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Mi trabajo como dominante - Relato: La reina de hielo

Actualizado: 17 nov 2021


Evan


Lo primero que pienso al entrar en la discoteca atestada, cuando la veo sentada en su trono, es que está triste.


Un tipo se acerca a ella, justo cuando yo voy a hacer lo mismo. Frunzo el ceño, sin poder evitarlo. No quiero que se me cuelen, no quiero que se vaya con nadie. Es un sumiso tratando de llamar su atención. El pecho me da un estrujón doloroso. Quizá porque ese crío puede darle lo que sé que yo nunca podré darle. Me cuesta tragar saliva, noto la garganta rasposa y seca. Me planteo darme la vuelta, volver a casa, largarme otro año…


Pensé que funcionaría. Pensé que un año lejos de ella me haría superar estos estúpidos sentimientos, pero no solo no ha pasado, es que creo que va a peor. En cuanto veo su pelo rosa, sus rasgos marcados y orgullosos o la sonrisa que se le dibuja después de despachar al esclavo sin hacerle ni caso, los sentimientos florecen de nuevo, crecen, se hacen tan inmensos en mi pecho que solo quiero huir en la dirección contraria.


Juega con su fusta entre sus dedos, acabados en uñas cortas y rosas. Parece un recordatorio cruel, es como, incluso sin saber que estoy aquí, me dijera lo poco que soy para ella. Insuficiente.


Esta mujer va a acabar con mi amor propio. En realidad, no es eso. Es que jugamos en ligas diferentes. O peor, jugamos en la misma liga. Ambos somos amos, nos gusta dominar. Yo he intentado probar el rol contrario, pensé que si pudiera darle lo que le gusta, habría opciones de algo entre nosotros. Pero lo pasé fatal, no puedo…


Me doy la vuelta. He llegado hoy de mi año sabático, apenas he pasado por casa para dejar las cosas y aquí estoy, como un chiquillo desesperado de un poco de cariño. Cojo aire y luego lo suelto. Sin embargo, no puedo ni dar un paso hacia la puerta. No es solo porque haya entrado un puñado de gente tras de mí que me empuja hacia el interior del local. Es que no puedo irme sin saludarla, al menos.


Un año es muchísimo tiempo. Necesito decirle hola, solo eso. Que sepa que estoy aquí. Es lo justo.


Camino hacia ella. Ha centrado la vista en Ali y Luka, que están en otro escenario. Me sorprende que aún no me haya visto, aunque quizá ese es el problema, que Vera nunca me ve. Ali es la primera en percatarse de que estoy aquí. Sonríe, yo le devuelvo el gesto. Me da ánimos para hacerlo. Para seguir.


Mi intención es solo advertir a Vera de que estoy aquí, a su lado, como he estado los últimos once años (hasta que tuve que irme porque no aguantaba más estar a su lado sin que me viese), pero frunce ligerísimamente el ceño, con la vista clavada en su socia, como si no entendiera qué pasa y no puedo evitarlo. No quiero evitarlo. Creo que necesito poder acercarme a ella, aunque sea un poco.


Cubro sus ojos con las manos y me inclino para hablar a su oído. Siento cómo se estremece cuando mi aliento la golpea y a mí se me contrae el estómago, de deseo y de amor.


―¿Quién soy?


Contra todo pronóstico, porque pensé que me mandaría a la mierda, Vera se gira, poniéndose de pie de golpe y me lanza una sonrisa enorme.


―¡Evan! ―Se lanza a mis brazos tan de golpe que está a punto de tirarnos del escenario.

La sostengo contra mí. No la dejo caer. Nunca dejaría que cayésemos.


Casi preferiría que me hubiera dado un bofetón por haber estado lejos de su vida un año entero. Esto… Esto es demasiado. Huele a su perfume, el de siempre, dulce y sexi. Provocador. Y sus brazos cálidos, fuertes, rodeándome y dejando todo su peso en mí, es demasiado. Solo eso. Quiero llorar y llevármela a una mazmorra. Solo que sé que no es lo que ella quiere. Así que me controlo con todas mis fuerzas para no besarla.


*


Unos días después


Cuando le dije a Vera que se me había calentado la boca con lo de la apuesta no mentía, aunque ella lo malinterpretase no sé ni cómo. Mi intención era solo verla, no sé, tomarnos algo, quizá. Pero me cabrea (y me calienta otras partes, es verdad).


¿Por qué tiene que juzgar mi modo de tratar a la gente? ¿No ve que no puedo estar a gusto con ninguna esclava porque ninguna es ella? Mi vida sexual deja mucho que desear desde que me di cuenta de lo loco que estaba por ella. Ni siquiera sé cuándo pasó. Éramos amigos, le ayudé a construir La mazmorra. Supongo que fue poco a poco.


Como ese día que tras comer juntos al acabar de construir el edificio me pidió ayuda con la decoración y nos pasamos horas en una sala que aún estaba vacía, sentados en el suelo, eligiendo colores, patrones, salas… Sonreía tan feliz… Me enamoré de esa cabezonería suya y de esa felicidad.


Y luego me acobardé, porque no es precisamente un secreto que Vera disfruta de pasar de un esclavo a otro y durante tiempos muy breves. Yo no soy buen esclavo, pero mucho menos podría soportar que pasase página sin más tras dos meses juntos.


Así que lo último que quería era hacer una apuesta en la que acabase metiéndola en mi casa, porque es el único lugar dónde me sentía a salvo de mis sentimientos. Tengo a Vera en mi cabeza y bajo mi piel. Ahora también ha impregnado mi hogar. Cuando se canse del juego y huya no podré mirar ningún rincón de mi hogar sin verla a ella. Seguro que ni puedo quitar su olor de los muebles, ni las cortinas. La imaginaré apoyada en la isla de la cocina con cara de frustración y deseo, o tumbada en el césped como si la vida fuera tan sencilla como eso, o en mi cama, entregándose a mí al fin.


Seguimos tumbados en mi habitación, por cierto. Cuando ha dicho de irse al otro dormitorio, creía que iba a vomitar el corazón. ¿Irse sin más? ¿Cómo si esto no significase nada? Dios, he tenido cuidado con cada beso, con cada caricia, con cada roce. Ayer me acusó de desconsiderado, cuando en realidad es que no tengo ningún control sobre mí, y si cedo lo más mínimo, caeré del todo, para siempre. Estoy jugando con fuego. Ella, con su coraza de hielo, estará a salvo, pero yo me estoy chamuscando ya, y no puedo salir. Quiero arder para siempre.


Esta dormida, así que me siento a salvo para olisquear su pelo, que tiene un ligero rastro del sol de esta mañana y de sudor por el sexo de hoy, y me encanta. También acaricio sus curvas, mal ocultas por mi camiseta, que lleva puesta. Sé que me he pasado muchísimo y que mañana estará dolorida, pero necesitaba que Vera me tuviera en cuenta como amo, que me tomase en serio. Porque si no lo hace, la única alternativa para estar juntos es ceder el control y no sé si puedo hacerlo…

Pero tampoco puedo vivir ya sin ella.


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Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

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