Red Tales - Relato: Desde el cielo
- Sonia Martínez Martín
- 25 nov 2021
- 8 min de lectura

Alay
Jade, parapetada bajo un sombrero de paja especialmente grande que, pese a ello, no le queda nada mal y con un trikini blanco tan sexi que he tenido que ponerme la toalla sobre mi bañador tipo bermudas, espera a que la camarera se aleje contoneando exageradamente las caderas antes de hablarme con un susurro confidente:
―¿Me vas a decir ya qué hacemos aquí?
Me tengo que contener mucho para no reírme. Aunque como me tiemblan las comisuras hecho un vistazo alrededor, escondido tras mis gafas de sol. El hotel que hemos elegido está algo más atestado de lo que me gusta en general, pero nadie nos presta atención (salvo un puñado de salidos y la pesada de la camarera, que no deja de traernos bebidas, menos mal que está todo incluido, porque podría arruinarme solo por tratar de ligar conmigo), hay algunos niños en la piscina, algo más allá, pero casi todo es gente joven, disfrutando de tener dinero, o de haber logrado ahorrar lo suficiente. Es un sitio caro.
―Llevas fatal tener vacaciones, ¿no, princesa? ―le digo finalmente, devolviendo la vista hacia ella, que me dedica un puchero tan adorable que no puedo evitar reírme abiertamente.
―¡Me aburro, Alay! ―se queja, deslizándose por la tumbona y dejando caer el sombrero completo sobre su cara―. ¡Me muero! ―asegura dramática un instante después, escondida aún bajo este.
Agito la cabeza, poniendo los ojos en blanco y me acomodo mejor en mi propia tumbona, sin quitarme la toalla de encima, por cierto. Si es que encima desde mi posición tengo una visión perfecta del contorno de sus pechos, escasamente cubiertos por la tela, que baja insinuante en un par de líneas de tela fina desde sus pezones (que se intuyen perfectamente) hasta unirse con el tanga. Las caderas de la parte inferior son círculos dorados (que hacen juego con el que une la parte superior, justo entre sus pechos), dejando a la vista más piel morena y sugerente.
Seguramente no se imagina lo sexi que está incluso enfurruñada bajo el sombrero, pero yo soy consciente de ello. Y también de la mirada de una docena de hombres en su atuendo escaso y en sus piernas torneadas y largas. Lleva una pulserita de oro en uno de sus tobillos, que le regalé yo la semana anterior y un tatuaje en el contrario, que dice: «libertad».
Y así es cómo me hace sentir. Por primera vez en mi vida, me siento libre. Y todo porque ella me hace volar.
―¡Ya lo sé! ―Se sienta de golpe, tira el sombrero a un lado sin ningún cuidado y gira esas piernas perfectas hacía mí, para poder inclinarse y hablarme en un susurro conspirador―. Aquí hay alguien a quien vamos a robar, ¿no? ¿A quién estás vigilando?
Sus ojos azules brillan con tanta fuerza y emoción que se me acelera el corazón. Es tan adorable que esa sensación que he tenido desde siempre con ella se acentúa: quiero meterla a salvo en una vitrina para disfrutarla cada día de mi vida.
―A ti.
―¿A mí? ―Hace un puchero de nuevo―. ¿Vas a robarme?
―El corazón ―replico.
Suena más cursi de lo que pretendo, pero sus mejillas se tiñen de rojo y me dedica una sonrisa perfecta. Es tan bonita que solo puedo devolverle el gesto.
―Eso ya es tuyo, tonto. ¿El hotel tiene una caja fuerte inexpugnable? ―sigue con el tema y se me escapa otra carcajada―. ¿Las joyas de los clientes? Dame una pista, por favor.
―Venimos a descansar, Jade. Solo eso. No hay plan oculto ―le digo sincero―. Siento si eso te decepciona, pero no todo en la vida es robar, ¿sabes? Deberías tomártelo con más calma.
―Hace seis meses de lo del Millerfort Palace. Creo que eres tú el que se lo está tomando con mucha calma.
―No. No es calma, es miedo. No voy a volver a arriesgarte, Jade. Por nada del mundo. Haremos cosas emocionantes, te lo prometo. Pero no voy a permitir que te pase nada nunca más.
Nuestras miradas colisionan unos segundos eternos. Sé que quiere correr hacia el peligro, porque aún es nuevo y fascinante para ella. Pero yo por una vez tengo algo valioso y no voy a arriesgarlo de ninguna manera.
Sé que la cagué, que no debí dejar que participase en el robo a su padre. Y no volveré a hacerlo, no volveré a jugar con su seguridad, su libertad y, peor, su confianza. Jamás permitiré que vuelva a perder la confianza en mí. Aún siento que debo ganármela, día a día.
―¿Solo hemos venido por los mojitos y el sol? ―pregunta entonces, levantando una de las veinte copas que la camarera nos ha dejado al lado.
―Básicamente. Y porque quería verte en bikini. Estás perfecta.
―Qué tonto… El trikini es demasiado… Candy. Lo ha elegido ella ―explica, señalándolo con desagrado.
Tomo nota mental de darle las gracias a Candy por el atuendo, mientras Jade vuelve a tumbarse a mi lado y bebe de la pajita del mojito con un mohín. Supongo que no está acostumbrada a tener tiempo libre. Lleva años machacándose, trabajando, estudiando, esforzándose… Incluso este tiempo ha estado ayudando a su hermano Lorcan con la nueva empresa familiar, aunque en la distancia. No está acostumbrada a dejarse mimar sin más. Y yo pienso cambiar eso, aunque tenga que reprogramar su cerebro para aprender a descansar.
―Date la vuelta ―le pido.
Me mira extrañada, pero le da un último trago a la copa y la deja sobre la mesita de nuevo. Luego baja del todo la tumbona y se apoya en esta para tumbarse del todo. Yo me siento a su lado y acaricio su espalda, tras desabrochar la tira del sujetador trikini, para darle un masaje tierno. Ella gimotea un poco.
―En realidad, princesa ―murmuro, inclinándome sobre su oído para que solo me oiga ella―, sí que estoy preparando algo para ti, pero tendrás que esperar unos días.
Alza la cabeza lo justo para mirarme con interés y yo pongo mi mejor cara de póquer. Sé que ahora no va a poder relajarse, pero quería darle un poquito de esperanza, para que no se muera de desesperación.
―¿Crees que puedes seguir con ese masaje en la habitación? ―cuestiona, muy bajito y con las mejillas enrojecidas.
―Me parece que será lo mejor, pero ya te aviso que no vas a poder sonsacarme información, princesa.
*
Jade
―Despacio ahora, princesa ―me pide Alay en un susurro tan dulce cerca de mi oreja que me estremezco entera.
Sus manos están sobre mis caderas y me conduce con mucha suavidad y palabras tiernas. Me ha traído con los ojos vendados en coche hasta no sé dónde. Pensé que me costaría más confiar en él, pero ni he dudado cuando ha aparecido por el hotel con la venda y me ha pedido que me la pusiera y le acompañase.
¿Qué más da? Iría al fin del mundo con él.
Me indica que hay un escalón y me ayuda a subirlo con mucho cuidado. Yo coloco mis manos sobre las suyas en mis caderas, porque necesito sentirle. Nuestros dedos se entrelazan. No quiero soltarle jamás.
Aún no sé si está bien o mal, pero sé que lo que siento es muy intenso y que no quiero dejar de sentirlo jamás. No podría alejarme de él. No podría vivir sin verle. Supongo que eso es la decisión más clara que podría tomar. Esté bien o mal da igual, no estaré en otro lugar que no sea a su lado.
El sonido del mar llega hasta mí un instante después. Me hace esperar un momento y me planteo cotillear sobre la venda, pero no quiero estropear la sorpresa, así que espero obediente. Y paciente.
Oigo una puerta corredera, o eso me parece, y un instante después llega hasta mí el sonido de las olas rompiendo muy cerca y el olor salado del mar. Sonrío encantada. Es relajante, una nueva sensación a la que me estoy acostumbrando.
¡Se puede estar simplemente tumbado sin hacer nada! No lo sabía, jamás he hecho nada parecido. Aunque siendo sincera, esas ocasiones cerca de Alay no suelen acabar sin «hacer nada», precisamente. Parece incapaz de dejar de tocarme cuando estamos solos y no voy a quejarme. Es mucho mejor, así no siento que pierdo el tiempo.
―Ya casi estamos, princesa ―me dice, antes de levantarme en sus brazos.
Se me escapa un gritito, por la sorpresa y me abrazo a él con una carcajada. Aprovecha para mordisquearme el cuello mientras camina conmigo aún. Y yo solo puedo dejarme sostener, con una confianza ciega.
Vuelve a dejarme en el suelo solo poco más allá, donde el sonido del mar es mucho más fuerte y el olor más intenso. Huele a muchas más cosas: como a flores y a comida deliciosa. Tira de mis manos para que las apoye en una barandilla metálica que está fresca y húmeda y luego lleva sus dedos a la venda que me cubre los ojos.
―¿Preparada, princesa? ―pregunta, teatral.
―Sí. Siempre.
Tira del nudo con suavidad y la venda cae. No veo dónde, porque no puedo mirar a nada que no sea lo que tengo delante. Abro mucho la boca, alucinando, antes de poder procesar el espectáculo que me ofrece este lugar.
Estamos sobre el mar (de hecho, cuando miro al suelo me doy cuenta de que es transparente), aunque muchos metros por encima, parece que lo miramos desde el cielo. Las olas rompen en las piedras bajo nosotros y la luna creciente riela en el mar. Es, seguramente, lo más bonito que he visto en mi vida.
―Alay… ―murmuro, sin saber qué decir.
―Dije que te pondría el mundo bajo los pies, princesa. ¿Qué te parece como punto de partida?
Me río con suavidad. No me puedo creer… nada. Me muerdo el labio y me giro para tratar de averiguar algo más. Hay una cena perfecta sobre una alfombra en el cristal y un par de mantas a un lado. Y, más allá, está lo que supongo que es una mansión, aunque no puedo ver mucho más que la fachada blanca y elegante.
―¿Quién vive aquí? ―pregunto nerviosa, con un extraño sentimiento que no acabo de entender recorriéndome por la columna. Creo que es preocupación o anticipación. Quizá un poco de cada.
Alay sujeta mi mano con suavidad y me lleva dentro de la mansión. Es enorme, los espacios son grandes. Va encendiendo todas las luces a nuestro paso, pero, aun así, estoy segura de que los enormes ventanales dejan entrar el sol con fuerza todo el día. Me conduce por una escalera que baja y para delante de una puerta. Tiene un panel para poner las huellas dactilares. Aún sujeta mi mano, y la lleva a este.
No entiendo nada, porque el panelito reconoce mis huellas, se enciende una luz verde y nos deja pasar. La puerta se abre sola con suavidad, con un zumbido eléctrico. Quiero preguntarle, pero va tan misterioso que no puedo hacerlo. Baja unas nuevas escaleras, sin soltarme aún, y para delante de otra puerta, que señala con un gesto.
―Acerca la cara ―me pide.
Esa cosa vuelve a zumbar, debe ser reconocimiento facial, o algo parecido. ¿Cuándo ha hecho todo esto? Casi prefiero no preguntar.
Entramos por fin al sitio que quiere llevarme. Se parece a la habitación que me llevó en Las Vegas, a su cueva del tesoro. Salvo que es tres veces más grande y parece mucho más llena.
―Es mi casa. Nuestra casa, si tú quieres ―habla a mi espalda, mientras yo paseo entre las joyas―. Aquí están todas mis cosas ya. Las que tenía en Las Vegas también. Si quieres librarte de mí, solo tienes que enseñarle esto a cualquier policía.
Le miro para verle lanzarme una sonrisa débil. Sin embargo, confía en mí. Lo sé. De otra forma no me habría dado acceso a sus tesoros.
―No tenías por qué hacerlo, Alay ―murmuro nerviosa, volviendo con él.
―No puedo pedirte que confíes en mí si yo no confío en ti. Y lo hago ciegamente, Jade. ¿Quieres cenar conmigo, princesa?
*
El sol sale por el horizonte con una pereza increíble, tiñéndolo todo de una amalgama de naranjas y rosas. Es precioso. Por la noche era increíble, pero la mañana es espectacular. O quizá sea por estar entre los brazos de Alay.
Cenamos hace horas y después, hemos dedicado toda la noche a amarnos, a charlar, a bromear, a reírnos, a planear un futuro lleno de ilusión. Y ahora me abraza, adormilado, mientras yo miro el amanecer, que se refleja en el mar lanzando destellos a juego con los del cielo. Es increíble.
Y sonrío. Solo sonrío.




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