Red Tales - Relato: En sus zapatos
- Sonia Martínez Martín
- 22 nov 2021
- 11 min de lectura

Gabbs
Pierdo la mirada en la nada mucho rato. Debería estar dibujando, pero no puedo evitar mirar al frente. Me he tumbado directamente en la hierba, que seguramente me esté dejando el vestido verde, pero no me importa mucho. De todas formas, la suave tela rosa tiene manchas de pintura ya, así que no va a ser peor.
El caso es que debería estar acabando los diseños. No quiero que Lorcan piense que vagueo ahora que me ha dado un trabajo (y he firmado un contrato excesivamente generoso, aunque no hemos vuelto por la oficina desde que fue a buscarme), pero las vistas atraen mi mirada constantemente.
Estamos en las faldas de unas montañas no muy pronunciadas. La cabaña de madera oscura está a dos kilómetros de la población más cercana, y a parte de verde y montañas solo se ve bosque. Hace calor, los bichos zumban y el sol aprieta con fuerza, pese a que no serán ni las nueve de la mañana. Me da directa donde estoy. Supongo que por eso lo noto más.
Me rasco la cabeza al darme cuenta de que es realmente temprano. Me he levantado cuando he oído a Lorcan salir de la casa y aún no ha vuelto. Llevaré una hora o más aquí tirada. Él y Gris van todas las mañanas al pueblo de al lado a buscar el desayuno. No sé si van a por el desayuno con la excusa de que Lorcan sale a correr, o salen a correr para poder traer el desayuno recién hecho. Tampoco me importa del todo.
A Lorcan le gusta empezar el día haciendo ejercicio. Los dos primeros días en la cabaña trató de no separarse de mí, pero podía notar que le faltaba algo. Y cuando me di cuenta, le mandé fuera con el perro. Que no son horas de estar haciendo el tonto. Normalmente yo me quedo en la cama hasta que vuelven con los bollos que aún están calentitos, gracias a mi bolsa térmica que me ha secuestrado, por cierto.
En resumen, cuando han salido hoy he decidido ponerme en marcha también. En unos días volveremos al trabajo. Lorcan se encargó de presentar los diseños y los han estado fabricando para la presentación de la nueva colección. Me gustaría estar presente cuando sean las pruebas de las modelos y cosas así. Es precioso ver algo que tú has creado tomar vida de esa forma. Era una sensación genial cuando Gus hacía para mí los vestidos que yo diseñaba. Y, seguro, que será aún más perfecto ver como otra gente los usa. Un sueño que jamás creí poder merecer si quiera.
Quizá era una actitud algo deprimente y derrotista, pero no pensé que nunca sería más que una limpiadora sin dinero que daba horas y horas extras por poder mantener a su familia… Aprieto el lápiz con más fuerza de lo que pretendo. Pensar en mi madrastra aún me produce sensaciones contradictorias: miedo, asco, enfado, lástima, traición… Yo la quería, aunque no fuera una buena madrastra y lo que me hizo…
Un ladrido me saca de mis cavilaciones. Un segundo después Gris está pisoteándome entera, que apenas he tenido tiempo para darme la vuelta y recibirle boca arriba. Me parto de risa y le acaricio donde puedo, porque da saltos y se agita y no atino apenas a tocarle.
Lorcan silba una vez y el perro corre hasta él y se sienta a su lado. Parece que al final lo ha domesticado un poquito. Menos mal que estoy yo aquí. Le llamo y el perro corre hasta mí y me lame la barbilla y me pisotea de nuevo.
―Te va a manchar de barro ―me dice Lorcan, pero no trata de quitármelo de encima esta vez.
Cuando llega hasta mí me tiende una mano y me levanta haciendo casi todo el esfuerzo, mientras Gris vuelve a sentarse a nuestro lado. Me acerco a Lorcan, sin soltar mi cuaderno de dibujo, y acaricio su pecho con suavidad con la otra mano. Está algo sudado, pero me da igual. Lleva un chándal ajustado que le queda de muerte y yo quiero tener las manos encima de él todo el tiempo.
―Hola ―le digo, con una sonrisa idiota, antes de ponerme de puntillas para alcanzar sus labios.
―Es muy temprano, ¿no? ―me responde, después de corresponder a mi beso, aunque tampoco es que me deje hablar, porque tira de mi culo y me alza contra él. Le rodeo con las piernas y dejo que me lleve dentro―. Pensé que te encontraría en la cama. Me encanta encontrarte en la cama.
Como hace calor y por aquí no hay nadie, ni se molesta en cerrar la puerta. Me encanta ver como en estas semanas conmigo Lorcan ha ido perdiendo esas pequeñas manías herméticas. Ni siquiera discute las cosas. Las acepta y las recuerda con facilidad. El primer día le dije que si cerraba todo cada vez que entrásemos nos asfixiaríamos, y ahora las puertas y ventanas están abiertas todo el día. Parece que la alegría del campo y la vida se cuelan dentro con más facilidad así. Hay más luz, una ligera brisa y todo huele genial a flores.
―Voy a echar de menos este sitio ―le digo, cuando me deja junto a la mesa de la cocina y besa mi hombro con delicadeza.
Coloca el desayuno sobre la encimera entonces y se va a preparar cafés. Yo me dejo caer en la silla y tiro el lápiz y el cuaderno de diseños (que está manchado de hierba y de una zarpa de Gris en barro) a un lado.
―Siempre podemos quedarnos ―replica como por descuido, mientras se lava las manos en la pila.
La cabaña es pequeña, coqueta. Tiene solo tres espacios. El principal donde está la cocina y el salón, un pequeño dormitorio donde no hay más que un armario y la cama y el baño, que es más funcional que otra cosa. Tiene una ducha bastante pequeña, de la que Lorcan se ha quejado cada día. En realidad, ha protestado porque la casa es demasiado pequeña y poco funcional desde que llegamos. Y, aunque no voy a decírselo, estoy de acuerdo en que no es un sitio para vivir todo el año.
―¿Y los lujos, señor Millerfort? ―le pregunto bromista―. ¿Y el trabajo? ¿De qué íbamos a vivir? ¿Del amor?
Se ríe con suavidad y se encoje de hombros, mirándome un momento con mucha intensidad. De pronto me lo imagino de verdad viviendo en un sitio así. Seguro que sería capaz de trabajar de algo superloco que diese dinero. Bueno, loco para alguien como él, quiero decir. Pero le imagino de fontanero a domicilio, yendo con un peto a juego con Gris, al que llevaría siempre consigo… Y me lo creo. Sin embargo, no es lo que yo quiero. Me gusta este tipo de vida, pero no podría llevarla a diario. Necesito los estímulos de una gran ciudad. Y él también.
―Largo o te limpio las patas.
Me giro para ver a Gris, que ha dado solo un paso dentro de la cabaña, me lanza una mirada de pena cuando Lorcan le regaña. Me río y llamo al animal, que corre hasta mí encantado. Me da la sensación de que se esconde un poco de Lorcan, y es que odia que le limpiemos. Hace verdaderos dramas hasta para pasarle una toalla para secarle la lluvia y cosas así.
―No deberías consentirle todo ―me regaña Lorcan, dejando los bollitos tiernos delante de mí, en un plato grande.
―Y tú no deberías ser tan gruñón ―replico, levantándome para buscar chuches de perro, porque me mira con pena.
―Yo no soy gruñón ―replica Lorcan, atrapándome entre sus brazos contra la encima y no puedo evitar partirme de risa, mientras reparte besos por mi barbilla y mi cuello.
―Sí que lo eres, el peor gruñón del mundo ―le provoco―. Y Gris se va a zampar nuestro desayuno.
Gruñe de verdad y pasa su nariz por mi cuello y mi mejilla. Yo gimo extasiada solo con ese contacto. O quizá es porque sus manos acarician mis caderas a la vez, elevando un poco mi vestido. Luego me suelta, porque ya está listo el café.
Yo recupero las chuches de Gris y le doy un par antes de darle una caricia cariñosa. Él se las zampa y luego se va a una colchoneta que hemos puesto a un lado. Lorcan agita la cabeza al ver el suelo manchado de huellas, pero yo me limito a reírme.
―¿Para qué le metes por el barro, si te molesta tanto? ―le pregunto.
―Es él, que tiene el superpoder de encontrar todos los charcos del mundo ―replica, mientras nos coloca los cafés delante y se sienta muy cerca de mí.
Desayunamos juntos, me deja el bollo más grande. Y están deliciosos. Llevan mantequilla y son muy cremosos y calentitos, perfectos. Me va a costar un poco volver a la rutina y, sobre todo, dejar de desayunar con él de esta manera tan íntima. No sé si en casa será igual. No sé si pretende que haya un «nuestra casa». Hemos hablado mucho de trabajo en estas semanas, pero nada demasiado profundo de nuestros planes personales al volver.
―Esta mañana he llamado a Gus ―le digo.
―Ah. ¿Sigue odiándome?
―Sí, pero está dispuesto a alzar una bandera blanca ―bromeo.
Mi amigo no le perdona del todo, pero ya lo hará, cuando vea que habla en serio, porque Lorcan lo hace, lo sé.
―Le entiendo, no pasa nada ―asegura.
―Me ha dicho que puedo volver a su casa, aunque creo que está viviendo con Jaq.
―Pues sí que van rápido ―se ríe con suavidad, antes de acabarse el bollo―. ¿Por qué quieres volver a su casa?
―No sé. Ya había puesto mi piso a nombre de… ―No puedo decir su nombre y él me aprieta la mano sobre la mesa―. Y si tengo que buscar algo… ―Me sonrojo un poco cuando me mira.
A lo mejor me he pasado de discreta, pero no quiero agobiarle.
―Puedes quedarte en mi casa mientras buscas algo. Y luego dejar de buscar y seguir en mi casa ―sugiere él, claramente divertido―. Mi piso es grande. Ya sabes. Podemos compartir gastos y cama… Por ahorrar en colchones. Lo hago por el medio ambiente.
Sonríe y me parece más guapo que nunca, pese a estar sudado y tener el pelo despeinado. Me costó acostumbrarme a verle sin gomina, pero lo primero que hice al llegar fue quitársela. ¡¿Qué clase de vacaciones son si puedes repeinarte?!
―Si quisieras hacer algo por el medio ambiente, dejarías de comprar corbatas ―me meto con él, sacándole la lengua―. Pero, si no es demasiado presuntuoso por mi parte, voy a decir que acepto tu oferta. Me gustaría vivir con Gris, sería muy duro separarme de él ahora. Además, le estás educando demasiado bien, alguien tiene que darle permiso para divertirse.
―Ah, con el chucho. ―Pone falso gesto de dolor y se lleva la mano al pecho. No puedo evitar partirme de risa.
Y el resto de la mañana pasa en la misma tónica. Lorcan sigue trabajando con su portátil, así que salimos fuera y nos sentamos juntos. Él para trabajar, yo para diseñar. Así es más fácil centrarse… Vale que la mirada se me va hacia él todo el tiempo. No puedo concentrarme. Ya ni siquiera llama mi atención lo que tengo alrededor. Solo él.
Siempre pensé que Lorcan podía aprender a divertirse, pero no imaginaría que lo haría con tantas ganas. Que aprendería a relajarse de esa forma y, sobre todo, que lograría quererme tanto como yo le quiero a él. Es magia. Y felicidad pura.
En realidad, lo que nunca imaginé, fue que pudiera ser tan feliz. Pero él hace que sea muy sencillo. Y yo sonrío mirándole, porque no puedo hacer nada. Me pilla de vez en cuando, pero me devuelve el gesto y sigue trabajando. Quizá también me mira de vez en cuando porque no puede quitarme la vista de encima. Es difícil de decir. Pero tenemos toda una vida para descubrirlo.
***
Lorcan
No tengo que alzar la cabeza de mi ordenador para saber que es Gabbs cuando se abre la puerta. Es la única persona de toda la empresa que entra a mi despacho sin llamar. Y no es que haya poca gente en el edificio. Viene quemándose los dedos con un café, a juzgar por su «au, au, au», pero llega hasta la mesa para soltarlo, cuando ha pasado por delante de cinco muebles donde podría haberse liberado antes, y eso solo en mi despacho. Luego vuelve sobre sus pasos y cierra la puerta.
―Sabes que ya no tienes que traerme el café, ¿no? ―pregunto divertido, mientras ella agita la mano.
Me levanto para sujetar su mano y comprobar los dedos, que tiene enrojecidos. Se los beso con suavidad y ella me mira mordiéndose el labio, con las mejillas sonrojadas.
―Estoy nerviosa, tenía que hacer algo y tu nueva secretaria parecía al borde del llanto así que le he dado media hora libre para que se relajase.
―¿Le has dado media hora libre a mi secretaria? ―pregunto boquiabierto.
Pensé que su actitud sería más reticente a volver a trabajar para mí, pero ahora veo su plan malvado. Es que no va a trabajar para mí, va a hacerse la dueña. Y, sinceramente, no la querría tanto si no fuera así. Aunque procuro ponerme serio. ¡No puede dar tiempo libre a mi secretaria sin mi permiso!
―Ponte en sus zapatos. Estaba agobiada.
―Porque es muy lenta, Gabrielle, no es mi culpa que se le acumule el trabajo. Y no me van sus zapatos, prefiero los míos.
Me apoyo en mi escritorio y cojo el café solo sin azúcar. Según ella soy un soso por tomarlo así, pero yo solo necesito que me despierte, no que esté tan recargado como le gusta a ella.
―Claro que es tu culpa. Le mandas demasiado trabajo.
―Tú no te quejabas ―replico, dándole un trago al café.
―Vas a quemarte. Y yo no me quejaba porque no eras tan exigente y porque Jaq me ayudaba… Sí que eras tan exigente, eres un jefe cretino.
Agito la cabeza y pongo los ojos en blanco, pero me acabo el café de un par de tragos más y vuelvo a mi silla. Tengo mucho trabajo pendiente.
―¿No tienes nada que hacer aparte de meterte en mi forma de mandar cosas a mi secretaria?
―¡Ay, estoy muy nerviosa, déjame! ―se queja, agitando las manos de nuevo, por los nervios supongo. Yo no puedo evitar una sonrisa de idiota enamorado, que es lo que soy―. En un rato llegarán los vestidos y tenemos que seleccionar los mejores y eso… ¿Estarás?
―No es mi trabajo, Gabbs, es el tuyo. Pero si la encuentras, puedes llevarte a mi secretaria. ¿Qué más da? Ya haré yo su trabajo… ¿Quién quiere volver a casa?
Gabrielle en lugar de irse da la vuelta al escritorio. Trato de evitar una sonrisa, pero tira de mi silla y se deja caer sobre mis piernas. Agito la cabeza, pero luego la entierro en su hombro y aspiro su delicioso aroma natural. Es tan dulce y perfecta que no quiero nada más en la vida. Tampoco sé a quién quiero engañar, si me pide que vaya a ver los vestidos iré tan obediente como Gris cuando le agita chuches delante de la cara.
―Tengo un rato, señor gruñón. ¿Quieres que haga de secretaria? ―me ofrece.
―Depende. ¿Haremos la parte del sexo en la oficina? ―sugiero divertido.
La presentación de la nueva colección siempre es una locura y tengo mucho trabajo, pero puedo dejarlo para luego. En general, prefiero trabajar por las mañanas temprano, cuando ella duerme, y así poder pasar mucho más tiempo con ella. Me da un beso rápido en los labios y se levanta.
Tengo la sensación de que mi petición va a caer en saco roto. Temo haberla ofendido incluso, pero echa el cerrojo de la puerta y se gira hacia mí. Lleva un vestido negro muy discreto, de tirantes gruesos, que desabrocha muy despacio con una cremallera lateral y lo deja caer a sus pies para mostrarme su ropa interior de encaje.
―Creo que tú ya venías con planes de seducir al jefe ―bromeo, reclinándome en mi silla mientras camina hacia mí.
―Estoy nerviosa… Pensé que podrías ayudar a relajarme.
Llega hasta mí y la ayudo a colocarse a horcajadas, con una pierna por cada lado de las mías. Nos besamos con ansia y busco el broche de su sujetador. Mientras acaricio su espalda suave y tierna y ella se frota contra mi empalme me doy cuenta de lo feliz que soy.
Siempre he pensado que mi vida estaba condicionada por quienes eran mis padres. Que tendría que vivir en una lucha constante por ser mejor que ellos. Pero Gabrielle disipa todos mis miedos y mi oscuridad. Ha llenado mi vida de colores y no podría ser más feliz. Y tampoco podré agradecérselo nunca lo suficiente. Pero me esforzaré porque lo sepa. Haría cualquier cosa por ella. Y se lo daré todo para que ella pueda ser tan feliz como me hace a mí.
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