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Red Tales - Relato: La manada



Sky


Siempre pensé que Havenfield no tenía nada que aportar a mi vida. Que cuando cumpliera los dieciocho me largaría de la ciudad para nunca mirar atrás. Luego fui creciendo y haciéndome más realista, por ejemplo, no podía abandonar a mi abuela o tendría que acabar la carrera antes de huir.


Y un día Deacon Millerfort y sus perros se cruzaron (literalmente) en mi vida, y ya no tuve tan claro que pudiera irme. Sabía que Deacon viviría dónde fuese por mí. Pero teníamos a los perros y ellos estaban genial en Havenfield y yo no tenía corazón para meterlos en un piso, ni una ciudad.


Así que había condicionado mi vida a los animales. No es que no hubiéramos salido, claro. En cuanto Ashley se fue el primer año a la universidad, decidimos viajar y ver mundo. Deacon me había llevado al lugar donde creció y también a ver a su familia por varios países. Pero era extraño, porque, aunque siempre quise largarme de Havenfield y habíamos visto lugares impresionantes, siempre quería volver a casa, y no estaba segura de que fuera por los perros (o no solo por ellos, que se quedaban en casa a cuidado de mi amiga Leanne, salvo Hades, que se había mudado con Ashley a su pisito cerca de la universidad cortesía de Jade).


Necesitaba ver a los perros de nuevo, claro, pero no era eso. Es que me gustaba el hogar que habíamos creado. Nuestra vida, nuestra estabilidad. La empresa de Lorcan nos generaba bastante dinero como para vivir en nuestra cabaña sin dificultades, pero, aun así, trabajábamos juntos. Montamos una pequeña y exclusiva empresa. Porque a Deacon le ayudaba tener la cabeza ocupada y a mí me encantaba el paisajismo (y para eso había estudiado mi carrera). Así que ideamos una empresa de construcción y decoración que iba genial.


Y nos afincamos en Havenfield de verdad, aunque nos salían trabajos de todas las ciudades colindantes. Generalmente rechazábamos más de los que aceptábamos. Ofrecíamos un buen servicio y nos esforzábamos mucho por los clientes que cogíamos. Teníamos a un par de empleados para ayudarnos y nos gustaba dedicar todo el tiempo y la atención a cada proyecto, así que solíamos tener una buena lista de espera.


Por eso, esa mañana, me quedé un buen rato con las manos apoyadas en el lavabo, mirando ese plastiquito rosado, planteándome toda mi vida. No es que Deacon y yo no hubiéramos hablado de tener hijos. Sabía que le gustaban los niños y se le daban genial. Y a mí me encantaban, claro. Pero tener una casa, unos perros y un negocio en la ciudad, no parecía tan definitivo como tener un bebé. Era como si eso fuera a convertir nuestra vida en común en algo mucho más real que todo lo anterior. Más que nuestra boda en el bosque, con mi abuela oficiándola y los perros sentados a nuestros lados, un par de años atrás. Fue algo más simbólico y del alma que formal (aunque fue oficial, que conste, estamos casados de verdad).


De hecho, desvié un instante la vista a mi anillo de bodas, que brillaba bajo la luz del baño, excesivamente potente. Había hecho que Deacon la cambiase unos meses atrás, porque la que había antes era demasiado suave y no podía maquillarme en penumbras.


―¿Estás bien, Sky? ¡Vamos a llegar tarde! ―me llamó desde fuera.


Puse los ojos en blanco. Aún estaba envuelta en la toalla tras la ducha. Lo de hacer pipí en el palito había sido una decisión de último segundo, porque lo había comprado la semana anterior, cuando no me había bajado el periodo. Pero no me había atrevido a hacerlo antes.

Porque quería tener hijos, algún día, pero ¿era el momento? Si tenía que preguntármelo, seguramente no lo era y…


Cogí y solté el aire muy despacio, para tranquilizarme. Lo habíamos hablado, claro, como una posibilidad de futuro. Pero tras pasar unos días en casa de su hermano en Inglaterra y muchas fiestas y alcohol, la cosa se nos había ido de madre. Ni siquiera lo recordaba del todo, pero no le habíamos dado más importancia a la mañana siguiente. ¿Por qué íbamos a hacerlo? ¡Se suponía que éramos responsables! Pero quizá la mezcla del alcohol, el calentón por estar entre tanto Millerfort buenorro y una idea casi subconsciente por ver a sus sobrinos y tenerlos en brazos… ¡Ay, mi madre!


―¡¿Sky?! ―gritó Deacon aporreando la puerta―. ¡¿Estás bien?! ¡Me estás asustando!


No estaba más asustado que yo. Me dije que debía responderle, pero no lo hice. El pomo giró, pero nunca cierro con llave, así que cedió sin más. Me giré hacia él, que me miró con la cara algo pálida y sus ojos azules cargados de preocupación sincera. Yo le presté atención solo un segundo y luego devolví la vista al test de embarazo positivo.


De pronto tuve a Deacon encima, me sujetó las mejillas para obligarme a mirarle y acarició mi cara con los pulgares.


―¿Qué pasa, Sky? ―cuestionó.


Tendí hacia él el test de embarazo. Lo miró extrañado un momento y luego se le dibujó una sonrisa tan grande y sincera que el miedo se volvió pequeño hasta desaparecer. Sonreí también, por reflejo o porque me había tranquilizado.


―¿Es positivo? ―preguntó, como si necesitase asegurarse.


―Sí. Vamos a ser papás… ¡Vamos a ser papás!


El miedo dio paso a la emoción y me lancé a sus brazos, que me alzó sin dudar. La toalla cayó a nuestros pies, pero ninguno le prestó más atención. Deacon me sacó en brazos del baño y me llevó hasta la cama, donde me dejó caer con suavidad, antes de tumbarse encima.


―Creí que llegábamos tarde a trabajar ―murmuré divertida, cuando empezó a darme besos cargados de amor en el vientre, que aún estaba planísimo.


―Que le den al trabajo. ¿Es positivo segura?


Me reí con ganas y asentí, mordiéndome el labio. Él retomó los besos, que pronto perdieron toda la inocencia y bajaron por mi vientre hasta perderse entre mis piernas. Gemí con fuerza y me arqueé para que llegase mejor.


*


Unos años después


Deacon


El día que Sky me había dicho que estaba embarazada fue el mejor día de mi vida. Cuando alzó el cacharro de plástico hacia mí con los ojos muy abiertos por segunda vez, fue el segundo día más feliz de mi vida. Y, cuando solo un par de años después, me despertó clavándome un dedo en las costillas y me dijo:


―Esta vez nos podemos ahorrar el dinero, es positivo seguro.


Antes de dejarse caer sobre mí, se convirtió en el tercer mejor día de mi vida, aunque no uno detrás de otro. Fueron los tres mejores días de mi vida en la pole, en primer lugar.


No se equivocó ninguna de las veces, por cierto, como podía comprobar en ese instante.


Derek, que había sido el primero y tenía seis años, estaba dormido frente a la chimenea, abrazado a Perseo, un Husky Siberiano que había aparecido por casa un año antes, siendo un bebé. Según Sky había venido solo, yo estaba seguro de que mi preciosa mujer lo había ido a buscar a algún pueblo cercano donde lo regalaban, pero tampoco me había quejado. La casa (o el terreno más bien) siempre estaba lleno de perros y me encantaban. Además, entre Derek y Perseo se había creado un vínculo muy rápido y no iba a quejarme de que el perro se encargase de protegerlo. Me recordaba mucho al vínculo inmediato que Hades había establecido con Ashley.


Dash, que aún no había cumplido los dos años, estaba acurrucado en el sofá, junto a Sky, ambos dormidos. El niño tenía un brazo protector sobre el abultadísimo vientre de su mamá, protegiendo a su futuro hermanito, que se estaba resistiendo a venir al mundo.


―Será un dormilón como tú ―le dije a Sky un par de mañanas antes, cuando habíamos ido al médico a comprobar si todo estaba bien y nos informó de que, si no se esforzaba por salir en un par de días más, tendrían que inducirle el parto.


―O tan cabezota como tú ―replicó mi preciosa Sky, haciéndome reír.


―Pues si sale dormilona como tú y cabezota como yo, pobre niño.


―Dante ―me dijo entonces.


No había querido elegir nombre, igual que no lo había hecho con Derek y Dash hasta verlos, según ella, se lo habían trasmitido los niños, ese era su nombre. Así que fue extraño que anunciase el nombre del bebé, mientras dábamos un paseo de vuelta a casa, donde su abuela nos esperaba con los otros niños. Sky no había dejado de acariciarse la tripa mientras caminábamos.


―¿Segura?


―Sí. Lo noto. Es su nombre.


Y no lo discutí más, igual que no había discutido el resto de nombres. Estaba de acuerdo con ella en que eran sus nombres, les quedaban bien. No me importaba nada más.


Así que, miré a mi familia, planteándome llevarlos a sus camas, porque era tarde, pero acabé cediendo y tumbándome entre Derek y Sky. Me quedé en el suelo, pero extendí la mano para acariciar el brazo de mi preciosa e increíble mujer, que gimoteó algo, pero siguió durmiendo.


Y yo me quedé allí, disfrutando de mi enorme y perfecta manada. Lo que nunca había podido tener por culpa de Bill y la enfermedad de mi madre. Y sonreí feliz.



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Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

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