Red Tales - Relato: Una rosa para la eternidad
- Sonia Martínez Martín
- 22 nov 2021
- 9 min de lectura

Will
―Dime que tienes helado de galleta, menta y chocolate ―pedí al tipo de la gasolinera, hundiendo la cabeza en las manos, desesperado.
Llevaba horas dando vueltas con el coche, de gasolinera en gasolinera, porque no había nada más abierto, buscando el dichoso helado porque a Aysha se le había antojado ese, en plena madrugada, y no podía ser otro. Y a mí se me antojaba dormir, o volver a la seguridad de mi torre. Sí, eso, sin duda. Quería volver a la dichosa torre de una vez por todas.
―Eh… No ―me dijo el hombre, con cara de asco―. No tenemos mucha variedad de helados en noviembre.
―¿Y qué tenéis? ―pregunté borde.
No es que él tuviera la culpa de que no hubiera el dichoso helado que a Aysha se le había antojado, claro. Ni siquiera tenía muy claro que existiera. Pero con alguien tenía que pagarlo, y no iba a ser con ella. Quizá podía tirarme por un barranco con el Ferrari. Eso sería muy satisfactorio para mí.
―Chocolate y menta ―me dijo el hombre, tras revisar un congelador que había en un lateral.
―Me vale ―acepté.
Le daría todo mi dinero, mi casa y mi maldito coche por el puñetero helado. Pagué en cuanto lo colocó en el mostrador y me lo llevé sin bolsa. Podía añadirle yo las galletas, eso era lo de menos. Seguro que había algo para apañarlo. Lo tiré sin mucho cuidado al asiento del copiloto y volví a casa conduciendo rápido para que no se descongelase.
Aún era de noche, aunque los primeros rayos de sol estaban empezando a despuntar por el horizonte. Aparqué fuera y me quité el pelo de los ojos con un manotazo. Me tomé un momento para respirar y tranquilizarme. Odiaba salir. Era horrible. Aún lo era. Pero volvía a estar en casa.
En casa.
Una palabra que había vuelto a tomar significado gracias a Aysha. Ya no era la torre. La puta torre. Era nuestra casa. Un hogar. Un lugar donde ya no me importaría quedarme encerrado para siempre, aunque gracias a Aysha era capaz de recorrerme diez ciudades para buscar un dichoso helado con una pinta asquerosa. ¡¿Quién podía mezclar menta con chocolate?! Si eso era para lavarse los dientes. Tenía aún más delito que el que le había puesto piña a la pizza. Otra guarrada que a Aysha le encantaba, por cierto.
Salí del coche finalmente y fui a la cocina. Rebusqué en los armarios hasta dar con un paquete de galletas y las machaqué en un bol. Luego eché un montón de helado y lo removí bien. Estaba seguro de que daría el pego. Yo no veía el problema: helado de chocolate, galletas y menta. Deliciosamente asqueroso.
Me bebí una botella de agua, porque estaba seco, y luego fui al piso de arriba. El hotel estaba en plena ocupación, a la gente le gustaba pasar el invierno en la casa. Todo estaba precioso, eso era innegable. Y gracias al talento de Aysha era muy acogedor, así que no era raro, supuse. Pero pasé de largo las habitaciones y fui a la nuestra.
En realidad, las obras no habían acabado del todo. O, mejor dicho, las habíamos retomado. En la torre oeste, para ser más precisos. Quizá suene algo enfermizo, pero nos estábamos haciendo una casa en ella. Era circular y con cuatro plantas.
Necesitábamos más espacio ahora y no era del todo agradable tener que pasearte delante de todos los huéspedes para ir a la cocina en plena noche a buscar helado de chocolate, galletas y menta. No es que hubiera mucha gente a esas horas fuera, pero seguía siendo algo violento. Así que nuestra nueva casa en la torre tendría cocina privada, entre otras comodidades, como una biblioteca enorme para Aysha y un despacho en el que poder trabajar tranquilos.
Que fuera en la torre oeste casi parecía un poco de recochineo. Durante años no me había atrevido a tocarla, por si volvía a necesitarla. Pero era hora de pasar página, así que Aysha y yo la rediseñamos juntos. Y, a fin de cuentas, nos habíamos conocido en ella. Tenía algo especial. Un buen recuerdo con el que quería quedarme. Porque eso me había enseñado Aysha, a quedarme siempre con lo bueno.
Abrí despacio, para no despertarlos, pero me encontré la habitación desierta. Un mal presentimiento se acopló en mi pecho y mi estómago. Salí de nuevo, a toda prisa, sin molestarme ni en soltar el helado.
Crucé de nuevo la cocina y salí al patio trasero, donde actualmente había una serie de establos. El padre de Aysha nos ayudó a montar todo aquello, era un buen hombre, que tras que le ayudásemos a vender la granja se había largado a vivir su jubilación a un paraíso caribeño. Según él, necesitaba el buen tiempo para sus pulmones. Venía a visitarnos cada dos meses, más o menos. Y parecía realmente feliz. Aysha no había entendido del todo que vendiese la granja, pero yo podía hacerlo. Después de casi perder a su hija allí… Yo tampoco soportaría volver a vivir en aquel lugar.
Me fui asomando por los establos hasta que encontré a Aysha. Estaba sentada en un banquito, ordeñando a una vaca, como si salir de la cama antes del amanecer para ponerte a ello fuera lo más normal del mundo.
―Deberías estar descansando, Aysha ―la regañé.
―¡Caray, William! ―me dijo, llevándose una mano al pecho.
Con la otra se apartó un mechón húmedo de sudor de la frente, llenándosela en su lugar de leche. Agité la cabeza. Habría sonreído si no me preocupase tantísimo.
―¿Qué haces, Aysha? Puedo hacerlo yo.
―Es que tú no les gustas ―me dijo, acariciando a la vaca.
―¿Te lo ha dicho ella?
―No te mosquees, a mí me encantas, pero no tienes madera de granjero y…
―Si quieres llamamos a Lorcan ―bromeé, mientras ella se levantaba para colocar todo y dejar salir a la vaca con las demás―. Seguro que le encanta ordeñar.
―Seguro que viene corriendo ―respondió divertida, antes de acercarse a mí.
―Tu helado…
Lo tendí hacia ella y puso una cara rara. De asco. Fue de asco. Tampoco podía reprochárselo, a mí no me invitaba a comerlo ni un poquito.
―Creo que no me apetece ahora ―se lamentó, tragando saliva con dificultad ruidosa.
―Volvamos dentro, anda ―pedí, pasando un brazo sobre sus hombros―. Yo me encargaré de todo. ¿Me has mandado a por el helado más imposible del mundo con la esperanza de que no te pillase, Aysha?
―¡Claro que no! ―dijo, pero se sonrojó entera―. ¡¿Por qué has vuelto tan pronto?!
―Déjame adivinar. ¿Ibas a meterte en la cama como si nada hubiera pasado? ―resoplé.
―Quizá.
Se giró hacia mí antes de que entrase a la cocina y me dirigió una sonrisa enorme. Si su abultado vientre no se hubiera interpuesto entre nosotros, seguramente hubiera sido un poquito más adorable. Aun así, la perdoné en el acto, claro. ¿Qué iba a hacer? Podía sacar a la chica de la granja, pero no la granja de la chica, o lo que fuese.
―Eres adorable, Aysha, pero tienes que descansar. ¿No escuchaste al doctor?
―¿Qué sabrá ese? Llevo toda la vida ayudando en partos. Sé perfectamente lo que puedo y lo que no puedo hacer.
―Partos de vacas.
Me vi obligado a señalárselo, porque parecía haberlo olvidado y luego cogí su mano para entrar en la cocina. Me moría de hambre y aún llevaba el asqueroso helado en la mano.
―Y de caballos y ovejas y…
―Sí, sí ―corté su discurso―. ¿Y Scott?
―Con la señora Bird. Estaba dormidito, y no quería despertarle, ni llevarle al frío.
―Que considerada. A mí no te ha importado mucho despertarme para mandarme al frío.
Me dirigió un nuevo puchero mientras yo tiraba el helado a la pila. Dejé a Aysha en la cocina para ir a buscar al niño. La señora Bird estaba limpiando el pasillo del piso superior. ¿Nadie dormía en esta casa? Me señaló una habitación vacía, en completo silencio, y entré tras darle un apretón cariñoso en el hombro como saludo.
El niño no dormía tampoco. Estaba sentado en una cama, rodeado de almohadas y pasando páginas de colores de un libro. No había ninguna duda de que había salido a mamá. Aunque el pelito rubio era mío. Sus ojos también eran más castaños, como los de Aysha. Y, esta mal que yo lo diga, porque soy el padre, pero es el mejor niño del mundo. Con solo cuatro añitos era muy despierto, inteligente y adorable. Como su madre.
―Buenos días, campeón. ¿Tú tampoco duermes?
―¡Papi! ―Tendió los brazos hacia mí, dejando el libro a un lado y yo le alcé sobre la cabeza, haciéndole reír con ganas―. Es un libro nuevo, me lo ha dado la señora Bird ―me dijo, en cuanto consiguió parar de reírse, extendiendo las manos para recuperarlo de nuevo.
Lo recogí y se lo tendí, antes de bajar. Aysha estaba preparando el desayuno. Aunque el chef Wilson estaba a su lado, preparando el de los huéspedes, con ayuda del pinche de cocina.
―¿Puedes parar un rato? ―pedí a Aysha, sujetando sus manos con una de las mías para apartarla de los fogones―. Scott tiene un libro nuevo. ¿Por qué no me esperáis revisándolo en la sala de estar? Yo me encargaré del desayuno.
―Qué mandón estás ―se quejó Aysha, pero luego tendió las manos al niño para cogerlo.
―¿Yo estoy mandón? Será que tú no entiendes que embarazada de casi nueve meses no puedes coger peso, ni ordeñar vacas, ni pasearte por el frío de fuera…
Puso los ojos en blanco y le hizo cosquillas a Scott, antes de llenarle la cara de besos. El niño se partió de risa encantado y el chef se hizo cargo de la sartén de Aysha, de la que ella parecía haberse olvidado.
―Sácala de mi cocina ―me ordenó con tono mandón―. Yo os llevo el desayuno.
Me pareció la mejor idea que había oído en los últimos meses, así que tiré de Aysha y los saqué a ambos de allí. En cuanto mi adorable y activa mujer se dejó caer en uno de los sillones yo me relajé a su lado, en otro. Scott bajó de mis brazos y corrió a enseñarle a su madre el libro y a inventarse la historia que aún no sabía leer.
Ella le levantó entre sus brazos, ignorando mi cara de mosqueo y le acarició el pelito rubio mientras él le explicaba todos los detalles ocultos en las páginas. Y yo solo pude mirarlos enamorado como un idiota. Que Aysha se colase en mi torre es lo mejor que me ha pasado en la vida, sin ninguna duda. Los cinco años de sufrimiento recluido en ella habían merecido la pena por acabar conociéndola.
La puerta se abrió con algo de brusquedad entonces. Pensé que sería el chef, pero era Jade. Fruncí el ceño sorprendido. No sabía que vendría, aunque a veces hacía esas visitas por sorpresa. Estaba obsesionada con su nueva misión en la vida y parecía que le ocupaba demasiado tiempo como para llamar por teléfono.
―¡Tía Jade! ―Scott saltó de las piernas de su madre para lanzarse a mi hermana, y esta le recibió encantada.
―He encontrado la solución a vuestros problemas ―nos dijo ella feliz, tras saludar al niño un rato muy largo.
Tan largo que al chef Wilson le dio tiempo a traernos el desayuno y todo.
―¿Qué problema tenemos? ―pregunté, alzando una ceja en su dirección, mientras Scott volvía a mis piernas para picotear de mi tortilla.
―Pues Aysha no podrá encargarse de la granja cuando estalle, necesita ayuda. Cuando tuvisteis a Scott su padre se quedó por aquí unos meses hasta que se recuperó, pero ahora…
―Yo puedo hacerme cargo de todo ―le recordé―. No es como si no ayudase siempre, por otro lado.
―Es que no se te dan bien las vacas, cariño ―aseguró Aysha―. Ni las gallinas… Pero tienes otras cualidades, los niños se te dan genial y la torre está quedando preciosa.
―Pero si de la torre también te estás encargando tú ―me reí con suavidad. Y ella sonrió orgullosa de sí misma.
No podía enfadarme con Aysha porque fuese de esa forma que me había hecho enamorarme. No la querría si no fuera tan cabezota. De hecho, si no lo fuese, quizá se hubiera largado a la primera dificultad y ahora no tendríamos una vida de sueño. Por fin tenía el hotel que mi madre quería, Aysha seguía teniendo su granja que, aunque lo tratase de ocultar, adoraba, y teníamos un hijo perfecto y una niña en camino. ¿Qué más podía pedir?
―¿Qué solución propones, Jade? ―volví al tema―. ¿Vas a quedarte a ordeñar?
―Ni lo sueñes ―aseguró, poniendo cara de asco.
Luego alzó un dedo para que esperásemos y salió de la sala de estar. Volvió un minuto después, con Alay de la mano y dos tipos detrás de ella. Eran gemelos casi idénticos, aunque uno tenía barba de un par de días y el otro el pelo largo casi hasta los hombros. Sus ojos azules acabaron de aclarar el misterio.
La nueva misión en la vida de Jade era encontrar a todos los desgraciados Millerfort y darles una familia. Misión a la que Peter se había unido encantado, por cierto. Pero eso es otro tema.
―Jake y Jayden ―los presentó Jade―. Crecieron en una granja, es lo que necesitáis. Bill no quiso hacerse cargo de ellos, un drama ―aseguró, empujando a uno dentro de la habitación un poco―. Necesitan una casa, trabajo… Y vosotros necesitáis ayuda.
Nos dirigió una sonrisa enorme y yo solo pude reírme y agitar la cabeza, antes de alcanzar mi café. Aysha les hizo algunas preguntas sobre vacas y caballos, luego asintió conforme.
―Iré a preparar el desayuno para todos, seguro que estáis hambrientos ―se ofreció Aysha enseguida.
Yo me levanté y coloqué a Scott sobre sus piernas, para que se quedase sentadita. Le di un abrazo a Jade al pasar por su lado, por cierto, y ella correspondió con fuerza.
Había echado de menos las muestras de cariño familiares y Aysha también me había devuelto eso. La miré sobre mi hombro para verla sonriéndome con los ojos aguados y supe que se sentía casi tan afortunada como yo.
Porque nunca podría estar tan agradecida como yo, en realidad, porque ella me lo había dado todo a mí. Una vida perfecta, dos hijos increíbles (lo sabía incluso sin que la niña hubiera nacido) y un amor para la eternidad, como una rosa que no se marchitaría.
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