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La chica de las sábanas - Relato: Demasiado rosa




Scott


Sujeté las manos de Saray y la dejé en el centro de la habitación con suavidad. No pude evitar sonreír mientras ella esperaba paciente con los ojos cerrados. Casi podía ver su temor incluso con ese fingido gesto relajado. Me incliné sobre ella para depositar un beso muy suave en sus labios y luego me separé.


―Ya puedes mirar, cariño.


Abrió los ojos parpadeando un par de veces, como si le molestase la luz por el rato que llevaba con ellos cerrados, pese a que solo habían pasado diez segundos, y miró alrededor arrugando ligeramente la nariz. No me pasó por alto el desagrado en su cara, aunque trató de evitarlo muy bien.


―No te gusta ―adiviné.


―Es demasiado rosa ―se quejó con un lloriqueo.


Lo intenté evitar, de verdad, porque sabía que estaba muy sensible, pero se me escapó una carcajada. Tampoco era raro, llevaba dos meses redecorando esa habitación para ella y no conseguíamos encontrar lo que buscaba. Sinceramente, dudaba que ella supiera lo que quería al respecto, pero no iba a discutírselo.


―Es el color que tú elegiste, Saray ―le recordé.


―Ya, pero no pega con los muebles ―gimoteó―. No pensé que nada pudiera ser demasiado rosa, pero parece el interior del culo de un unicornio.


Esta vez ni siquiera intenté evitar la carcajada y ella me miró con disgusto antes de acercarse a la pequeña cuna de color abeto que combinaba perfectamente con las paredes, estaba seguro de ello. Acarició la superficie y se abrazó a un peluche que habíamos dejado dentro.


―Es perfecto, Saray. No es demasiado rosa ―traté de consolarla.


―¿Y si no le gusta el rosa?


―Es un bebé, le dará igual el color de las paredes.


―¿Y si es un niño? Mis padres pensaban que Mateo era una niña hasta el día que nació…


―Hemos visto a la niña en todas las posiciones posibles, Saray, no es un niño. Y si lo fuera, ¿qué más da? ¿No puede tener una habitación rosa?


―Supongo… pero es demasiado rosa, Scott ―lloriqueó un poco―. ¿Tú sabes lo rosa que tiene que ser algo para que a mí me parezca demasiado rosa?


Puse los ojos en blanco, pero la abracé desde detrás y apoyé la barbilla en su hombro, para mirar la cunita como estaba haciendo ella.


―Será perfecta, como tú, ¿lo sabes? Y nada le parecerá demasiado rosa… ―traté de animarla, acariciando su vientre abultado con suavidad―. Y prefiero cambiar todos los muebles que llamar de nuevo a los pintores. Te juro que me da vergüenza ya.


―¡¿Hola?! ¡Hemos llegado! ―El grito de Andrea desde abajo hizo que Saray se separase de mí casi de golpe. Supuse que buscaba una aliada.


―¡Estamos arriba! ―respondió ella, aunque se giró hacia mí, con el osito de peluche abrazado con fuerza contra su pecho.


Andrea subió con mi madre. Había ido a buscarla al aeropuerto porque Saray no quería separarse de mí. Había salido de cuentas un par de días antes y sabía que estaba asustada por la posibilidad de que la niña llegase en cualquier momento. Y, según ella, sin mí no podría hacerlo. Así que su ternura había acabado de convencerme de que debía quedarme cerca. Y de que Andrea y el chófer serían suficiente para recoger a mi madre.


No había sido fácil llegar a ese punto. Habíamos tenido problemas para que el embarazo saliera adelante. Perdimos a varios bebés, pero por fin estaba todo bien. Salvo que Saray estaba aterrada por si volvía a pasarle algo malo. El embarazo había sido difícil, con mucho reposo y mucho miedo, pero pronto tendríamos a nuestra niña en brazos y, sin duda, sería tan bonita y especial como su madre.


―¡Vaya! ¡Está genial! ―nos dijo Andrea, en cuanto entró a la habitación.


Aproveché nuestra luna de miel, un par de años antes, para hacer reforma en casa. Sabía que Saray adoraba aquel piso y que le gustaba vivir en Nueva York. Era una chica de la gran ciudad, o eso solía decir. Así que compré el piso de arriba y mientras viajábamos por el mundo hice obras para unir ambos, porque mi piso de soltero me parecía pequeño para que estuviéramos a gusto.


La planta original, la inferior, la habíamos dejado entera como salón, cocina y un baño. Arriba había tres dormitorios enormes, con vestidor y un par de baños más. No tenía muchas estancias, pero cada una era bastante grande. Y ambas estaban unidas por una escalera grande y una pasarela desde la que se veía el salón. La pared principal tenía un enorme ventanal que ocupaba las dos plantas con vistas al Central Park, al igual que nuestro dormitorio.


―Es demasiado rosa ―se quejó Saray, pegándose contra mi pecho.


La abracé contra mí enseguida y acaricié su brazo, mientras buscaba a Andrea con la mirada, para que me sirviera de inesperada aliada. Pensé que se pondría de parte de mi mujercita, pero ella me miró con el ceño fruncido.


―Es perfecta, Saray. ¿Cómo va a ser demasiado rosa?


―Es que… ¿No podemos pintarla de otro color? ―La rubia me lanzó una mirada suplicante que me hizo reír.


―Si seguimos pintando vamos a perder metros, Saray ―bromeé.


―¡Píntale la habitación del color que quiera, Scott! ―me regañó mi madre, que miraba desde la puerta, junto a Andrea.


―Ya está pintada del color que quiere y las tres veces anteriores también ―expliqué.


―Vamos, vamos. ―Mi madre me ignoró completamente y llegó hasta nosotros. Sujetó la mano de Saray y le dio unas palmaditas que hicieron que la rubia volviera a los pucheros―. ¿De qué color la quieres, mi niña?


―No lo sé ―gimoteó.


―No podemos volver a pintar, si lo hacemos no estará lista para cuando nazca la niña…


―Y seguimos sin nombre, encima ―lloriqueó de pronto.


―No importa, podemos llamarla bebé… ―sugerí.


―¿Acaso no recuerdas todo el tiempo que Irene no tuvo nombre? ―le preguntó Andrea consoladora―. Estuvimos días llamándola peque, enana, microbio y cosas así.


―Irene es un nombre muy bonito ―me dijo con un nuevo puchero, aunque ya no sabía si me estaba tomando el pelo, sinceramente―. Pero ya está cogido.


―Podemos comprárselo ―bromeé.


―No, pobrecita mía… ¿Y si la pintamos de azul?


―¿A la niña? ―la provoqué.


―Yo llamo a unos pintores, si quieres… ―sugirió mi madre enseguida.


―Tengo a los pintores en nómina, madre ―me metí, pasándome las manos por la cara desesperado―. ¿Por qué no bajamos a tomarnos algo y hacemos una lista de por qué el rosa es un color genial y por qué no es conveniente meter un bebé en una habitación recién pintada?


―¿Color menta? ―le preguntó Saray a mi madre, con gesto pensativo, ignorándome completamente.


―¿Y si usamos dos colores? ―siguió mi madre―. O pintamos alguna fantasía, como azul con nubes blancas.


―¿Quieres una copa? ―ofrecí a Andrea, dispuesto a dejar a esas dos tirando las paredes abajo, si era necesario.


―Sí, por favor, antes de que empiecen a decir colores que yo ni sé que existen ―bromeó.

Sin embargo, no habíamos salido de la habitación siquiera cuando Saray me sujetó la mano y me dirigió una mirada de enormes ojos verdes aguados. Y supe que acabaría pintando la habitación una y otra vez hasta que la niña tuviera diez años. Supuse que podía dormir con nosotros hasta entonces, para que no se intoxicase con la pintura.


―¿Qué pasa, mi vida? ―pregunté, apartando un mechón rubio de su frente.


―No me dejes sola ―me pidió, entrelazando sus dedos con los míos―. Si quieres la dejamos rosa, aunque sea horrible.


―Me gustaría mucho que se quedase rosa, que no es horrible, por cierto ―le dije―. Ya tendremos tiempo de pintar más adelante, quizá cuando la niña tenga tres años y pueda elegir qué color le gusta. ¿Te parece?


―A medias. ¿Y si le gusta el marrón o el negro? ―bromeó con un puchero.


―Pues tendrás que explicarle por qué el rosa es más bonito. Y si esto está solucionado. ¿Por qué no vamos a sentarnos y elegimos el nombre? No creo que debas estar de pie tanto rato…


Ella asintió, abrazada aún al peluche con una mano y sujeta a mí con la otra. La cogí en brazos para bajar la escalera y supe que habíamos capeado un temporal o algo parecido. Por fin se acabó decorar y redecorar la habitación de la niña. Estaba seguro de que en cuanto naciera a Saray se le pasarían todos esos miedos infundados y el color rosa le parecería tan perfecto como antes.


No la bajé de entre mis brazos hasta el sofá y ella me sujetó para darme un beso que respondí encantado. Luego fui a la cocina a buscar algo de beber para todos. Mi madre también se sentó con ella, tranquilita y sin sugerir más cambios en la casa. Que conste que hubiera tirado las paredes abajo con mis propias manos por Saray, pero estaba seguro de que lo que la tenía preocupada no era la decoración, sino la llegada inminente de la bebé, y meternos en una obra por eso parecía una idea pésima.


Serví copas y cogí una botella de agua para Saray antes de volver al salón. Andrea estaba sentada frente a ella, leyéndole una lista de nombres. Yo estaba seguro de que mi preciosa mujer tampoco iba a ser capaz de decidir un nombre hasta que la niña naciera, pero no me metí. El objetivo de que Andrea estuviera en casa era distraerla, en teoría. Llevaba una semana ya allí. Mi madre había llegado ese día y su propia madre llegaría en un par de días más, para ver al bebé y estar con Saray en los primeros momentos.


Nuestra intención era que la niña naciese en Madrid, arropados por su familia y amigos, pero el difícil embarazo nos había obligado a quedarnos en Nueva York. Lo cual también supuso un drama durante un tiempo, al menos hasta que Andrea le había prometido que estaría allí con ella todo el tiempo posible.


―Bonnie ―le decía Andrea en ese momento. Saray puso tan mala cara que se me escapó otra carcajada―. Candace…


―¿Tú me odias? ¿Crees que mi niña nacerá con treinta y ocho años? ―se quejó Saray, cogiendo el agua que le tendí, sin soltar el peluche.


―Elina ―siguió Andrea, como si no la hubiera escuchado.


Habíamos aprendido a no responder a Saray esos días, para evitar lágrimas innecesarias.


―¡Scott! ―me llamó, como si su amiga la estuviera ofendiendo terriblemente.


―A mí me parece un buen nombre ―la provoqué y ella me devolvió un puchero.


―¿Sabrina? ―preguntó Andrea dudosa―. No, ese no me gusta… ¿Winnona?


―¿Por qué odias a mi bebe?


No pude evitar una carcajada por el dramatismo de Saray y apoyé la mano sobre la suya, que se había llevado al vientre muy ofendida.


―¿Y Lindsay? ―preguntó mi madre―. Es un nombre muy bonito. Yo hubiera llamado así a Scott si hubiera sido una niña.


Saray puso una cara rara y pensé que estaba buscando la forma de rechazar a mi madre. Luego me di cuenta de que le pasaba algo más. Movió la mano y apretó la mía con fuerza.


―Scott… ―Me miró casi desesperada―. He roto aguas.


―Eso es que quiere llamarse Lindsay ―bromeé, inclinándome sobre ella para darle un beso en la nariz.


Quizá tendría que haberme puesto histérico, como parecía estarse poniendo ella, pero estaba tranquilo. Y feliz, sobre todo, feliz. Sabría que todo saldría bien y que pronto tendríamos a nuestra pequeña niña en brazos. Todo saldría bien, aunque no tuviera nombre y tuviera que dormir en una habitación horriblemente rosa.



―¿No te preocupa que sea tan pequeña? ―me preguntó Saray en un susurro, mirando desde arriba a la bebé, que dormía en su cuna sin importarle lo más mínimo el color de las paredes.


―No. Me preocupa que crezca ―aseguré divertido, dándole un beso en el pelo―. Deberías descansar un poco, mi vida.


Acabábamos de volver del hospital, tras un par de días allí y Saray tenía ojeras y cara de agotada, pero seguía de pie, resistiéndose a apartarse de la niña. De hecho, no había dejado que la separasen de ella ni un momento en esos dos días.


Andrea había bromeado con que se cansaría de los llantos y que debía intentar descansar un poco, pero Saray no había atendido a razones. Y, en ese momento, me miró solo un segundo, antes de desviar la vista a la niña de nuevo, que movió un poco las manitas en sueños.


―Ve tú, yo quiero quedarme un rato ―me pidió con suavidad.


Le di otro beso en el pelo y fui a buscar la mecedora que había a un lado de la habitación. Saray me miró extrañada mientras la levantaba con cuidado de no hacer ruido y la acercaba a la cuna, desde donde pudiéramos ver a la niña.


―Tú no quieres dejar de mirarla a ella y yo no puedo dejar de mirarte a ti, todos ganamos ―bromeé.


Me sonrió y me pareció que iluminaba la habitación, que apenas estaba alumbrada por una lamparita muy pequeña que había al lado contrario. Sujeté su mano con suavidad e hice que se sentase sobre mis piernas. Dirigió la vista a la niña de nuevo, pero se acurrucó contra mí.


―¿Te gusta Lindsay? ―me preguntó en el mismo tono bajo.


―¿La niña o el nombre? ―la provoqué, haciendo que alzase la cabeza para mirarme fatal―. Me encantan las dos. Es un nombre muy bonito.


―A mí también me gusta ―musitó, acomodándose de nuevo sobre mí.


Y, por primera vez en toda mi vida, me sentí pleno, completo, feliz y satisfecho. No necesitaba nada más en mi vida, solo a mis dos chicas. Mientras Saray se dormía sobre mí casi en el acto y la niña extendía la manita hacia nosotros en sueños, me dije que no quería nada más en el mundo. Solo a la jefa de mis sábanas y a mi pequeña princesa.


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Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

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