Mi trabajo como dominante - Relato: Un nuevo comienzo
- Sonia Martínez Martín
- 4 nov 2021
- 10 min de lectura
Actualizado: 17 nov 2021

―¿Y si no viene nadie? ―pregunto, dando saltitos muy ridículos para poderme meter en un pantalón de cuero ultraajustado. La imagen lo es todo.
―Vendrán, cariño, has hecho un trabajo de márquetin impresionante ―me dice una de mis mejores amigas, Melody, plantándome un beso de labios rojos en la mejilla que, como confirmo un segundo después delante del espejo, me deja marcado.
―Y si no vienen hoy, ya vendrán mañana ―dice Leire, más pragmática ella.
―Si no vienen hoy, mañana estaré arruinada y viviré debajo de un puente ―replico yo, dramática.
―No digas tonterías, ¿quieres? Si te arruinas puedes vivir en mi sofá, no te irás bajo un puente ―contesta Jessica, con las piernas sobre la mesa, ignorando totalmente el vestido que le hemos dicho diez veces que se ponga.
Sigue en chándal y está comiéndose un helado de chocolate que ella misma ha traído para celebrar la inauguración. O eso ha dicho, Jess es Jess, tampoco hay que buscarle tres pies al gato para descubrir por qué piensa que un regalo lleno de calorías a nuestros treinta años antes de entrar en un traje de cuero es buena idea.
―Menudo planazo ―resoplo―. ¡Y ponte el maldito vestido, Jess! Me estás poniendo más nerviosa.
―Relájate ―me pide Mel, sujetando mis manos y cogiendo aire y echándolo de forma exagerada, como si quisiera que la siguiese.
―¡No quiero relajarme! ¡Quiero bajar antes de que llegue la gente! ―me molesto, soltándome de sus manos.
―Te hemos traído un regalo ―me dice Leire de pronto, de una forma que me parece tan aleatoria que me molesta.
¿No podemos centrarnos? Dejo en paz la toallita húmeda con la que me estaba limpiando el beso rojo de Mel de la mejilla y me giro hacia ella, porque me tiende una bolsa con una sonrisa dulce que me conquista. Es adorable. Siempre lo ha sido. Y con treinta años podría pasar por dieciséis si quisiera. Hace que sienta que el tiempo de verdad no pasa y que tengo siglos por delante para conseguir que mi sueño triunfe.
Cojo la bolsa y saco una caja cuadrada y algo grande de dentro. Las miro con desconfianza, pero, en realidad, les confiaría mi vida. Abro la tapa de la caja y no puedo evitar una carcajada. Es un látigo con el mango rojo y las colas doradas. Es grande, de tiras largas y brillantes. Juraría que lleva purpurina.
―Es genial, chicas ―les digo sincera y se me humedecen un poco los ojos por la emoción.
―Tiene un cinturón, para que lo lleves siempre encima. Puedes quitártelo y azotar al personal si son malos ―asegura Mel.
Lo saco para confirma que es verdad. Están fatal, no podía imaginarme que algo así existiese de verdad, pero el dichoso látigo lleva un cinturón y va enganchado a este con un corchete, para poder sacarlo rápidamente. Me lo coloco frente al espejo y me parece el toque que le faltaba a mi ropa para ir perfecta.
He elegido pantalones de cuero negro ajustados a mi tobillo, unos zapatos más bonitos que cómodos como único toque de color rojo, junto con mis labios del mismo tono. El corsé es tan oscuro como el pantalón. Va muy ajustado a los pechos, pero luego tiene tiras que cruzan por todo mi vientre, dejando a la vista mucha más piel de la que ocultan y siguiendo el patrón por toda mi espalda, aunque mi pelo largo lo cubre casi del todo, recogido en una coleta alta. Lo llevo teñido de negro, porque me parecía lo más apropiado con la ropa. Y el látigo, colgado de mi cadera, combina con los zapatos, el pintalabios y el tono dorado acaba de dar un toque elegante y distinguido.
―Os quiero con locura ―les digo, aunque doy un paso atrás cuando Mel trata de abrazarme―. Como vuelvas a besarme te azoto con mi nuevo látigo ―aseguro.
―¡Auch! ―se queja, pero suelta una carcajada―. Quizá merezca la pena.
Tengo que salir corriendo, que con los taconazos tiene mérito, para huir de su pintalabios. Debe ser la única tía en el mundo a la que le gusta ir dejando su marca por todas partes, tiene complejo de perrito meón. Le señalo a Jess cuando pasamos por delante, y la muy loca cambia de objetivo.
―¡Vamos, vístete, putón! ―me quejo, lanzándole el vestido a la cara, mientras Mel tira de sus pantalones deportivos para quitárselos a la fuerza, si es necesario.
―¡Que ya voy! ¡Qué prisas!
Deja el helado sobre la mesa de mi casa nueva, que ya estoy viendo que se va a descongelar y dejar cerco, y se pone de pie. Se quita la ropa sin vergüenza ninguna y coge el vestido. Sin duda mis amigas pegan casi tanto como yo en mi nuevo antro de perversión, porque no tienen moral ninguna. Bueno, Leire se pone roja, estoy segura de que es la más inocente de las cuatro. De hecho, su vestido azul claro y vaporoso es el más conservador que hay en esta habitación (y en toda mi casa, seguramente), es la única que lleva mangas, y encima largas, y el escote es recatado, aunque la falda es más bien cortita, tampoco llega el límite de lo indecente. Lleva el pelo recogido en dos coletas rizadas lo que acaba de darle un aire inocente.
Va a triunfar. Quizá debería haberla advertido de ello, porque el sitio va a estar lleno de pervertidos, y ella parece un caramelito.
―¡Que no quepo aquí! ―se queja Jessica, tirando del vestido con todas sus fuerzas.
Tiene más tetas que yo, así que mi vestido le queda tan apretado que no le sube la cremallera. Se parte de risa mientras trata de subirlo y lo da por imposible.
―Ve así, estás perfecta ―bromea Mel, arreándole un azote en el culo.
La falda le queda bien, eso no voy a negarlo. Tiene un culo genial por todo el deporte que hace. Sin embargo, la parte superior es otra movida. No le pasa sobre las tetas. Agito la cabeza y entro en mi dormitorio para buscar algo que le sirva. Encuentro un vestido de licra negro, que se ajustará mejor a sus curvas y se lo tiro al volver. Sé que le da igual ir marcando. Está orgullosa de su cuerpo. Y no me extraña. Sus horas de gimnasio le cuesta.
Y a mí me están empezando a costar, porque he empezado a ir un par de horas al día, que estaban pasándome factura los helados ya. Agito la cabeza para olvidarme de eso, porque tengo que centrarme y vuelvo a meterles prisa. Estoy segura de que, si va a venir gente a la inauguración, ya tienen que estar aquí. Tengo empleados, claro, no es que tenga que estar cada segundo allí, pero no quiero perdérmelo.
―Venga, que Vega tiene cara de que le va a dar algo ―dice Leire, empujando a Mel y a Jess a la vez.
Le dedico una sonrisa agradecida y luego salgo la primera, porque ellas tratan de pararse de nuevo. ¡Qué desesperación! Que hagan lo que quieran, yo me voy. Estoy apretando el botón del ascensor cuando se plantan a ambos lados. Mel me sujeta la mano con fuerza y yo lo agradezco. Las necesito.
Entramos juntas al ascensor y bajamos hasta la primera planta, donde está mi discoteca de perversión. Sonrío en cuanto salimos del ascensor y oigo la música a todo trapo. Tenemos que acercarnos más para oír el jaleo y cuando consigo ver dentro y descubro que el sitio está reventando de gente me quedo parada con los ojos muy abiertos.
―Te dije que iba a ser un éxito ―murmura Mel a mi oído, aunque apenas la oigo por el jaleo.
Aprieto los labios para que la emoción no los haga temblar y me dejo arrastrar por ellas hasta la barra. Piden champán, y yo le digo a la camarera que corre a cuenta de la casa. Asiente y nos sirve enseguida.
El sitio está increíble. No parece el mismo edificio decrépito que compré por una miseria hace unos meses, y sé gracias a quién es eso. Sonrió con ganas mientras mi mirada recorre las diferentes plataformas, elevadas sobre la gente. Hay sexo, vicio y depravación en todas ellas. En una azotan a una chica entre dos machos fornidos. En otra, una mujer penetra analmente a un hombre. Más allá, una chica en un cepo disfruta de caricias de un montón de hombres y otra de rodillas satisface a su amo. Quizá mucha gente se escandalizaría en un lugar así, pero yo veo todo el amor entre ellos, el placer, la entrega. Y no podría gustarme más.
Mis amigas llaman mi atención para brindar y yo lo hago con una risa feliz. Es increíble ver mi sueño cumplido. Estoy a punto de coger la botella de nuevo para servirnos cuando una voz masculina en mi oído me hace estremecerme.
―Llevabas razón, jefa, este sitio es perfecto ―murmura.
Me giro hacia él y le envuelvo entre mis brazos. Él me eleva de la cintura un momento y yo lo disfruto sinceramente. Huele muy bien. Luego me suelta, demasiado rápido.
―Gracias ―le digo sincera.
Me guiña un ojo gris y coge mi copa de champán, que alguien ha llenado por mí, de la barra. Luego se larga, misterioso como él solo. ¿De qué va? Le hago un gesto a la camarera para que me ponga otra copa.
―¿Quién es ese maromo buenorro? ―me pregunta Mel.
―Es Evan... ―Arrugo la nariz―. Me ha ayudado a construir este sitio.
No creo que sea un maromo buenorro, solo es Evan. Sin embargo, le veo subir a una tarima en la que ya ha acabado la performance y está vacía. Lleva vaqueros negros y una camisa blanca y amplia que le sienta de miedo. Tiene los hombros anchos y la cadera estrecha. Quizá sí es sexi. Además, su pelo negro y rizado le da un aire inocente y juvenil que le queda muy bien. Vale, es un maromo buenorro, aunque nunca le he visto de esa manera, para mí solo es Evan.
Da un par de golpes con el anillo que lleva en el pulgar en su copa y la gente guarda silencio casi de inmediato. Hay un micro en la tarima, aunque creo que ha hecho que lo pongan en él, porque no lo he visto al repasar la sala un momento antes.
―Gracias por atenderme ―dice él y de verdad todo el mundo le presta atención―. Solo quiero que todos nos tomemos un momento para darle las gracias a nuestra preciosa anfitriona por abrirnos las puertas de su reino de placer. Vera ha conseguido que este lugar sea perfecto, y sé de buena tinta que seguirá trabajando muy duro para que todos podamos encontrar nuestro lugar aquí. ¿Por qué no subes a decir unas palabras, Vera? ―me pide, tendiendo una mano hacia mí desde lejos.
Todo el mundo me mira y se me encienden las mejillas, pero cuando Mel me empuja no dudo. Los aplausos estallan alrededor y yo voy hasta Evan. Cojo su mano y me ayuda a subir. Luego me devuelve mi copa, que yo me bebo de un trago para darme ánimos.
―Yo solo quiero daros las gracias por venir ―digo, cuando Evan me cede el lugar frente al micro―. Y espero sinceramente que de verdad encontréis vuestro lugar aquí. Vuestro espacio para ser libres, para divertiros, para ser felices. En definitiva, para ser vosotros mismos. Espero que os sintáis como en casa, o mejor. Que La mazmorra sea un refugio para vosotros, la salvación, como lo es para mí. Y que juntos seamos una familia, pero no sanguínea, que no quiero que haya delitos entre mis paredes ―bromeo finalmente.
La gente se ríe, aplaude, celebra. Evan silba a mi lado y no puedo evitar reírme. Baja de un salto, me tiende las manos para hacer lo mismo, y obedezco. Los discursos no son lo mío, pero parece que ha gustado, porque todo el mundo parece querer pararme para decirme algo. Y de pronto pierdo a Evan.
No sé el rato que paso entre desconocidos, pero me separo de ellos como puedo y me reúno con mis amigas, que siguen donde las he dejado. Al menos dos de ellas. Me preocupo por Leire, que no está aquí.
―¿Y Leire?
―Con un chico ―me dice Mel emocionada por ella, supongo.
―¿Un chico de aquí? Dios, me la trauman... ―Doy un par de pasos hacia la gente para buscarla, pero Melody me sujeta del brazo y me devuelve a la barra.
―Déjala en paz, mamá pato ―me ordena, y yo le saco la lengua.
―¿Te recuerdo que tiene novio?
―No, y si no se acuerda ella, mejor.
Pongo los ojos en blanco, pero no se lo discuto, aunque me preocupa mucho, que conste. Leire no pega nada entre la clase de hombres dominantes que hay aquí esta noche. Y pega mucho menos con un tipo sumiso, claro.
―¿Por qué te llaman Vera? ―me pregunta Jess de golpe, jugando con su copa de champán pero sin beber de ella.
―Es mi nombre en clave ―aseguro con una carcajada.
Llevo años usándolo, desde que empecé a ir a discotecas y locales de BDSM, aunque jamás me atreví a contárselo a mis amigas. No lo hice hasta que no tuve el local comprado y los planes de construcción para el sitio. No es que me avergüence, ni que no supiera que me aceptarían. Simplemente era algo íntimo, que quería conservar para mí.
―Solo has cambiado una letra ―se burla Jessica.
―¿Y? Superman solo se ponía gafas y de pronto nadie sabía quién era. Yo aquí soy Vera, la ama. Vega se queda fuera de las paredes de perversión ―bromeo.
En realidad, ni siquiera me lo puse yo, el primer día alguien entendió mal mi nombre y me pareció una forma tan buena como otra cualquiera de separar la realidad de la noche. Me gusta. Es como si así fuese menos depravado.
―Luego nos vemos ―les digo.
Quiero hablar con Evan, ni siquiera sé de qué, pero le veo al otro lado de la barra y necesito ir a decirle algo. Como lo feliz que soy por ver mi sueño entre mis manos de esta forma tan perfecta y nítida. Quiero darle las gracias, eso es.
Sin embargo, cuando me acerco más, le veo charlando con dos chiquillas. Apenas parecen mayores de edad y está claro que están encantadas con él. Ríen, tontean... Me siento estúpida, así que cuando uno de los sumisos de las performances se acerca a mí para ofrecerme tomar algo, le dedico una sonrisa y asiento. Una sonrisa que me duele en el alma.
*
Lo que Vera jamás sabrá es que Evan trataba de librarse de dos muchachas pesadas para ir a verla y celebrar con ella el éxito que tendría aquel lugar. Y que cuando lo consiguió y la vio sonriendo a un esclavo que llevaba un collar de perro con el nombre del local se dio cuenta de que no era buena idea. Sus mundos no podrían unirse sin una colisión, y él no se atrevería jamás a sacudir su cómoda realidad. Así que se dio la vuelta y salió del local para volver a casa. Porque no soportaba verlo.
*
Lo que Evan jamás sabrá es que Vera se libró del esclavo tras tomar una copa rápida con él y se pasó el resto de la noche buscándole por el local. Que llegó a la conclusión de que se había ido con esas muchachas y eso le produjo una sensación muy amarga en el pecho que no quiso interpretar. Y no se atrevió a analizarlo durante doce años.
*
Porque Vera y Evan llegaron sin querer a la misma conclusión: era más fácil quedarse a salvo en su zona de confort, mientras animaban al resto a dar un paso adelante en sus vidas y ser valientes.
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