Red Tales - Relato: Un bocado de la manzana
- Sonia Martínez Martín
- 25 nov 2021
- 6 min de lectura

Bianca
Desde que mi madre abrió la pastelería di por hecho que acabaría trabajando con ella. No es que no quisiera ir a la universidad, es que ni siquiera me lo planteé. Me gustaba la pastelería, cocinar y pasar el tiempo con ella. Pero tras su muerte, no solo fue el futuro más inmediato lo que se me vino abajo. Perdí mi futuro lejano también. Porque podría volver a abrir una pastelería, gracias a Jade y Peter mi cuenta corriente tenía el efectivo que a mi madre le había costado casi un año conseguir con préstamos bancarios. Pero no me llenaba, no si ella no iba a estar allí conmigo.
Y estuve mucho tiempo dándole vueltas, porque ni siquiera sabía qué quería estudiar, o si quería hacerlo siquiera. Tenía un mundo de posibilidades delante y me sentía incapaz de tomar una decisión.
Aquel día, que estaba sentada en el suelo del salón de Peter y Gwen, con Destiny en una pierna y Hope en la otra, viendo la misma película de princesas por undécima vez seguida, porque a las niñas de cuatro años le encantaba y a mí también (el resto de niños estaban tan hartos que se iban cada vez que las niñas me pedían que la pusiera de nuevo). Sin embargo, por primera vez, en lugar de canturrear las canciones con ellas, estaba perdida en mi mundo.
No podía retrasarlo más, tenía que tomar una decisión sobre la carrera que quería estudiar. Y no era capaz de hacerlo. Cada vez que lo intentaba, era como si un terror absoluto me paralizase, porque ¿qué pasaría si elegía mal?
Para colmo, Jens iba a ir a la misma universidad que yo, o eso decía. Estaba esperando para aceptar alguna de las solicitudes. Porque decía que pasaba del waterpolo, pero le habían ofrecido becas deportivas en varias universidades. Y él, que aunque estaba desencantado con su padre iba a seguir sus pasos estudiando dirección de empresas, lo tenía claro y lo podía hacer en cualquier lugar. Pero ¿qué pasaba conmigo?
Peter entró a la sala de estar, miró la película, puso los ojos en blanco y me llamó con un silbido, supuse que para no molestar a las niñas. Me pareció que mi hermano, profesor y tutor acababa de llegar de la calle. Y lo confirmé cuando le seguí a la cocina, dejando a las niñas en el suelo embelesadas con la película, y vi las bolsas de la compra.
―¿Qué pasa? ―pregunté.
―Ayúdame.
Casi pensé que iba a darme una solución a mi problema, pero señaló las bolsas. Suspiré y obedecí. Mi problema no era ese, no tenía problema en hacer todo lo necesario en la casa. El problema es que fantaseaba con una ayuda mágica que resolviera mi problema mental. Pero nadie podía dármela, más que yo misma. ¿Y si Peter me ordenaba qué estudiar y ya? Eso simplificaría tanto las cosas… No tenía problema en seguir sus órdenes.
Sonreí ligeramente ante la idea mientras guardaba los huevos. Cuando la última bolsa estuvo vacía, hice el amago de volver con la película, pero Peter pasó un brazo sobre mis hombros y me condujo a la mesa de la cocina para que me sentase. Se apoyó en la encimera tras sacarse una cerveza fría de la nevera.
―Te he dejado tiempo para que lo pensases, Bianca, pero se te acaba.
―Lo sé. Dime qué hacer, por favor ―supliqué, dejando caer la cabeza sobre la madera.
Peter dejó ir una risa suave y arrastró una silla para sentarse frente a mí. Me pasó su cerveza, pero la rechacé poniendo mala cara, que me pareció que le ofendía ligeramente.
―No puedo decirte qué hacer, Bianca. Tienes que decidirlo tú.
―Pensé que trabajaría con mi madre, sin más, y tener que replantearme todo…
Peter dejó ir una carcajada que me ofendió ligeramente. Bueno, vale, bastante. Le miré mal hasta que alzó las manos, como si quisiera defenderse, y me respondió.
―Chica, eres una cría, vas a tener que replantearte tu vida muchas veces de ahora en adelante y no puedes hacer un drama cada vez que pase.
―Ya, bueno, pero…
―Pero querías que fuera fácil. Te gusta cocinar, sin embargo, estoy seguro de que no tanto como para hacerlo tu profesión. Pero era muy fácil quedarte bajo la falda de tu madre y no tener que dar el paso. ¿Qué es lo que te asusta tanto, Bianca?
―¿Y si elijo mal? ¿Y si no me gusta la carrera que escoja o no se me da bien? Peor, ¿y si la acabo y luego no tiene futuro? ¿Y si aun así no puedo encontrar trabajo?
―Si elijes mal, puedes cambiar de carrera, igual que si no te gusta o si no se te da bien, o si de pronto te das cuenta de que te apetece más hacer otra cosa. Y si la acabas y no te sirve de nada, siempre puedes estudiar otra cosa. Por suerte, puedes permitírtelo. La pensión de Bill se acabará a los dieciocho, diecinueve, si sigues estudiando, pero la empresa de Lorcan seguirá dándote dinero suficiente para poder remediar los errores, Bianca. De verdad eres muy afortunada, y siempre puedes buscarte un trabajo a tiempo parcial. No tienes que elegir un camino y avanzar por él si no te está gustando, nosotros estaremos aquí si necesitas dar la vuelta y elegir otro. Siempre estaremos a tu lado. Y no hablo solo de Gwen y de mí y lo sabes. Así que, sé valiente, Bianca, ¿qué quieres estudiar? ¿Qué es lo que no te atreves a reconocerte ni a ti misma?
―Cine ―murmuré muy bajito―. Siempre he querido hacer algo relacionado con el cine, me da igual dirección o guionista, o de iluminación. Solo sé que quiero estar dentro de ese mundo.
―Pues ya lo sabes. Ponte en marcha, deja de remolonear.
―Gracias, Peter.
Me puse de pie y le planté un beso en la mejilla. Luego corrí escaleras arriba para coger mi portátil y poder rellenar las solicitudes, tenía que darme prisa, porque iba contra reloj.
*
Quiero que conste que acertar en un tercer piso desde abajo, es complicado. Que justo mi piedrecita diese en la ventana de los padres de Jens, fue una putada. Corrí a esconderme bajo la fachada cuando la luz de esta se encendió y rodeé la mansión para llamar a Jens al móvil desde un lugar seguro. ¡Última vez que trataba de ser romántica!
Para colmo, la luz de la cocina estaba encendida y cuando me asomé, le vi dentro, dándole un bocado a una manzana, como si tal cosa. Así que no habría servido de nada ni aunque la fuerza me hubiese dado para llegar al tercer piso. Di dos golpecitos en la ventana y se giró sobresaltado, aunque enseguida sonrió. Se acercó a mí y abrió la ventana.
―No son horas, hobbit ―se metió conmigo, con una sonrisa enorme y blanquísima.
Aún me daba rabia lo guapo y perfecto que era. Aunque puede que babease un poquito, admirando su pecho desnudo y lo bien que le quedaba el pantalón corto de chándal, que caía ligeramente desde sus caderas. Hacía calor, pero estaba segura de que no tanto como para ir medio desnudo, aunque no tenía queja.
―¿Por qué no haces una foto? Te durará más. ―Su sonrisa se amplió y yo sentí que me sonrojaba. Por suerte unos pasos impidieron que siguiera metiéndose conmigo.
―Te veo en la casa del árbol ―susurré, justo cuando oía a su madre preguntar algo desde el pasillo.
Jens se dio tanta prisa, que yo apenas me había colado en la casa del árbol cuando él entró. Había un montón de juguetes de sus hermanos, que aparté con un pie para poder sentarme. Jens subió entonces, aún con los restos de la manzana en la mano. Me dio un beso rápido y suave y se sentó frente a mí.
―¿Y esta urgencia? ―me preguntó, antes de darle otro bocado a la manzana.
―Me moría por verte, llevo todo el día echando solicitudes para universidades, he acabado ahora.
―Lo sé, se ha chivado Peter, cuando he intentado llamarte ―me dijo, moviéndose para apretarse contra mí―. Me alegro de que hayas decidido al final, Bianca. Sabes que iré contigo donde tú vayas, ¿no? No me imagino mi vida sin un hobbit en ella. ―Me dio un golpecito en la nariz con el dedo, manchándome con un poco de jugo de la manzana y haciéndome reír―. Dicho esto, cuéntamelo todo.
Y así lo hicimos. Nos tumbamos juntos en la casa del árbol, apartando juguetes con más patadas. Me apoyé en su pecho desnudo y él acarició mi pelo todo el tiempo. Y hablamos durante horas, de hecho, seguíamos allí tumbados al amanecer, quizá nos dormimos a ratos, y nos despertamos y continuamos hablando como si no hubiera pasado nada.
Hicimos mil planes para mudarnos juntos cuando empezásemos la universidad. Hablamos de lugares que ver, de fiestas (a las que yo fingiría que no quería ir, pero que acabaría cediendo por él) y de un futuro inmediato al que, por primera vez desde la muerte de mi madre, me atreví a mirar con ilusión.




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