Red Tales - Relato: Respirar aire fresco
- Sonia Martínez Martín
- 25 nov 2021
- 5 min de lectura

Ariadna
En el año que hacía que abandonamos Australia nadie de nuestra antigua vida nos había encontrado. Aunque pasamos algún tiempo con Cassidy y Ashton cuando habían decidido casarse en Las Vegas de un día para otro, pero ese es otro tema. El caso es que al principio tuvimos miedo de que alguien peligroso (algún mafioso o… algún mafioso) diese con nosotros.
Sin embargo, vivíamos tan tranquilos que ya habíamos olvidado el miedo. Nos instalamos en un pueblecito costero y montamos una pequeña agencia similar a la que Ricco tenía en Australia. Teníamos tres barcos ya, y hacíamos excursiones por mar, que durante las estaciones más calurosas se alargaban hasta una islita de nuestra propiedad para disfrutar del sol, el calor y la playa privada; y en los días más fríos nos limitábamos a recorrer la costa y pasar el día en alta mar. A los turistas les encantaba congelarse fantaseando con una vida de falso éxito más allá de las olas, así que teníamos un pequeño yate que sacábamos por esa época con más asiduidad.
En definitiva, teníamos una buena vida y no nos iba nada mal. Nuestra casa estaba en la islita, así que cada noche cogíamos una lancha y volvíamos allí a pasar una noche tranquilos, con más seguridad que la Casa Blanca, cortesía de Jade y sus amigos, que, en realidad, también habían pasado unos días allí y, a cambio, nos habían colocado un sistema que defendería una base gubernamental de ser necesario y que nos ayudaba a dormir mejor por las noches.
Así que nadie debía poder encontrarnos. No si nosotros no lo invitábamos. Por eso cuando una mañana especialmente aburrida de febrero, cuando menos clientes teníamos, porque era un mes bastante soso, la puerta se abrió, no me esperaba para nada el tipo trajeado de pelo blanco repeinado.
Mi padre miró alrededor antes de posar los ojos azules y apagados en mí.
Quizá en otro momento, cuando el trabajo nos saturaba y teníamos que contratar una secretaria para que llevase la oficina y nosotros salíamos con un barco cada uno, el sitio podía ser más desastroso. Pero me había pasado tres días solo limpiando a fondo, por hacer algo, así que alcé la cabeza con orgullo y no permití que me intimidase. Aunque miré de reojo a Ricco, que estaba ordenando papeles en el escritorio de al lado, mientras yo solo mordisqueaba un bolígrafo, sin nada mejor que hacer. Aun así, estaba orgullosa de lo que había conseguido con Ricco, sin ayuda de nadie más. Incluso aunque el sitio hubiera estado lleno de arena y pelusa, hubiera alzado la barbilla sin dudar.
―Está cerrado ―le dije, soltando el boli y poniéndome de pie.
Ricco dejó los papeles y se puso de pie también, pasando la mirada de uno a otro. Mi padre no dijo nada al principio, aunque sonrió con mucha suavidad.
―¿Algún problema? ―preguntó Ricco, colocándose casi entre mi padre y yo.
Supuse que había aprendido a ver los signos de tensión en mí o que ya olíamos el peligro. En realidad, mi padre no me daba miedo. Ya no era la misma de un año antes, cuando me había dejado secuestrar por él, ni la niña de cinco años desamparada, ni la adolescente que esperaba su rescate. No. No necesitaba a Bill Millerfort para nada, pero me costó tragar saliva y dejé que Ricco me protegiese con sus hombros anchos.
―Quería hablar con mi hija ―le dijo Bill a Ricco.
Este me miró sobre su hombro, sorprendido, pero no se movió ni un ápice y me alegró saber que estaba dispuesto a protegerme hasta de Bill Millerfort. Aunque era muy tarde para eso. Aun así, rodeé la mesa y me coloqué a su lado, frente a Bill.
―No tenemos nada de qué hablar, Bill, y no eres bienvenido aquí.
―Me iré en un instante ―aseguró, alzando las manos ligeramente―. Solo quiero saber si te va bien.
Le miré con ambas cejas alzadas. ¡¿Si me iba bien?!
―Pues depende de lo que consideres bien ―repliqué borde―. Aunque tampoco puedo decir que haya estado mejor… Gracias por eso.
Bill sonrió con tristeza esta vez y fue raro, porque siempre le había tenido por el enemigo, un hombre que todo lo podía, sentado en su trono de cristal. Y ahora parecía un hombre perdido. No era tan mayor (o eso creía yo), pero pareció un anciano de golpe.
―Tendéis a hacer eso… Mis hijos, me refiero. Tomáis vuestras decisiones y luego me culpáis de todo lo que sale mal.
―Quizá es porque un niño de cinco años no tiene capacidad de tomar sus decisiones, Bill. Y tú pretendes que lo hagamos y que seamos consecuentes con ello el resto de nuestra vida. Lo siento, pero eres tú el que te equivocas.
Suspiró de nuevo y miró un instante al techo. Luego sacó un papel doblado del interior de su chaqueta de traje. Vi que era un cheque sin necesidad de cogerlo. Y, de hecho, no lo hice. No me moví, ni intenté tender la mano hacia él.
―No quiero tu dinero, Bill ―le dije, porque parecía que no tenía intención de decirme nada―. Nunca lo he querido.
―Te dije que te ayudaría a empezar de cero si abandonabas esa vida que llevabas. Y sé que lo has hecho, que ahora eres decente…
―Siempre he sido decente, pero ahora trato de mantener un perfil bajo para que nadie me mate. ¿Te parece mejor?
―Sé lo que te pasó y lo siento. Pero tú te metiste en eso, no fue cosa mía.
―Ya, yo también. Pero no quiero tu dinero.
Mi padre se lo tendió a Ricco, que seguía a mi lado, cruzado de brazos. No hizo intento de coger el cheque tampoco y me sentí muy orgullosa de él.
―Está bien, Ariadna. Solo quiero ayudar. Si prefieres hacerlo del modo difícil…
―Nos va bien.
―¿Con el dinero de Jade y Lorcan?
―Nos apoyamos entre nosotros, pero no, no es con su dinero, ni con el tuyo. Ricco y yo hemos luchado mucho por que funcione y hemos conseguido financiación a la antigua usanza. Es decir, con un buen plan de negocios y cuentas fiables. ¿Quieres seguir insultándome en mi casa?
―Quiero ayudarte. Sé que nunca he estado, y trato de hacer algo bueno, Ariadna.
Agité la cabeza, cogí el cheque y lo hice trocitos sin mirarlo. Luego lo dejé caer a la papelera.
―Esto no es estar, es soltar el dinero, como siempre. No me interesa, gracias.
Me pareció que Bill iba a decir algo, pero acabó dándose la vuelta y saliendo de allí. Yo esperé hasta que se metió en el asiento trasero de su Ferrari y el chófer lo alejó hasta desaparecer al final de la calle. Luego me dejé caer entre los brazos de Ricco, estaba temblando.
―¿Eso es que tu padre me aprueba? ―preguntó bromista, rodeándome enseguida con sus brazos para besarme la frente.
―Espero que no, qué mal rollo ―bromeé.
Luego me solté de él y corrí a cerrar la puerta con llave. La papelera estaba vacía salvo por el cheque, así que saqué los pedacitos y lo extendí sobre la mesa para reconstruirlo y comprobar cuánto dinero había roto sin más.
―Menuda inyección de aire fresco has rechazado ―murmuró Ricco, antes de silbar impresionado.
―Cállate. Nunca había visto tanto dinero junto… ―musité, antes de volver a barrerlo hacia la basura usando el brazo―. Ni lo volveré a ver.
―Has hecho bien, Ari, no lo necesitamos.
Asentí una vez, pero no quité la vista de la papelera. ¿Tan horrible hubiera sido para él entrar a la tienda e invitarme a cenar con amabilidad? ¿Ser un padre normal? ¿Tenía que pasearme un fajo de billetes bajo la nariz como si fuera un animalito y me diera una chuchería?
―No le des vueltas, cariño ―me pidió Ricco―. Ya que has cerrado, ¿por qué no cogemos una botella de champán y nos damos tú y yo una vuelta en yate, para respirar aire fresco?
―Me encantaría poder respirar aire fresco, y dar una vuelta contigo en yate, cariño.
Le dediqué una sonrisa dulce y él se inclinó sobre mí para darme un beso rapidísimo sobre los labios, pero en seguida nos pusimos en marcha, porque su idea sonaba mucho mejor que seguir en la oficina perdiendo el tiempo.




Comentarios