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Red Tales - Relato: La primera hora



Ashley


Fue a la primera hora de mi segundo día en el instituto de Havenfield.


Para mí el cambio de vida fue todo un shock, porque había pasado de internados para chicas muy cerrados a estar en una especie de sitio salvaje, en el que chicos y chicas compartían clases sin ningún problema. ¡Compartían hasta pupitre! Y se miraban, se hablaban y ocupaban las mismas mesas del comedor. ¡Una locura!


No quise decírselo a Deacon, porque no quería que me sacase de allí, pero ¡guau! Era alucinante. Lo más alucinante que me había pasado jamás.


Así que el primer día, cada vez que me cruzaba con un chico, me quedaba mirándolo fijamente, como si de pronto fuera a hacer «plof» y convertirse en una chica. Absurdo, lo sé, pero era el shock. El caso es que mi amiga Bonnie (¡¡sí, hice una amiga el primer día!!), debió pensar que yo era medio tonta, pero no lo dijo, así que era un alivio. Ella fue recomendándome a qué chicos mirar y a cuáles no. Parecía que la idea de los chicos también la obsesionaba un poco, lo que es raro, porque ella no venía de un internado de chicas.


El caso es que el segundo día, Bonnie, su hermana gemela Audrey y Taki, una chica japonesa (que ahora también era mi amiga), me estaban esperando en la entrada. ¡Seguían esperándome! Mandé a Hades de vuelta a casa, porque el enorme pastor alemán se había empeñado en bajar conmigo hasta el instituto y luego correspondí a los efusivos abrazos de mis nuevas amigas (¡yo tenía amigas!). Apenas había dormido, temiendo que, al llegar ese segundo día, ellas ya no me hablasen, pero seguían allí. Era genial.


―¿Qué clase tienes ahora? ―me preguntó Taki.


Tuve que sacar el horario de mi mochila para comprobarlo. Aún no tenía libros, porque era mi segundo día, pero Deacon se había puesto con ello, y muy en serio. Al parecer a mi hermano le importaba muchísimo que yo siguiera recibiendo una buena educación. Y a mí me valía lo que quisiera, si eso me permitía seguir allí con él. Porque haría lo que fuese para seguir en Havenfield con mi hermano favorito (y desconocido hasta cosa de una semana antes, aunque eso es otra historia).


―Cálculo ―respondí a Taki.


La japonesa puso mala cara, mientras se colgaba de mi brazo y subía la escalinata que llevaba al interior del edificio.


―Te acompañaremos, pero Audrey y yo tenemos biología ―se lamentó―. Y Bonnie tiene literatura. Te quedas sola una hora. Después vas conmigo ―dijo, tras comprobar mi horario que seguía en mi mano―. Te iré a buscar a la clase de cálculo de nuevo, ¿vale?


Me plantó un beso en la mejilla sin dejarme responder y señaló la clase dónde me tocaba entrar. Luego Audrey y Bonnie se despidieron de mí y se fueron también. Yo cogí aire un par de veces y me preparé para el desafío. Había conocido a Bonnie nada más llegar y había tenido todas mis clases del día anterior con ellas. No estaba preparada para quedarme sola, aunque antes de conocerlas había pensado que así serían todas las clases, igual que lo había sido toda mi vida anterior en los internados.


Así que una clase sola tenía que ser asumible. Cogí aire y entré. La puerta estaba abierta y el profesor ya estaba dentro, así que me acerqué a decirle que era nueva. Las chicas se habían encargado de las presentaciones el día anterior, pero supuse que debía hacerlo sola.


―Ah, eres la nueva, ¿no? ―me dijo el profesor enseguida.


Asentí, nerviosa. Había sido más fácil de lo que esperaba, ni había llegado a abrir la boca. Me pidió que esperase a su lado mientras la clase se llenaba con mis compañeros. Algunos me sonaban, sobre todo algunos chicos, porque los había mirado mucho rato en otras clases el día anterior, en medio del shock, no en plan perturbador. Pero nadie me saludó ni nada.


―Vale, chicos, sentaos ―les pidió el profesor―. Tenemos una compañera nueva, y me gustaría que se presentase, así que silencio, que pueda hablar.


Sabía que era mi pie para presentarme, pero le vi, y me quedé sin voz. Y sin respirar, y sin tragar saliva, y sin pensar. Lo intenté, de verdad, pero es el efecto Silverman (algo que descubrí más tarde). Ese día estaba guapísimo, con un moño de pelo oscuro en la nuca y una sudadera negra con la capucha gris. Suspiré, mirándole embobada. Ni siquiera me miró, parecía estar haciendo dibujos en su cuaderno.


―Cuando quieras ―me dijo el profesor, atrayendo mi atención de nuevo.


―Sí, sí. Me llamo Ashley, tengo casi quince años y vengo de Inglaterra. Me he mudado con mi hermano, Deacon, y tenemos cuatro perros.


Me pareció una presentación más que decente, aunque pronuncié cada palabra mirando al fondo de la clase, justo a la pared, porque si volvía a mirar a ese chico, corría el riesgo de perder la voz para siempre.


―Muy bien, Ashley. Parece que Cameron no ha venido hoy, así que siéntate junto a Christopher.


Esta vez, cuando mi mirada paseó por la clase, vi la mirada del chico del moño fija en mí. Y el asiento libre a su lado. Había un par vacíos al fondo de la clase, pero me pareció de muy mala educación hacer caso omiso a las palabras del profesor y sentarme en otro lado, cuando estaba claro que él era Christopher, porque era el único chico sentado solo.


Tomé aire para darme fuerzas mientras caminaba una a una las tres filas de asientos que me separaban de él. Y me dejé caer a su lado como si sentarme al lado del chico más guapo del mundo fuera lo más normal, algo que hiciese cada día.


Christopher me había mirado un momento, quizá al oír su nombre, pero volvía a garabatear. Cuando me senté vi que eran jugadas de fútbol, pero del fútbol malo americano, que trazaba en su cuaderno con aparente desinterés. En cuanto el profesor empezó a hablar sobre la clase (aunque ni idea de qué estaba diciendo), Christopher sacó otro cuaderno de debajo del que usaba para dibujar y lo tendió hacia mí.


―Son los apuntes de cálculo, te vendrán bien para saber qué hemos dado hasta ahora ―me dijo, sin mirarme apenas.


Aunque sus ojos se desviaron un segundo hacia mí y me quedé maravillada. Puede que se me escapase un ruidito de flipe, porque son los ojos más bonitos que he visto en mi vida. De un tono verdoso, pero con pintitas doradas al fondo.


Mis mejillas se tiñeron de color escarlata, estuve segura de ello, pero atiné a coger el cuaderno. No cruzamos palabra el resto de la clase, no me sentía capaz de hablarle, aunque puede que me pasase todo el tiempo mirándole de reojo con cara de enamorada.


Era el tío más guapo del universo, no podía culparme por no poder quitarle la vista de encima. Y me pareció, por su falta de reacción, que estaba más que acostumbrado a las locas acosadoras.


―El próximo día me devuelves los apuntes ―me dijo, cuando la clase finalizó, y salió sin más.


Taki estaba esperándome. La sujeté de la mano y la arrastré al baño.


―Un tal Christopher me ha dejado sus apuntes ―le dije, con las mejillas a punto de hervir.


―Chri… ¡¡¡Oh, madre mía!!! ―su grito resonó por todo el instituto y sacó su móvil. Escribió algo a toda prisa y Bonnie y Audrey aparecieron solo un minuto después, o eso me pareció, tiempo que Taky no dejó de gritar―. ¡Díselo, Ashley! ―me ordenó, haciendo que la mirase desconcertada.


―Un tal Christopher me ha dejado sus apuntes ―repetí casi con miedo, sin saber si había dicho algo inapropiado.


―¡Oh, joder! ¡¿Christopher Silverman?! ―gritó Bonnie, antes de hacer como que se desmayaba sobre su hermana.


―¿Qué pasa? ―pregunté a Audrey, que parecía la más normal de todas―. ¿Está mal?


―No, está muy bien. Yo fingiría que necesito sus apuntes para que me los dejase ―aseguró, haciéndome reír un poco.


―¡¡¡Christopher Silverman te ha dejado los apuntes!!! ―me gritó Taki de nuevo.


Y, durante los siguientes diez minutos, antes de que un profesor nos pillase saltándonos las clases, solo nos dedicamos a gritar, flipando, porque el tal Christopher Silverman, el tío más buenísimo del mundo, me hubiera dejado sus apuntes. Que, al parecer, según mis nuevas amigas, era una señal clarísima de que trataba de ligar conmigo.


A mí me pareció que solo quería dejarme los apuntes porque era nueva y él era amable, pero su idea era mucho mejor, porque ningún chico nunca había tratado de ligar conmigo, así que era genial.


¡¡¡Christopher Silverman!!!


Sin duda, había sido la mejor hora de mi vida.


¡Lee la novela!

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Sobre mí

Se me da bien escribir sobre otros, no sobre mí, así que supongo que esa es la mejor presentación posible: escribo sobre otros; escribo sobre historias de amor que superan obstáculos, de amistades eternas y, sobre todo, de cambios en la vida.

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