lágrimas con sus pulgares. Nuestras lenguas lucharon por el control de la boca del otro y nuestros cuerpos se pegaron como si pudiéramos fundirnos para siempre.


Y, por una vez, un «para siempre» me produjo una inmensa felicidad y seguridad.


¡Lee la novela en Amazon!

¡No olvides dejar tu like y tu comentario si te ha gustado este relato para ayudarme a llegar a más gente!

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


WhatsApp Image 2021-06-14 at 19.37.52.jp

Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

bottom of page