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La luchadora ilegal - Relato: Compañeros de piso




Jessica


Acariciaba a Niebla distraída, con la mirada perdida. La gata se había subido a la barra de la cocina, donde me había apoyado, y ronroneaba encantada con mis mimos. Si tenía que ser sincera, me sentía un poco menos feliz que ella, pese a que ni siquiera lograba entender del todo qué me molestaba. Mordí la manzana que tenía en la mano, aunque apenas sentía hambre. ¿Eso era el mal de amores?


Alex llevaba cosa de una semana en una misión de mierda. No le veía desde entonces y ni siquiera sabía cuándo iba a volver. Los dos primeros días me había quedado en su piso, luego empecé a sentirme incómoda.


Aquellas eran sus cosas, pese a que llevábamos varios meses viviendo más allí que en mi piso, que seguía conservando, porque no sabía cómo dar aquel paso. Era raro vivir con Alex. Ni siquiera me había llevado a la gata a su casa.


Suspiré con fuerza y Niebla dio un respingo y me miró mal un segundo, así que volví a acariciarla con más cuidado.


―¿Tú también le echas de menos? ―le pregunté a la gata, que movió la cabeza para rozarme la mejilla. Supuse que eso era que sí.


En realidad, quería vivir con Alex, que conste. De hecho, estar separados era una mierda, porque cuando estaba cerca no me planteaba esas cosas. A veces dormíamos en su piso y otras en el mío, y allí me sentía más cómoda, pese a todo.


Tiempo atrás, antes de Alex, no me planteaba dejar mi piso bajo ningún concepto. Y en ese momento, solo podía pensar en que quería tener un lugar donde sentirme en casa, pero con él. Un territorio neutral. Ni suyo ni mío: nuestro. Algo que creásemos juntos, de cero. Un lugar donde cupieran los dos sacos de boxeo. Porque sí. En ocasiones me gustaba golpearlo hasta que me ardían los nudillos, sin embargo, quería el mío, no el de Alex.


―¿Acaso es una locura, Niebla? ―le pregunté a la gata, que se hartó de mis tonterías y saltó de la barra de la cocina.


Le di otro mordisco a la manzana y estuve a punto de atragantarme cuando alguien llamó a la puerta con los nudillos. ¿Quién hacía visitas tan tarde? Miré el móvil, para ver que eran las doce y media de la noche. No me parecían horas de visitas sociales. De hecho, no sabía ni qué hacía despierta, y mucho menos cenando. Dejé el resto de la manzana con las demás, y fui a abrir, algo tensa.


Aún no me había recuperado del todo de la mierda por lo ocurrido con mi tío y el capitán cabrón. Por una vez miré por la mirilla antes de abrir. Era Alex. Fruncí el ceño, sorprendida, ¿por qué no me había avisado de que volvía? ¡Estaba muerta de preocupación! Como mínimo podía abrir con su llave, aunque casi mejor que llamase, para que no me diera un infarto.


Abrí de un tirón para regañarle. No lo hice. Me quedé boquiabierta al verle con el uniforme de policía. No se vestía nunca de poli. Por lo general, llevaba solo la placa y la pistola. Me había reconciliado con esa parte de él también. Podía entender al fin todo lo sucedido entre nosotros. Sin embargo, verle así, con uniforme completo, fue un shock. Un par de segundos, al menos, luego me puso cachonda como una perra.


―Los vecinos se han quejado del ruido ―me dijo y reconocí su gesto bromista, o juguetón. Sexi.


―Creo que los vecinos van a oír más ruido a partir de ahora, agente.


―Inspector ―me corrigió―. ¿Se está resistiendo a la autoridad, señorita?


―Por supuesto, agente ―le provoqué con una sonrisa divertida.


Soltó un gruñido muy sexi y dio un paso hacia mí. Retrocedí para dejarle entrar y él cerró la puerta sumiéndonos en una semioscuridad peligrosa y excitante. Solo tenía encendida la luz de la campana de la cocina, la justa para vernos las caras.


―Me temo que, si insiste en seguir con esa actitud tan negativa, tendré que llevármela detenida, señorita.


Uní las muñecas y las acerqué a él, que me miraba excitado. ¡Qué sexi estaba de poli! Con el pelo corto repeinado de punta, aunque parecía más fruto de horas pasándose la mano por la cabeza en un gesto desesperado que porque se hubiera peinado de verdad, la barba de un par de días y el dichoso uniforme, con todos los complementos colgando de su cintura.


Se movió muy rápido, siempre me olvidaba de lo rápido que era Alex. Sujetó mis dos manos a la vez y tiró de mí, girándome para pegarme a la puerta de casa de espaldas a él. Me abrió los brazos en cruz poder cachearme. Me reí un poco cuando palpó mis tetas, como si temiera que escondiera un arma de verdad, manoseándome a base de bien.


―Me parece a mí que eres un agente muy poco apropiado ―le acusé, cuando pasó a mi culo―. Debería llamar a tu inspector.


―Creo que no hace falta nadie más aquí… ―murmuró de forma sensual contra mi oído, consiguiendo que me palpitase la entrepierna.


Y como si supiera el efecto que su voz grave y ronca provocaba en mí, metió la mano entre mis piernas, en una caricia exploradora que me humedeció entera. Ojalá llevase bragas para ponérselo un poco más difícil. Supe que había notado lo caliente que estaba solo con aquello.


―Sin nadie para vigilarte, ¿cómo sé que no abusarás de tu autoridad…?


―No tiene forma de saberlo, señorita.


Tiró de mi camiseta de golpe, tan rápido que me arrancó un jadeo. Me la sacó por la cabeza y la lanzó a un lado. Mis tetas quedaron apoyadas contra la madera helada de la puerta. Alex también se quitó su chaqueta gruesa en un instante y movió mis brazos con suavidad. Sentí el metal de las esposas en las muñecas, cuando las enganchó a mi espalda. Me dejó inmovilizada, sin camiseta, apoyada en la madera helada.


Me giró entonces, y apenas alcancé a tragar saliva con dificultad cuando volví a quedarme frente a él. Con la camisa de manga corta ajustada estaba aún más impresionante que con la chaqueta.


―¿Has reconsiderado lo del ruido? ―me preguntó, aunque no desvió la mirada de mis pechos, que está mal que lo diga yo, pero son perfectos: grandes, redondos y en su sitio.


―Es que soy muy gritona, señor agente. ―Me encogí de hombros con dificultad por las esposas.


Uhm, creo que eso debería comprobarlo, así juzgaré un castigo apropiado…


Tiró de mí otra vez, para pegarme a su cuerpo y me dio un beso hambriento, necesitado, cargado de amor. ¡Le había echado tantísimo de menos!


―Me parece lo justo ―le dije, cuando se separó para respirar.


Metió la mano entre nosotros. Su otro brazo siguió sujetándome con suavidad de la cintura, por debajo de mis propias muñecas esposadas. Atrapó mi pecho y pellizcó mi pezón. Después de los meses de tranquilidad y sexo sabía muy bien cómo tocarme para ponerme a mil. Era la primera vez que sacaba las esposas a pasear desde aquella vez en la comisaría.


―Creo que también te debo algún castigo por haberte largado de mi piso sin avisar, casi me muero de preocupación… ―me dijo, mucho más serio.


No me dejó responder nada. Tiró de mí para que me moviese, sin soltarme, y me empujó con suavidad contra el saco de boxeo. ¡Puto invierno! Todo estaba helado. Los pezones se me endurecieron más de lo que los tenía por culpa del frío del saco contra mi espalda. Alex se agachó delante de mí y me bajó los pantalones con algo de fuerza. Estaba descalza, así que levanté un pie y luego el otro para quedarme desnuda delante de él. No llevaba ropa interior, ¿lo he dicho ya?


―Preciosa ―musitó, sin levantarse del suelo donde seguía arrodillado.


Apretó sus labios contra mi vientre y gemí, moviéndome en un tonto intento de que bajase solo un poco más. Sin embargo, el muy torturador experto en maldades, subió en vez de bajar. Se inventó un dulce camino por mi abdomen y lo recorrió con adoración, para acabar en el pezón. Lo lamió, mordió y besó con delicadeza. Me apoyé con más fuerza contra el saco, porque estaba a mil y solo podía gemir y tratar de mantenerme en pie.


―¡Alex! ―le llamé desesperada, cuando pasó al otro pezón.


―¿Quién? ―preguntó el muy capullo, levantándose de nuevo, sin acercarse siquiera a mi entrepierna, que ardía insatisfecha.


Esta vez el camino fue corto hasta el sillón y me inclinó sobre el reposabrazos. Acercó la mesa baja con un tirón rápido y levantó mi pierna para que la apoyase encima y abrirme así, con la cabeza contra el asiento del sillón. Desde allí no podía ver nada, salvo mi pierna extendida hacia un lado.


―Creo que, a partir de ahora, cuando me vaya de misión, te dejaré esposadita a la cama. Te vuelves muy dócil.


Y como si quisiera demostrar su teoría, me dio un azote en el culo con cierta fuerza, que me hizo gemir de nuevo. Y, un segundo después, su lengua caliente y húmeda se abrió paso entre mis piernas. Grité. Esta vez grité. Joder si a los vecinos les molestaba, que me mandasen a otro poli. Solo pude apretar los dedos y morder la manta que tenía sobre el sillón, debajo de mi cabeza.


Alex estaba hambriento. Quizá debía haber cenado algo antes de aquello, porque parecía querer comerme enterita. Notaba mi entrepierna húmeda por sus lametazos y, sobre todo, jodidamente caliente. Llevaba una semana sin placer, no había tenido ánimos ni de masturbarme sin él. Y ahora la necesidad volvió de golpe y me sentí más excitada que nunca.


―¡Fóllame! ―le ordené, moviendo el culo contra él.


Noté su risa en mi clítoris, lo juro que la noté. Fue una sensación fresca, quizá por el aire que movió. Luego volvió a darme un azote y se apartó de mí como si nada. Alcé la cabeza todo lo que pude desde mi posición para verle acercarse a la mesilla para guardar su arma. Era bastante cuidadoso con eso siempre. Luego se quitó el cinturón y lo tiró en el sillón libre. Y volví a perderle de vista cuando rodeó el sitio donde estaba. Me quejé con un gemido y moví el culo como una gata en celo, tratando de llamar su atención.


―Eres muy mala detenida, ¿eh? ―se quejó, y oí la risa en su voz.


Un segundo después, el sonido de su pantalón al abrirse llenó el aire que ya estaba cargado de sexo y hormonas. Traté de no moverme esta vez ¡podía ser muy buena! Me moría de ganas por sentirle. Fui obediente y esperé. Solo tuve que hacerlo un par de segundos.


Estaba tan húmeda que entró sin problema hasta el fondo. Mi interior se acopló a él a la perfección, rodeándole, absorbiéndole. ¡Qué cachonda estaba y que grande me parecía! Me llevaba entera, colmándome de placer. Alex se quedó quieto unos segundos, como si supiera que necesitaba rememorarle completo, hacerme a él, amoldarme.


Luego se movió muy despacio, dentro y fuera, sin prisa. ¡Desesperantemente lento! Volví a frotarme y eso le hizo reír. Me daba igual, que se riera lo que quisiera, mientras que me follase fuerte, joder. Con energía.


―¡Más fuerte, Alex! ―le ordené.


Me dio otro azote que me hizo reír y gemir a la vez, aun así, complació mis súplicas, penetrándome profunda y rápidamente, con fuerza. Arrancó un jadeo tras otro de entre mis labios y supe que los vecinos estarían muy disgustados. Me olvidé de ellos cuando Alex sujetó mis nalgas con las dos manos, apretando con suavidad.


Y el orgasmo me sacudió de golpe, creciendo en mi estómago, llenándome de calidez, arrancándome un grito mientras estallaba en un placer enorme. Me quedé obnubilada, idiotizada, como siempre que Alex me lo hacía. Ni siquiera entendí muy bien qué pasaba, de pronto estaba en sus brazos y un segundo después sobre la cama.


Me quejé con un pucherito porque se acabase, quería más de Alex, siempre. Me debía siete orgasmos, al menos, que había sido una semana entera de sequía. Me soltó las manos con suavidad y, antes de que pudiera volver a quejarme, sentí que tiraba de ellas. De pronto, las tenía esposadas de nuevo entre sí, sobre mi cabeza y sujetas al cabecero de forja.


Tiró de mi cintura para centrarme en la cama y agarró mis muslos, haciendo que me abriese de piernas con un nuevo gritito por la sorpresa. Se había quitado los pantalones en algún momento y seguía solo con la camisa y un empalme perfecto que volvió a perder en mi interior poco a poco.


―Eres preciosa, Jessy ―musitó, a la vez que se hundía―. ¿Te lo he dicho alguna vez?


Luego se quedó quieto, clavado hasta el fondo como una sombrilla en la arena y se dedicó a desabrocharse la camisa sin prisa.


―Fóllame ―me quejé, mientras movía la cadera para tratar de sentirle mejor.


Pasaba de bellezas y declaraciones. Sí, sí, nos queríamos mucho, pero méteme el rabo hasta la campanilla, y no desde la boca para ser exactos. Pareció leer mis pensamientos (quizá lo pronuncié en alto, estaba enajenada) y acabó de quitarse la ropa antes de inclinarse sobre mí.


―Creo que voy a tener que conseguir más esposas para atarte también los pies ―me dijo, pasando una mano por mi muslo, la rodilla, la espinilla y, finalmente, sujetándome el tobillo―. Así quizá te estés quieta y dejes de volverme loco.


―Lo que tú quieras, Alex. Fóllame de una vez, ruso charlatán de los cojones…


Soltó una carcajada antes de volver a atrapar mi teta con sus dedos enormes y calientes. Luego su boca siguió el camino y succionó y me mordisqueó. Me volvía loca como me lo hacía, pero ¿por qué no estaba usando esa polla que Odín le había dado? ¡Por todos los truenos!


Y, como si comprendiera mi desesperación, volvió a moverse en mi interior casi de golpe. Gemí (o grité, qué más da). Estaba de nuevo tan ansiosa y necesitada, satisfecha porque me hiciera caso y excitada por el ataque a mi pezón, que no tardé en llegar a un nuevo orgasmo demoledor. Alex se dejó ir conmigo. Apoyó la frente entre mis tetas y sentí su placer bombeando dentro de mí. ¡Qué sexi era hasta para correrse!


Un segundo después volvía a tener las manos sueltas y estaba tumbada sobre Alex. Había descubierto en esos meses que le gustaba aquello: que me tumbase sobre él tras el sexo. Era íntimo y romántico. Podía sentir todos sus músculos debajo mí y nos sujetaba a ambos sin ninguna dificultad. Tiró de la manta que se había caído al suelo y nos arropó a los dos. Luego apoyó las manos en mi culo y me dio un beso muy rápido.


―Hola ―le dije como una idiota, medio dormida.


―Hola, Jessy. ¿Por qué te has largado del piso? ―me preguntó, mucho más despierto que yo.


―Me sentía fuera de lugar ―reconocí sincera, levantándome lo justo para verle la cara―. Sin ti allí era como si estuviera invadiendo una casa ajena. ―Suspiré.


―Que absurdo, sabes que a mí me gustas allí. Y… Después de lo que pasó… No quiero que estés sola en este sitio, Jessy. No debería ocurrir nada, aun así, ¿por qué tentar la suerte?


―Lo sé. Tampoco me siento cómoda aquí, o no tanto como antes. Pensaba que jamás podría dejar este sitio, sin embargo, estoy preparada para irme. No quiero ir a tu piso. Me gustaría que busquemos algo juntos, nuevo, diferente… ¿Te parece muy mal?


―Me parece perfecto ―reconoció, dándome un beso suave y rápido―. También he estado pensando en algo… En realidad, Jessica, he estado pensando en ti toda la semana. Ha sido una mierda larguísima, tortuosa y aburrida de misión. Así que he estado pensando mucho en ti.


―Sí, ya veo que venías con planes ―bromeé.


―Y más, espera.


Me quitó de encima con suavidad y se levantó desnudo del todo para recoger sus pantalones del suelo, sin ninguna vergüenza. ¿Era posible que volviera a ponerme cachonda tras dos orgasmos tan intensos? Lo era. ¡Qué sexi era el maldito dios nórdico!


―¿Qué pasa? ―pregunté, mientras volvía a la cama con algo escondido en su mano a la espalda. Me preocupó un tanto, la verdad.


―¿Recuerdas cuando le tuvimos que decir a tu familia que nos íbamos de viaje?


Solo pude asentir, aquello aún era reciente y dolía, sus heridas de bala aún se venían demasiado, no estaba curado del todo. ¿Cómo iba a haberlo olvidado?


―Les dijimos que íbamos a Rusia. ¿Qué pasa con eso, Alex?


―Se te ocurrió muy rápido y me pareció que a lo mejor era un deseo inconsciente. No es que tenga una gran familia, solo a mis abuelos y algunos tíos y primos más. Durante esta semana he pensado que me gustaría muchísimo presentártelos. Presentarte como mi novia ―explicó, sacando los billetes de avión.


Le miré sorprendida. Sabía que aquello era un paso, un paso increíble que a Alex le estaría costando un infierno dar, porque no era de esos que se relacionaba con su familia como una persona normal. Así que me moví para sujetar sus mejillas y le besé con todas mis fuerzas. Él respondió, hambriento, y volvimos a tendernos en la cama de alguna manera, ni siquiera entendí muy bien cómo, de nuevo estaba tumbada sobre él.


―Son para dentro de tres días, ya he hablado con tu padre para que te dé vacaciones ―explicó―. Nos iremos una semana, lo siento, no soporto quince días con ellos ―bromeó con ligereza―. Y, cuando volvamos, buscaremos una casa para los dos. Nuestra.


La emoción me embargó y no fui capaz de responder nada, solo se me llenaron los ojos de lágrimas con un montón de sentimientos irrefrenables y le besé una y otra vez con ímpetu.

¡Lee la novela!

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Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

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