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La luchadora ilegal - Relato: Profesora de aikido



Jessica


―¿Qué estás haciendo? ―El tono de regañina de Alex logró sobresaltarme lo suficiente como para que soltase la cuchara dentro la tarrina gigante de helado. Le dirigí mi sonrisa más inocente, pero supe que me había pillado―. ¿En serio, chicas?


Su tono decepcionado fue para Melody, Vega y Leire, y se me escapó un suspiro de alivio por no ser el blanco de su «ira». No parecía furioso, en realidad, solo un poco preocupado. Maldito ruso idiota y sobreprotector. ¡Me hizo sentir a mal! ¡A mí! ¡Por haberme comido nada más que media tarrina gigante de helado de chocolate!


―Nos ha dicho que podía ―mintió Vega, sin rastro de vergüenza.


Sho no he disho esho ―les dije, con la lengua dormida. Todos me miraron como si me hubiera vuelto loca o como si temieran que me estuviese dando alguna clase de ictus. Froté mi lengua contra el paladar hasta que me pareció que se despertaba lo suficiente para hablar―. Tenía un antojo, Alex. ¿Acaso quieres que tu niña salga con un antojo con forma de cuchara con helado de chocolate en la frente? Porque la gente pensará que quería comerme una polla negra… ―Alcé la cuchara de nuevo para que viera el punto donde pretendía llegar.


―Nos arriesgaremos ―aseguró, antes de quitarme mi tarrina con crueldad.


Me metí la cuchara entera en la boca, llena de delicioso chocolate. ¿Qué culpa tenía de que me apeteciese tanto comer dulce? Alex extendió la mano hacia mí y, después de lamer bien la cuchara, se la di.


―Eres cruel ―me quejé―. No me dejas trabajar, ni comer, ni ejercitarme… ¡¿Qué tengo que hacer, ruso?! ―le grité dramática.


Me ignoró mientras se iba a la cocina a llevar el helado. Mis amigas emprendieron la huida aprovechando que el poli había salido del salón. Me besaron la cabeza por turnos, antes de irse a toda prisa.


―Te vemos mañana, Jess ―me digo Mel.


―Eso, eso, huid, cobardes ―las acusé, aunque se me escapó una risa.


En realidad, había una clase de ejercicio que aún no me habían prohibido y para eso mejor que mis amigas se fueran de casa. Las oí despedirse de Alex y mi ruso enorme y guapísimo volvió al salón. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camisa negra de manga corta. Iba demasiado guapo para haber estado trabajando. De hecho, también era muy pronto para que volviese, por eso me había pillado. No era el primer atracón de helado a escondidas que me daba. Sin embargo, él no tenía que llegar hasta un par de horas después.


―Te recuerdo que el que no te deja trabajar es tu padre ―me dijo con calma y cierta cautela.


―¡Tú te chivaste de esto! ―Señalé mi vientre abultado acusadora―. Y llevo dos meses ya sin poder hacer nada.


―¡Estabas dando clases de aikido embarazada de tres meses, Jess! ¿Cómo no iba a decírselo a tu jefe, que además es tu padre?


Se acercó hasta mí y se sentó a mi lado. Apoyó la mano con cuidado sobre mi vientre. Me moví para subirme a horcajadas en su regazo. ¡Que le diesen a la delicadeza! Quería que me la metiera.


―Sé cómo quemar ese helado ―aseguré, frotándome contra él.


―Esa es otra. ¿Qué haces hinchándote a dulce? Nos va a salir la niña diabética ―me regañó de nuevo.


―¡Se suponía que no tenías que venir tan pronto! ―repliqué―. ¿Por qué estás aquí, por cierto?


―¿Eso haces todos los días mientras trabajo? Voy a poner a Sara a vigilarte, esas tres son demasiado permisivas contigo y muy vagas. Seguro que Sara te saca de paseo, que es lo que tienes que hacer. No hincharte a comida basura.


Hice un pucherito, no porque me pusiera a Sara de niñera, me gustaba mucho estar con ella, era una de mis mejores amigas, me molestó que no me considerase de fiar. Y que no me dijera por qué había vuelto pronto. No me dejó bajarme de encima cuando lo intenté, sujetándome del culo sobre sus piernas.


―¿Por qué has venido antes? ―insistí.


―He estado con tu padre tomando algo, así que me he pedido el resto de la mañana libre ―explicó con calma―. Me gustaría llevarte a un sitio. ¿Quieres?


―¿Con mi padre? ―pregunté desconcertada.


A ver, que me daba igual que saliera con mi padre, solo que me extrañaba que no me lo hubiera dicho. Quizá estaba muy sensible con eso del embarazo, o por llevar dos meses sin trabajar. ¡Me iba a volver loca! Necesitaba algo, si me pasaba otros cuatro meses sin hacer nada, me daría un chungo.


―Sí. ¿Te molesta?


Alzó el brazo para acariciarme la frente, que deduje que tenía arrugada. Hizo un gesto de dolor. Aun así, pasó los dedos por encima de mi piel con dulzura. Le miré con pena.


Unas semanas antes, en una detención en un garito tras el que llevaban tiempo, alguien le había disparado, otra vez. Decía con cierto orgullo que era la quinta bala a la que sobrevivía. Estaba aterrada por perderle cualquier día. Nada más fue un roce en el costado, sin embargo, casi me dio algo. Me pasé una semana llorando por el miedo a perderle. Quizá estaba sensible con el embarazado, pero si se moría, yo me moriría de pena. Le quería demasiado.


―No. Es que me ha pillado por sorpresa ―reconocí, aunque se me escapó otro puchero al pensar en lo cerca que había estado de perderle varias veces.


―Venga, deja los mohines, tenemos mucho que hacer esta mañana. ―Me dio un azote en el culo y me ayudó a quitarme de encima suya.


Estaba por debajo del peso que debería por medio kilo, o eso decía el médico. Pese a ello, me sentía demasiado grande y pesada. Estaba acostumbrada al ejercicio, el vientre plano y la agilidad. Aquello era difícil. Me gustaba sentir a mi niña dentro, eso sí. Mi pequeña rusa pateadora de órganos. Además, me habían crecido aún más las tetas, y eso era un puntazo.


―¿Qué tenemos que hacer? ―pregunté confusa―. ¡¿Nos comemos una hamburguesa?! ―Tenía hambre.


―Claro que no, Jessy. ―Se rio un poco y me cogió de la mano para hacerme salir de casa.


―Pues una pizza ―insistí.


¡Qué hambre tenía, joder!


Me condujo hasta el coche y no me quejé mientras subíamos en él. Me abroché el cinturón y apoyé la mano protectora sobre mi vientre. Si los coches ya me daban mal rollo antes, ahora que tenía que proteger algo tan bonito, pequeño y valioso, me ponían de los nervios, por lo que los evitaba en gran medida. Si Alex me hacía subir en la máquina mortal, era por algo importante, seguro.


―Nada de comida basura, Jessy ―me dijo, cuando iba a insistir con un burrito.


―¡Aguafiestas! ―me quejé―. ¿Dónde vamos?


―Ahora lo verás.


Supe que no me lo diría. El maldito ruso era hermético cuando se lo proponía. Así que me centré en mirarle conducir. Me sentía mucho más tranquila centrándome en él que en la calle. Me fijé en ese momento en que tenía unas ligeras ojeras. ¿Estaba durmiendo mal? Yo dormía como un tronco desde el inicio del embarazo y, cuando me despertaba, él ya se había ido a trabajar. No tenía ni idea de cómo pasaba las noches.


―¿Tú estás bien, Alex? ―pregunté nerviosa, tragando saliva con dificultad.


De cierta forma, nunca me acostumbraría a aquella intimidad entre nosotros. Era genial, perfecto, pero, a veces, cuando se trataba de algo muy profundo o significativo, me sentía casi tímida. Lo que, por otro lado, nunca había sido.


―Estoy perfectamente, Jessy. ―Se rio con suavidad de mi preocupación y sujetó mi mano para besarme los nudillos.


―¡Concéntrate en la carretera! ―le regañé.


―¿Has estado dándole al saco, Jessica? ―me preguntó de vuelta, con tono de mosqueo.


―No, no… Solo un poco. No quiero perder toda la forma física ―expliqué, haciéndole agitar la cabeza―. Lo he hecho con cuidado, te lo juro.


―Ya. ―No pareció para nada conforme.


Aparcó, así que salimos del coche sin discutirlo más.


―No te enfades. ―Correteé para alcanzarle, porque echó a andar por la calle―. ¡Algo tengo que hacer, Alex! Solo duermo y como. ¡Me va a dar un chungo!


―Podrías hacer ganchillo. ―Supe que me estaba vacilando.


Le miré indignada, mientras él volvía a sujetarme la mano.


―¿Ganchillo, idiota? ¿Crees que tengo setenta años, me llamo Mari Carmen y vivo en Benidorm?


―Creo que estás embarazada y que solo se te ocurren cosas peligrosas que hacer, porque estás como una cabra.


―Pues eso. Hola, soy Jessica ―me burlé, cuando él paraba delante de la puerta de un local cerrado.


Pero cerrado, cerrado. Tenía las cristaleras cegadas con cartones y la verja metálica bajada. Alex sacó las llaves y abrió. Le miré con el ceño fruncido, entendiendo cada vez menos.


―Esto no es una heladería ―me quejé, por decir algo, porque el ambiente se había vuelto un poco raro.


―Pasa, Jessy ―ordenó, con ese tono cariñoso que solo él sabía imprimirle a mi nombre.


Y obedecí. Me acaricié el vientre por costumbre mientras cruzaba las puertas que debían ser correderas, y que Alex abrió a pulso sin esfuerzo. El sitio estaba a oscuras, claro. Lo reconocí con la luz del sol que entraba por la puerta abierta: era un gimnasio. Uno inmenso que olía a nuevo, a máquinas sin estrenar y a pintura reciente de las paredes.


Le miré sobre mi hombro. Él estaba tras el mostrador, levantando los plomos para que pudiera verlo con todo detalle. El torno de entrada permanecía abierto, así que avancé sin esperarle, sin dejar de acariciarme el vientre. ¿Qué era ese sitio? Un gimnasio, ya, pero ¿por qué Alex me llevaba allí? Tragué saliva nerviosa, admirando las máquinas.


Era más grande que los de mi padre, o eso me pareció, sin embargo, los tonos anaranjados y amarillos de las paredes eran iguales y también cierto orden en las máquinas. Supe que le pertenecía, no hubiera sabido explicar por qué. ¿Mi padre iba a abrir un nuevo gimnasio? Sin embargo, no entendía por qué Alex me lo enseñaba.


―¿Qué hacemos aquí? Es de mi padre, ¿no?


―Más o menos. He querido enseñártelo yo, pero luego deberíamos ir a darle las gracias ―bromeó, pasándose la mano por el pelo mientras llegaba a mi lado―. Es tu nuevo gimnasio.


―¿Mío? ―Me reí un poco, dando un paso hacia atrás, como si fuera a atacarme de pronto.


―Sí. Creo que tu padre sabe que te ha menospreciado mucho tiempo, Jessy. Esta es su forma de decirte que te quiere, y que confía en ti. ―Me sujetó la mano con dulzura. Di otro paso atrás, aunque no me solté de él―. Tú mandas aquí. Será… tu reino. Eso sí, nada de hacer cosas arriesgadas. Podrás vigilar que funcione y quedarte tras el mostrador hasta que quieras coger la baja por maternidad. Y, cuando vuelvas y estés recuperada, serás la profesora de aikido sin que ningún ruso idiota te quite el puesto.


―No… no puedo hacerme cargo de esto, Alex. ―Me solté de él, asustada―. Voy a tener un bebé.


―Bueno, vas a tener dos. ―Señaló alrededor, divertido y muy relajado. Se apoyó en un saco de boxeo, que aún conservaba el plástico, con toda la calma del mundo―. Por supuesto que tu padre te ayudará cuando lo necesites, Jessica. Y te va a prestar a Dulce, que sabe lo que hace muy bien.


―Mejor que yo ―reconocí sin acritud.


―Además, Jessy, también estoy yo.


Se me aguaron un poco los ojos, estaba confusa. Salí de allí, necesitaba respirar, aunque el aire de Madrid quizá no era la mejor opción para hacerlo. Aun así, resoplé un par de veces y me apoyé en la pared para calmarme. Un segundo después me sentí idiota y volví a entrar. Alex seguía allí, apoyado en el saco de boxeo, dándome tiempo para hacerme a la idea.


―Tú no estás ―le dije, cuando volví a su lado―. Trabajas mucho ya, Alex. No voy a darte más complicaciones. Esto me da miedo, es demasiado grande para mí. Además, si trabajas en la policía y aquí, ¿cuándo vas a ver al bebé? ¿Y a mí?


―Claro que no. Lo harás bien. Y sobre el trabajo… Ven.


Nos sentamos juntos en un banco de ejercicios, abiertos de piernas los dos para poder mirarnos a la cara. Apoyó ambas manos en mi vientre y dejé las mías encima. Sus ojos gritaban un montón de emociones que no era capaz de entender del todo. Los míos los sentía aguados. Siempre había soñado con que mi padre me reconociese y aquello era un reconocimiento en mayúsculas.


Sabía que Alex y el bebé tenían mucho que ver. Mi padre estaba feliz porque estuviera centrada en la vida. Se mosqueó un poco porque no quisiéramos casarnos. Pero no nos hacía falta. Rellenamos papeles legales, lo hicimos cuando supimos del bebé, que habíamos buscado durante dos meses solo (ya podría haber tardado un poquito más, que aún no estaba hecha a la idea). El caso es que legalmente éramos una pareja, aunque la ceremonia hubiera consistido en una cena en casa con amigos y que Alex ni siquiera me dejase beber champán por el bebé.


―¿Qué pasa, Alex? ―insistí, porque no habló.


―La última vez que me dispararon… ―Llevé la mano a su costado según lo dijo, donde aún tenía la herida―. Por un momento creí que me iba a morir, cuando oí el disparo y vi la sangre… Y en ese instante, pensé que no volvería a verte, que no podría ver la carita de nuestra niña, ni cómo daba sus primeros pasos, ni oírte regañándola para que se pegase con gente ―bromeó, haciéndome reír entre lágrimas―. Solo fue un segundo, pero me dio tiempo a imaginar todo lo que iba a perderme. Y no quiero, no lo soporto. No quiero perderme ni un segundo más. Ni por estar trabajando demasiadas horas, ni de misión, ni por estar en el hospital o en una caja de pino. Quiero estar contigo todo el tiempo posible. Para siempre. Así que quizá puedas darme trabajo.


―Vas a volver a quitarme el puesto de profesora de aikido, ¿verdad? ―me quejé lloriqueando un poco aún―. Ahora sí que necesito chocolate, Alex, esto es demasiado.

―Está bien, te invitaré a un helado, solo uno. Sin embargo, antes podrías decirme algo sobre esto… Ya he dejado la policía, tengo que volver unos días a poner las cosas en orden y pasar mis casos a mis compañeros. Luego seré todo tuyo.


―¿Qué voy a decirte, Alex? No quiero darte trabajo, quiero que sea nuestro, de los dos ―expliqué―. Será nuestro gimnasio, no mío. Solo lo aceptaré así. De esa forma, no tengo dudas, porque te amo con locura, y lo quiero todo contigo. Podemos conseguir cualquier cosa juntos, pero sola no, porque soy un desastre sin ti.


―¿Te enfadas porque pase de las esposas? ―preguntó bromista.


Uhm… las echaré de menos. Aún tenemos unos días, ¿no? Quizá deberíamos aprovecharlas… ¿Podemos montárnoslo sobre el potro? También es un tema pendiente.


―Creo que eso ya lo hemos hecho. ―Se rio, y me besó con suavidad―. Te amo muchísimo, Jessy. Con locura.


¿Y qué iba a decirle si yo le amaba igual? Solo se me ocurría estrenar todas esas máquinas. Así que abrí su camisa con dedos temblorosos por la emoción. Deberíamos empezar cuanto antes, no fuera a ser que no nos diera tiempo a probar todos los rincones de nuestro nuevo gimnasio.


―Deja que vaya a cerrar la puerta al menos, Jessica.


Me dio un beso en la nariz y se levantó de allí. Oí la verja bajar. Me quité la camiseta de tirantes ancha que llevaba, mientras él volvía. Alex llegó hasta mí en un instante. Me abrazó, con el pecho desnudo de dios nórdico pegado a mi sujetador deportivo.


―¿Y tu helado? ―me preguntó entre besos.


―Después, después. No nos vaya a salir la niña con un antojo con la forma de tu polla…

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Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

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