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Red Tales - Relato: Imposible madurar



Peter


Mirando a las dos pequeñas en miniatura que descansaban en sus respectivas cunas, tuve dos certezas:


1. Probablemente nunca podría volver a dormir.

2. Seguramente no me importase.


Cuando Hope movió ligeramente la manita temí estarla molestando, aunque solo las miraba con la escasa luz que entraba de fuera, ni siquiera las había tocado. Aun así, me giré de vuelta a mi cama. Hacía un calor bastante horrible y pegajoso para estar en octubre y Gwen se negaba a que dejásemos la ventana abierta por la noche (¡porque era octubre, aunque hiciera treinta grados!), así que mi preciosa mujer estaba durmiendo desarropada, y aun así tenía el pelo pegado a la cara por el sudor.


Me planteé tumbarme a su lado sin más. Pero tampoco quería despertarla a ella. Se merecía descansar y lo último que quería yo era meterme en la cama a dar vueltas y despertarla. O darle más calor.


Hope y Destiny tenían apenas un mes y aún lloraban a todas horas y Gwen no se había recuperado del todo del parto, así que necesitaba descansar. Cogí el escuchabebés y salí del dormitorio sin hacer ruido. Por costumbre me asomé a la habitación de Kayla y a la de Aidan y Nadia, pero estaban desiertas.


Los mellizos estaban con su padre desde hacía una semana. Ian había montado un numerito por no poder pasar tiempo con sus hijos, así que Gwen le había dicho que se los llevase un par de semanas. Luego había llorado durante una hora por ello cuando lo hizo.


Kayla estaba con Lory. Seguíamos teniendo la custodia compartida, aunque mi exmujer cada vez nos dejaba a Kayla más tiempo. Solía llamarme los viernes que le tocaba a ella para que fuese yo a buscarla. Y no iba a quejarme, me encantaba pasar tiempo con los niños, con todos ellos. No estaba seguro de en qué momento había dejado de ser una tortura compartir tiempo con ellos, pero ahora me encantaba. Cosa que no le había dicho a mi exmujer. Creo que ella tenía la esperanza vana de que no poder pasar tiempo a solas con mi nueva mujer estropease nuestra relación o algo así, para que volviese con ella.


Lo que era una estupidez, porque Gwen quería a los niños más que a mí y disfrutaba con ellos siempre. Nunca había hecho distinción entre mi hija y los suyos. Desde la primera vez que llevé a Kayla allí, fue como una madre para ella. Pero Lory era así de retorcida. Quizá por eso en verano, en lugar de dejarme a la niña un mes como decía nuestro acuerdo, la había dejado casi tres meses. Y habían sido tres meses geniales.


De hecho, sin los niños por allí, la casa resultaba extrañamente silenciosa y bastante triste. No sé en qué momento había pasado de no querer ser padre, porque temía parecerme a mi propio padre, a querer tener un montón de críos cerca solo para ser mejor que él. Seguía siendo el motivo incorrecto, claro, pero no iba a dejar que nada lo estropease. Sería mejor que Bill Millerfort y conseguiría que mis hijos, todos ellos, los biológicos y los que no, fueran mejores que yo. Lo cual tampoco era difícil, por otro lado.


Bajé las escaleras dispuesto a tomarme una cerveza, a ver si me daba sueño, cuando vi una luz en movimiento a través de las ventanas de los lados de la puerta, como si alguien estuviera metiendo el coche en la rampa de la casa. Moví la suave cortina para distinguir el coche de Ian. Se había comprado un deportivo muy poco apropiado para llevar a los niños en él. A Gwen no le había hecho mucha gracia y le había pedido que se llevase el monovolumen, pero él se había limitado a decirle, de una forma muy borde, que ya no podía «controlar su vida».


Lo vi bajar del coche y abrir la puerta de atrás. Por la velocidad a la que bajaron los niños me pareció que ni siquiera les había puesto el cinturón. Tenía sillas para ellos cuando se los había llevado, pero a saber. Maldije en voz muy baja y abrí la puerta.


Nadia lloraba a mares y se soltó de la manita de Aidan para correr hasta mí en cuanto me vio. Su hermano la imitó un segundo después. Me arrodillé para ver si le pasaba algo, pero se abrazaron tan rápido a mi cuello que solo pude alzarlos entre mis brazos.


―¿Qué pasa? ―pregunté en general, cuando Ian llegó hasta mí.


Se me coló en casa, como si tal cosa. Yo cerré con cuidado tras ponerme de pie alzando a los niños. Los dos estaban llorando cuando llegué al salón. Ian se había cogido la cerveza fresquita de la que yo pensaba disfrutar y se sentó en mi sillón favorito como si nada. Yo me senté en el sofá, con Aidan en una pierna y Nadia en la otra. Aunque ninguno de los dos me soltó el cuello.


―¿Y Gwen? ―me preguntó Ian.


―Durmiendo. ¿Qué ha pasado?


―Llevan como veinticuatro horas llorando. No puedo más ―aseguró, con cierta desesperación.


Me contuve para no reírme. Yo me había visto en su situación no mucho tiempo atrás y solo era Kayla, podía entenderle. Más o menos. Hice que los niños me soltasen despacio y sequé las mejillas de Nadia con las manos. La niña dejó ir un suspirito y se dejó caer contra mi pecho. Aun así, parecía ilesa. De hecho, se le cerraron los ojitos con la vista fija en mí, como si se fiase de mí para que guardase su sueño y la protegiese.


―¿No querías pasar más tiempo con ellos? ―pregunté a Ian, con cierto placer y regocijo.


―Sí, bueno. ¿Qué les pasa?


Miré de nuevo a Nadia. Que ya tenía los ojos cerrados del todo, pero no parecía pasarle nada de verdad. Ni siquiera estaba caliente. Moqueaba un poco, pero eso debía ser del llanto. Aidan imitó a su hermana acurrucándose contra mí. Él solo había dejado caer un par de lágrimas, parecía mucho más tranquilo.


―Yo diría que tienen sueño ―me reí con suavidad, acariciando la espalda del niño, que apoyó su manita diminuta en mi pecho.


―Haces que parezca fácil… ―murmuró Ian―. Pero yo los he acostado y todo y no dejaban de llorar…


Sonreí un poco, yo también había pensado que Gwen hacía que pareciese fácil y me gustó trasmitir la misma sensación.


―Echarían de menos su casa ―lo simplifiqué, por no hacer sentir peor a Ian―. Es normal, son muy pequeños para pasar tanto tiempo lejos de Gwen.


Tampoco quise decirle que Kayla solo tenía unos meses más que ellos y no hacía ningún drama cuando se quedaba con nosotros. Al contrario, siempre parecía más sonriente y feliz tras un par de días en casa.


―Yo ni siquiera quería ser padre. Pensé que así todo iría mejor entre Gwen y yo ―confesó sin parpadear siquiera. Yo quise tapar las orejas a los niños, pero no llegué a tiempo―. Y sigo pensando que todo cambiará. Pero no va a dejarte, ¿verdad?


―Sospecho que no.


Antes de que pudiera decir nada más llamaron a la puerta. Fue un golpe con los nudillos, pero suficiente para ponerme en alerta. ¿Qué pasaba esa noche? Nadia no me soltó, pero conseguí dejar a Aidan sobre el sofá, hecho un ovillo y dormitando con una respiración calmada. Ian tampoco hizo intento de levantarse, por cierto.


Fui a abrir con un suspiro. Lory estaba al otro lado de la madera, y no consiguió sorprenderme. Que Kayla estuviera a su lado con una maleta enorme y un gesto de adulta resignación que no correspondía con sus cuatro años y medio, sí que me pilló por sorpresa. Se tiró a mi pierna en cuanto me vio y me abrazó con fuerza. Tiré de ella y la alcé con el brazo libre.


―¿Qué pasa, Lory? ―pregunté, mientras la niña me abrazaba con fuerza.


No llegó a llorar, pero había algo en esa fuerza desesperada con la que se aferraba a mí, que me encogió el pecho.


―Tenemos que hablar ―aseguró, antes de colarse en mi casa.


―Adelante ―musité a la nada, porque ya debía estar en el salón.


Se quedó de pie, pero yo me senté para poder recuperar a Aidan, que me miraba muy despierto otra vez. Escaló sobre mí para acurrucarse en un diminuto hueco libre entre las niñas. Luego rodeó a Kayla con su bracito, como si quisiera darle consuelo también a ella.


―Tu padre ha dejado de darme dinero ―me soltó Lory.


―Jo… ―Me contuve antes de decir palabrotas delante de los niños―. ¿Seguía dándote dinero? Lo de este hombre es alucinante ―aseguré, antes de besar el cuello de Kayla, que se rio con suavidad.


―Nunca hubiera aceptado que me pagases menos de pensión si hubiera sabido que él iba a dejar de darme dinero.


―Ya. ¿Y qué quieres que haga yo? ¿Has probado a trabajar?


―¡Yo no quería ser madre!


―Otra ―musité.


―¡Tu padre me engañó! ¡Me dijo que así seguirías conmigo! Y eso es lo que yo quería. Pero si no vas a darme dinero y él tampoco… No puedo hacerme cargo de la niña y…


―Vale, no te rayes, yo me la quedo ―corté su charla.


―Quiero que vendas mi casa y me des el dinero para empezar de cero. ¿Y este quién es?


Miró a Ian entonces, que seguía en el sillón con cara de perrito apaleado, como si esperase que este pudiera engullirlo en cualquier momento.


―El exmarido de Gwen, Ian, mi exmujer, Lory ―los presenté tras poner los ojos en blanco.


―¡Joder! ¡¿Cambiaste a semejante tía por Gwen?! Estás enfermo, Millerfort…


―Luego te preguntas por qué fracasó tu matrimonio ―murmuré―. Vale, Lory. La casa era mía antes de conocernos y no tuya, pero lo haré, si a cambio me das la custodia total de Kayla.


―¿Por qué tanto interés? ―Me miró con desconfianza―. Tienes un millón de hijos más… Ya ni siquiera estoy segura de querer que vuelvas, porque menudo equipaje… No me gustaría tener a todos esos críos por casa… ¡Qué incordio!


―Yo estoy de acuerdo, una semana con ellos y quería tirarme por un puente ―le dijo Ian.


Le faltaba babear mientras miraba a mi exmujer. Puse los ojos en blanco. Sabía que las mellizas se despertarían pronto con hambre y quería estar arriba cuando eso pasase, para ayudar a Gwen. Yo no podía darles el pecho, claro, pero podía apoyarla.


―¿Qué tal si os vais vosotros a tomar algo por ahí y habláis de vuestra increíble experiencia con la paternidad y nos dejáis dormir? Mañana podemos hablar de dinero y custodias ―sugerí.


―Me quiero ir del país ―soltó Lory de golpe―. Mi vuelo sale en cinco horas. Me voy al Caribe. Tengo un amigo que me ha conseguido un curro de… camarera. Tú te quedas a Kayla. Puedes mandarme el dinero de la casa a mi cuenta, Peter.


Y se largó sin más. Ian dudó un momento y luego salió corriendo tras ella. Me pareció que iba a suplicarle si era necesario, para que le dejase irse con ella. Pues muy bien, nosotros podíamos quedarnos con todos los niños. Me daba igual lo que ellos hicieran.


Tras comprobar que de verdad se habían ido, me puse de pie, levantando a los niños en brazos con mucha dificultad para sujetar a los tres a la vez. Aidan, que estaba en el centro, se abrazó con fuerza a mi cuello, así que simplificó todo mucho. Cerré con llave al pasar junto a la puerta sin soltar a ninguno de los niños y ayudándome con la madera para sujetarlos un instante y luego subí las escaleras.


Me pareció que tal y como estaban los niños, no iban a tener muchas ganas de dormir en sus camas. Y, en realidad, el calor no era para tanto cuando estabas a gusto. Así que los llevé al dormitorio que compartía con Gwen. Aidan prácticamente se lanzó a la cama en cuanto vio a su madre y se acurrucó contra ella.


Mi duendecillo pelirrojo entreabrió los ojos solo un segundo y volvió a cerrarlos con una sonrisa feliz. Luego los abrió del todo y me miró con ellos muy abiertos. No pude evitar una risa suave, mientras dejaba a Nadia con mucho cuidado sobre la cama para no despertarla. Luego me tumbé con Kayla aún sobre mí, porque no había forma de soltarla y porque tampoco quedaba más sitio en la cama.


Gwen acarició el pelito de Aidan, que prácticamente se había subido sobre ella también. Nadia se quedó entre ambos, durmiendo profundamente.


―¿Qué ha pasado? ―murmuró Gwen.


―Nada malo. SuperIan no ha podido con la presión de ser padre, pero mira cómo de bien lo controlo yo ―bromeé, acariciando el pelo revuelto y oscuro de Kayla―. Lory tampoco ha podido con la presión de que mi padre deje de mantenerla.


―¿Qué significa todo eso, Peter? ―me preguntó con los ojos muy abiertos aún.


―Que vamos a necesitar una niñera ―bromeé, moviéndome para darle un beso rápido en los labios―. Y nada más.


Sonrió con suavidad, sin dejar de acariciar el pelo de Aidan, que poco a poco se durmió sobre ella. Sonreí como un idiota al mirar a mi enorme familia, porque nunca había sido tan feliz como en ese instante exacto. Bien merecía la pena no volver a dormir jamás.


Ni siquiera me importó que las mellizas empezasen a llorar. Cogí a Hope entre mis brazos, sin soltar a Kayla, que parecía poco dispuesta a separarse de mí y la acuné con suavidad mientras me acercaba a ver a Destiny.


Y, por primera vez, supe que era verdad, que teníamos esperanza y un destino esperanzador por delante.

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Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

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