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La chica de las sábanas - Relato: La conversación




Charly


Si dijera que no estaba muerto de preocupación por Saray, mentiría. Nos conocíamos desde el instituto y habíamos llevado una extraña y disfuncional relación que comenzó a los dieciséis o diecisiete. Apenas recordaba cómo empezó, ni por qué cuando era un crío estúpido me pareció buena idea.


Tenía claro que con un poco más de tiempo y madurez no habría aceptado, pero en ese momento me pareció genial. Yo acababa de romper con Silvia, tenía el corazón hecho pedazos y pensé… no, no pensé, pero me pareció que la solución con Saray era perfecta, porque no tenía que comprometer más mis sentimientos.


Menuda gilipollez. Quiero a Saray muchísimo, aunque nunca he podido quererla como se merece, por más que lo he intentado. No soy de perderme en el pasado, ni en el futuro, pero a veces lo pienso. No muy a menudo, es verdad, porque dolía incluso antes de darme cuenta. Sobre todo cuando mis amigos empezaron a sentar la cabeza, yo alcé la mía y traté de imaginar qué futuro tendríamos Saray y yo. Y nunca pude creer que nos fuera a ir bien.


Porque la quiero, pero no como ella se merece y parecía un catalizador para la infelicidad. Seamos sinceros, nunca he hecho feliz de verdad a Saray. Sabiendo lo que sé, miro atrás y veo todos esos gestos, esos momentos, esas situaciones. Para mí era suficiente lo que teníamos, pero para ella no. Y yo ignoraba esos enfados, esos celos, esas situaciones en las que no comprendía lo que pasaba y prefería mirar a otro lado.


Era más fácil olvidarme de lo que no me gustaba que hacer algo. Porque soy un egoísta y no soportaba la idea de perder a Saray de ninguna manera.


Funcionó. Al menos hasta que el imbécil de Abram tuvo que señalarme la realidad: Saray estaba enamorada de mí.


Ni siquiera sé si es del todo verdad. No sé si Saray me amaba o le gustaba la idea que tenía de mí, pero da igual, le partí el corazón. Justo lo que se suponía que nuestra extraña relación debía que evitar: hacernos daño. Conseguí que huyera, que se alejase de todos lo que la querían.


Cuando le dije que me iría yo en su lugar, no mentía. Si me lo hubiera permitido no me habría importado largarme muy lejos y dejar que ella tratase de recomponerse. En casa. Con los suyos. Quizá tenía que haber insistido más en ello, tal vez debí largarme en cuanto me dijo que se iba, para que cambiase de opinión. No sé, en retrospectiva es muy fácil ver todos los errores y encontrar la solución. En ese momento, no hice nada.


Supongo que con Saray ese puede ser el resumen de nuestra relación: ella dándolo todo y yo no haciendo nada. Y se merece algo mucho mejor.


Por eso, tras una semana desaparecida y esa videollamada en pijama, decidí comprobar si de verdad había encontrado algo mejor. Quizá, dicho así, parece un poco demasiado, una reacción exagerada a un pijama, pero es que Saray es una persona presumida, que no sale de casa sin tacones y maquillar ni a tirar la basura. Lo de hacer una videollamada en pijama no le pega nada.


En resumen, me convencí de que era una causa noble y salí de casa tras avisar a Carlos de que esa mañana no trabajábamos y llamar a los dos clientes para retrasar las citas con ellos. De todas formas, no era nada urgente.


No me costó dar con Anderson en su hotel. Andrea nos había puesto al día de las novedades la noche anterior, tras hablar con Saray, así que me quedó claro que estaría por allí. La recepcionista me dijo que estaba reunido, pero la verdad es que me dio igual. No me apetecía quedarme a saber cuánto tiempo esperando en una sala a que acabase y, si apreciaba en algo a Saray, seguro que le parecía más importante que una reunión que podría postergar. A mí la rubia me parecía más importante que mis clientes de la mañana.

Entré a la sala que me dijeron tras llamar a la puerta un par de veces. Anderson estaba reunido con algunos empleados, sentados en una mesa alargada en una sala no muy grande. Maldije para mis adentros al ver a Andrea entre ellos, seguro que se chivaba a Saray. Aun así, no iba a irme, ya me había visto, ¿qué más daba?


―¿Puedo hablar contigo, Anderson?


―Claro. Seguimos luego, chicos, volved al trabajo.


No voy a reconocer que me alegrase de haber acertado con él y la importancia que le dio a la conversación. Me quedó claro que estaba preocupado, tenía unas ojeras pronunciadas y un gesto algo tenso. No le conocía mucho, pero podía reconocer su cara de desesperación, porque la había visto en mí mismo con anterioridad.


―¿Qué haces aquí? ―me preguntó Andrea en un susurro al pasar por mi lado, con un gesto preocupado―. Saray va a matarte.


―No si no te chivas ―sugerí, aunque no me molesté en bajar la voz.


―¿Estás loco? Claro que voy a decírselo…


Me reí y le di un beso en el pelo, que se había recogido en una coleta de la que se le escapaban mechones rizados. Luego la empujé con suavidad para que saliese. Anderson y yo nos miramos antes de darnos cuenta de que quedaba un tío en la sala. Era un recepcionista gilipollas que estuvo molestando a Saray y al que no estaba seguro de por qué no había dado una paliza aún.


―Yo quería hablar de lo de las vacaciones, señor Anderson… ―le dijo, tras mirarme fatal―. Es urgente.


Estoy seguro de que lo hizo solo por joderme. Y si se pensaba que iba a quedarme allí plantado mientras él me fastidiaba, iba listo.


―Como no salgas en diez segundos te parto la cara ―le dije―. Y esta vez no está Saray para meterse en medio.


El recepcionista miró horrorizado a Anderson, como si esperase que fuera a defenderle, pero sabía que el nombre de Saray le había puesto en alerta.


―Si quieres más vacaciones no es posible y si quieres menos la respuesta es no. Ahora largo ―le dijo Anderson, luego me miró―. Diez segundos.


Contuve una risa a duras penas y me senté frente a él, mientras el recepcionista salía de la sala rezongando algo sobre gilipollas, amenazas y denuncias.


―Creo que tienes descontentos a los empleados.


―Solo sigue aquí porque no puedo despedirle hasta que Cowden nombre a alguien para llevar su parte… Pero supongo que no quieres hablar de cómo dirijo mi hotel.


―Quiero hablar de Saray.


Apartó la mirada un momento, dolido. Ni siquiera sabía qué había entre ellos de verdad, tenía claro que Saray no dejó de mentirme en la boda de Raúl, pero luego, el tío que yo pensaba que no existía apareció de verdad y estuvo a punto de partirme la cara. Lo siguiente que supe es que Saray me llamó desesperada porque habían roto. Y, tras eso, con el paso de los días fue mejorando y de pronto desapareció, y nada hasta la llamada en pijama. ¿Qué pasaba entre ellos?


―¿Sabes dónde está? ―me preguntó.


―No del todo. Andrea lo sabrá.


―No ha querido decírmelo.


―Normal… Si quieres saberlo ayer parecía… bien, pese a estar en pijama a mediodía. Mira, sé que esto será la hostia de raro para ti, porque entiendo que Saray te habrá contado, aunque sea a grandes rasgos, lo que pasó entre nosotros. Pero la quiero muchísimo y necesito que esté bien…


―Me da igual lo raro que sea, yo también quiero que esté bien. ―Se pasó las manos por la cara, con algo de desesperación―. Soy consciente de que la cagué yo, que la asusté…


―Sí, suficiente como para que me llamase a mí… ―le recriminé―. Sinceramente, cuando me llamó llorando iba a ir a matarte, pero no había vuelos, y Andrea me prohibió ir, me dijo que teníais que solucionarlo y blablablá… Dejé pasar un par de días, me pareció que Saray se tranquilizaba y de pronto me escribe para decirme que necesita tiempo, que se ha ido de Nueva York, y que no quiere hablar con nadie… Y lo siguiente que sé es que estaba en pijama a mediodía. Y estoy confuso… Ya no sé si matarte u ofrecerte ir a tomar una cerveza.

Se rio sin ningún humor y volvió a pasarse las manos por la cara. Parecía que quería despertar de una pesadilla de la que no iba a salir. Lo sentí por él de verdad. Sabía que Saray estaba confusa, pero no tenía claro que Scott fuese el villano de la situación. La cagó, Saray me había dado bastantes destalles de su pelea como para saber a grandes rasgos que él no había pretendido hacerle daño y, sobre todo, que antes de eso ella era feliz con lo que tenían.


―Prefiero lo de la cerveza ―me dijo―. ¿Volverá?


―Sí. Es una cabezota y creo que está acobardada. Y eso es culpa mía. Le hice más daño del que voy a perdonarme nunca… ―Saqué un cigarro y le tendí el paquete. Cogió uno también―. Supongo que podemos salir fuera y pegarnos una paliza, yo me sentiría mejor.

Esta vez nos reímos los dos. Y fumamos allí, aunque había carteles que lo prohibían. Debían ser las ventajas de ser amigo del dueño.


―¿Cómo estaba? Aparte de en pijama ―me preguntó, tras un par de caladas silenciosas.


―Bien. Parecía alegre… De verdad creo que volverá pronto. Así que déjame hacer mi trabajo de mejor amigo ―le dije, poniéndome de pie―. Si Saray vuelve a llamarme o venir a mí llorando porque le has roto el corazón, acabaré contigo. Y me da igual quién seas y cuando dinero tengas. Si no la cuidas, te arrepentirás porque voy a hacerte mucho daño. ¿Está claro?


―Cristalino ―musitó y me alegró ver que me tomaba en serio.


―Pues muy bien, ahora vamos a por esa cerveza y te cuento como Saray se fue ella solita a pegarse contra la clase de al lado a los catorce, porque dijeron que Andrea gritaba mucho… Lo cual es verdad, por cierto. Es una historia con moraleja, pretendo que entiendas que, si le haces daño, ella solita es capaz de darte una paliza ―bromeé a medias y Scott soltó una carcajada sincera.


Me pareció que también necesitaba un poco de consuelo. Podía reconocer todo ese dolor de su cara y me cayó bien. Me gustó ver sus sentimientos hacia Saray, porque parecían intensos y reales. Así que salimos juntos de la sala y nos fuimos al bar a tomarnos una cerveza y hablar de cosas, seguramente, banales.


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Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

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