Treinta y siete minutos
- Sonia Martínez Martín
- 29 sept 2022
- 14 min de lectura

Lucía
Me contuve muchísimo por no soltar un suspiro. Mi madre tenía lo que yo solía llamar un «ataque de maternidad». Era en esos momentos que recordaba que dieciséis años antes me había parido y que eso le confería ciertas obligaciones para conmigo. Si tenía que ser sincera, prefería que no lo recordase.
Pero llevaba dos semanas limpia, o eso decía. Había visto el zafarrancho que armó en casa, claro. Se empeñó en que la ayudase a limpiar y tiramos drogas, alcohol, restos y comida podrida como para llenar un cubo del vecindario nosotras solitas. Y ahora estaba limpia. Incluso tenía trabajo, en un bar. Eso me parecía bien, porque significaba que se pasaba diez horas fuera de casa. Sabía que no le duraría. ¿Cuánto tardaría en decidir que una botella le gustaba más que yo? En fin, me daba igual.
Solía darme igual.
Debía darme igual.
Pero dolía cada vez. Cada vez que pensaba que sería diferente y no lo era. Cada vez que volvía lo de siempre. Cada vez que pensaba que sería mi madre y acababa encontrándola tirada junto al retrete con una aguja clavada en el brazo.
Lo diferente siempre acababa siendo igual en casa.
El caso es que parte del ataque que mi madre había sufrido en esa ocasión, incluía hacer que yo consiguiera «amigas». Era una gilipollez. En mi instituto todo el mundo sabía que yo era… Bueno, el último año «la suicida», los anteriores «la maltratada». Que mi padre muriese había supuesto una mejora en mi estatus más que evidente. Ya no iba a clase con brazos rotos, ni con ojos morados, ni con lo otro, que nadie podía ver pero que a mí me abrasaba por dentro.
―¿Me estás escuchando? ―me preguntó mi madre, sujetando mi brazo con algo de fuerza.
Su mano se deslizó hasta la pulsera de cuero que ocultaba la marca alargada y miró a ese punto con disgusto. Como si ella no tuviera gran parte de la culpa de que hubiera tratado de quitarme la vida. Dos veces.
―Sí, mamá ―mentí.
―¿Dejas que te maquille, cielo? Estarás más guapa.
―No quiero estar guapa.
Era verdad. No quería estarlo. Lo intenté en un par de ocasiones, pero me asqueaba cuando todos me miraban como si… Como si fuera una chica con la que tener algo. Prefería ser la rara a la que no miraban. Eso no dolía.
―Si al menos te pusieras ese vestido tan bonito que te he comprado…
Miré el vestido, tendido sobre el sofá. Sí que era bonito, pero no soportaría que nadie me mirase las piernas. Así que llevaba unos vaqueros anchos y una camiseta de manga corta. Además, me recogí el pelo en una coleta. No quería llamar la atención. Estaba bien así.
―Otro día ―mentí de nuevo.
Por suerte, mentir era fácil, estaba muy acostumbrada.
―Está bien, de todas formas, las chicas estarán a puntito de llegar. ¿Tienes dinero?
―No necesito dinero.
«Ni a las chicas». Mi madre había convencido a la madre de una compañera de clase para que convenciera a su hija de que me llevase con ella y su amiga a la feria. Ya ves. ¿Qué salida podía ir mal con semejante panorama? Por suerte la feria estaba a treinta y siete minutos de mi casa andando a paso rápido. Saldría con ellas, daría una vuelta, luego diría que me encontraba mal y volvería.
Y fin.
Eva y Vanesa llegaron entonces. La madre de Vanesa nos llevaría en coche. No nos llevábamos bien, no era un secreto para nadie, salvo para mi madre, al parecer. Ellas eran populares, guapas y todo eso. A mí no me importaba nada de eso, aunque mis notas doblaban sin dificultad las suyas, si es que eso era relevante.
Me despedí de mi madre y corrí al coche de la madre de Vanesa antes de que a ella se le ocurriera asomarse. Intercambié unos saludos malhumorados con ellas y uno más sincero con la madre de Vanesa. No tenía nada en contra de la mujer, la verdad. No tenía culpa de haber parido a una zorra, que me odiaba tanto como yo a ella. Fue la que vio la cicatriz de mi muñeca, en una ocasión que me despisté y la pulsera se me subió mucho. Me di cuenta por la cara con la que me miró. Menos de quince minutos después, ya era oficialmente «la suicida».
Podría ser peor.
―Cuando queráis volver, llamadme ―nos dijo la madre de Vanesa cuando paró a unos metros de la feria, lo más cerca que podía llegar con el coche―. No hagáis nada malo y no os metáis en líos…
Siguió un buen rato dando consejos maternales, pero su hija y Eva echaron a andar sin escucharla. Yo me hubiera quedado. Era fascinante oír a una madre de verdad. A veces llamaba a mi tía Carmen y le pedía consejos de cosas aleatorias solo para escuchar a una madre de verdad. Mi primo Carlos era muy afortunado por tenerla. Ella era hermana de mi madre, pero no me costaba imaginar que mi madre era adoptada, porque no se parecía en nada a esa dulce y perfecta madre. Pero mis nuevas mejores amigas se fueron, así que me despedí con un gesto de la mujer, cerré la puerta del coche y las seguí.
La siguiente hora fue más o menos eso. Caminé a tres pasos de ellas, que vigilaban sobre su hombro de vez en cuando. No estaba segura de si esperaban perderme o no hacerlo. Me daba igual.
―¿Puedo preguntarte algo? ―me dijo Eva de pronto, con una risilla maliciosa que conocía bien, parando entre el gentío, cerca de los puestos de comida y bebida. Antes habían tratado de conseguir alcohol, pero por los quejidos que había oído, no debieron conseguirlo.
―Supongo. ―Me encogí de hombros con real indiferencia.
―¿Cuál te parece más guapo? ―Señaló a un grupo de chicos que teníamos delante. Los miré un poco, ninguno me parecía guapo, eran bastante normaluchos.
―No sé, el de blanco ―mentí.
―Así que… ¿sí que te gustan los tíos? Porque algunos dicen que… ya sabes… te gustan las mujeres.
―¿Quién dice eso? ―pregunté confusa.
―Gente de la clase. Pero pasa de ellos tía, no importa lo que crean. Estoy segura de que no es verdad, que eres normal ―siguió Eva.
―¿Normal? ¿No sería normal si me gustasen las mujeres? ―pregunté, entre confusa y horrorizada.
―Oh, ya sabes. Da igual. Es que como nunca has estado con un chico… Y nunca hablas con nosotras de que te guste ninguno…
―¡Pues sí me gusta uno! ―lo dije sin pensar, de verdad.
No porque me molestase que pensasen que me gustasen las mujeres, ya ves, era de lo mejor que podían decir de mí, porque realmente no tenía nada de malo si fuera así. Solo que… Había hablado con mi tía Carmen el día anterior y sabía que estaban en Valencia y se me hacía muy raro saber que estaba tan cerca. Me puse roja solo de pensar en ello, y Eva y Vanesa estallaron en carcajadas.
Yo decidí que era mi momento de largarme, ni siquiera me despedí. Me di la vuelta y estuve a punto de chocarme con mi primo Carlos. Tenía que ser broma. ¡¿De todos los lugares de Valencia, de todos los días de la semana?!
Pensé en correr, porque aún no me había visto, pero me quedé. Y le llamé con voz insegura.
―¿Carlos?
―Lucía ―mi primo no parecía menos sorprendido que yo, aunque en mi defensa diré que yo vivía a treinta y siete minutos a paso rápido y a él a varias horas en coche―, ¿qué haces aquí?
Evité la explicación larga, diciéndole que yo vivía allí, bueno, en el pueblo. Luego le pregunté qué hacía él allí, aunque lo sabía por su madre. Me dijo que estaba de vacaciones con sus colegas y me presentó a los dos amigos que estaban con él, Abram y Raúl. Casi suspiré de alivio al ver que él no estaba. Luego Carlos siguió hablando y el alivio se fue a la mierda.
―… a Charly ya lo conoces, está por ahí buscando alcohol.
Fingí que no me afectaba saber que Charly estaba también en la feria. No es que me importase, no debía hacerlo. Saludé a sus amigos con besos y expliqué, cuando me preguntó, que yo estaba con unas compañeras de clase. Señalé hacia atrás, pensando que Eva y Vanesa se habrían largado, pero nos miraban. Y hablaban entre susurros. Vaya mierda. No tardaron en acercarse y fue lo más incómodo del mundo.
Aunque un segundo después, llegó Charly y eso sí que fue lo más incómodo del mundo.
Mi relación con Charly era complicada. Nos conocimos dos años antes, cuando mi tía le llevó de vacaciones con mi primo y pasaron a recogerme. Mi padre acababa de sufrir el accidente que le dejó tetrapléjico y mi tía quería sacarme del ambiente de mi casa.
Yo aún tenía pesadillas, en las que mi padre me perseguía por la calle para golpearme, antes de que el coche se lo llevase por delante. Y otras aún peores. A veces temía el silencio, porque oía el golpe, o los gritos de mi madre, que jamás gritó por lo que él me hacía a mí.
Charly fue horrible conmigo, pero no como lo eran mis compañeros de clase. A Charly le caía mal por ser una pesada, porque no me callaba, porque no era capaz de quedarme sola y los seguía a todas partes. Y el niñato de catorce años no podía entenderlo, porque él no sabía que yo era la abusada, ni la suicida, para él solo era «la pestosa». Y puede parecer idiota, pero que me odiase por mí misma y no por las cosas de mi vida que yo no podía controlar, para mí fue genial. Y puede que su rollo de malote, pero con un corazón blandito (que le oí hablar con ternurita de sus amigos) hiciera que a mi tonta yo de catorce años le gustase un poco.
Pues bien, Charly había crecido. No es que fuese mucho más alto que entonces, o eso pensé. Era el más bajo de sus amigos, aunque seguía sacándome casi un palmo a mí. Llevaba el pelo negro repeinado de punta, de una forma informal y muy sexi, y cuando sus ojos verdes se dirigieron hacia mí, estuve a punto de suspirar. Al menos hasta que su mirada pasó de seductora a contrariada al reconocerme.
―¿Te acuerdas de Lucía? ―le dijo Carlos, aunque era obvio que me recordaba muy bien.
Puede que se me pasase por la cabeza que molestarle sería muy divertido. Me acerqué a darle dos besos. Mucho. Con la intención de incomodarle, pero me los devolvió sin problema. Así que me aparté en seguida. No quería estar tan cerca de nadie del género masculino demasiado tiempo. Aunque, siendo justa, tampoco me gustaba estar tan cerca de mujeres demasiado tiempo.
Mi primo les presentó a las víboras de mi clase y ellas se lanzaron a besar a Charly, como había hecho yo, pero refregándoles las tetas que apenas ocultaban sus escotes exagerados. Hablaron sobre conseguir alcohol. Yo me pregunté por qué esas dos no se iban. O por qué no me iba yo. Estaba a punto de despedirme cuando Charly se fue con ellas para comprarles alcohol. Resoplé. Menudo imbécil inmaduro, emborrachándose de fiesta con dieciséis años. Había gente que no maduraba, estaba claro.
―¿Cómo estás? ―me preguntó mi primo de golpe, cuando estaba a punto de darme la vuelta sin más.
Traté de hacer memoria. ¿Nos habíamos preguntado eso al saludarnos? Quizá no. ¿Le importaba? Seguro que no. Aun así, me lo planteé unos segundos. La última vez que nos vimos fue en el funeral de mi padre. Tragué saliva con dificultad al recordarlo. No el funeral, sino el cojín… mi padre.
―Mejor ―le dije sincera.
Mi mundo era un lugar mejor sin mi padre, aunque mi madre fuera a perder la cabeza de nuevo pronto.
―Me alegro ―me dijo, y también sonó sincero.
Y se hizo un silencio muy incómodo de nuevo. Guardé las manos en mis bolsillos, sin saber qué hacer con ellas. «Lárgate a casa», me gritaba una voz en la cabeza. En treinta y siete minutos a paso rápido estaría cruzando la puerta y en un par más, podría estar en la cama.
―¿Os lo estáis pasando bien aquí? ―pregunté en cambio.
―Sí, el cambio de aires es genial.
El silencio incómodo volvió a crecer entre nosotros, pese al ruido exagerado que había alrededor.
―No os veis mucho, ¿no? ―nos preguntó de golpe uno de sus amigos. ¿Abram? Y se me escapó una risa. Me alegré de no ser la única que notaba que todo era muy raro.
―No, nos hemos visto… ¿Tres veces? En los últimos seis años ―reconocí―. Es un poco raro.
Por suerte, mis no-amigas volvieron en ese momento, con vasos de alcohol y sonrisas muy satisfechas. ¡Lo que me faltaba! Zorras y alcoholizadas. Quería huir de ellas, pero no parecía muy normal que se quedasen con mi primo y sus amigos, la verdad, así que me dije que primero podía separarlos y luego recorrer esos treinta y siete minutos hacia mi ansiada libertad.
―¿Nos vamos ya? ―les dije.
―¿Podemos quedarnos con vosotros? ―preguntó Eva a Charly, apretándole muy sutilmente las tetas contra el brazo.
Miré mal a Charly. ¡Me odiaba! Lo lógico es que mandase a Eva a paseo y se fuera con sus amigos. Él, en cambio, ni me miró. Aceptó nuestra compañía (aunque suponía que de mí se habría librado si se le hubiera ocurrido cómo) y pasó un brazo sobre los hombros de Eva con naturalidad. No pude evitar poner los ojos en blanco, mientras Vane suplicaba que alguien le consiguiera un peluche. ¡¿Para qué quería un peluche?! El año anterior, Marga, una compañera de clase, había llevado un osito adorable colgado de la cremallera de la mochila y se habían reído tanto de que usase algo «tan infantil», que Marga lo quitó entre clase y clase. No duró ni una hora entera con él. El pobre osito acabó en la basura sobre restos de zumos y puntas de lapicero. Trágico.
Y ahora Vane quería un estúpido peluchito que Charly aseguró que conseguiría su amigo. Así que hacia allí nos encaminamos.
Me quedé atrás, pero daba la maldita casualidad de que mis treinta y siete minutos empezaban en el borde norte de la feria, que estaba al final del camino de puestos. Así que me aseguré de quedarme atrás. Cuando se pusieran a jugar y se olvidasen de mí, me metería entre la gente y emprendería la dulce vuelta a casa.
―¿Quieres tomar algo? ―me preguntó Charly de golpe y pensé que iba a darme un infarto, porque no me había dado cuenta de que se quedaba rezagado conmigo, ocupada como estaba buscando una vía para escapar.
―No bebo ―repliqué sin mirarle.
Era muy consciente de que él tenía un vaso en la mano lleno de alcohol con refresco y eso me repugnaba sobremanera. Odiaba el alcohol más que a mis compañeros de clase, y eso ya era decir. Quizá a los catorce no me hubiera colgado ni un poco de él si le hubiese visto bebiendo, pero claro, estuvimos con mis tíos casi todo el tiempo, no tuvo oportunidad de emborracharse. Ni siquiera me planteé que quizá a los catorce él no bebiese. Me daba igual.
―¿Aún? ―me preguntó.
Y yo me pregunté por qué demonios seguía caminando a mi lado en lugar de alcanzar a Eva que iba varios pasos por delante con Vane buscando un puesto que les gustase.
―¿Aún? ―repetí desconcertada.
¿Beber era una opción temporal? ¿Tarde o temprano todo el mundo lo hacía? ¿Así de jodido estaba el mundo?
La verdad es que lo peor de todo fue que cuando sus ojos verdes se centraron en los míos, se me aceleró un poquito el corazón. ¡Le odiaba! ¿Por qué tenía que importarme que me mirase o me hablase?
―Supongo que eres muy pequeña y esas cosas. ―Agitó la mano, como si fuera obvio.
―Tengo la misma edad que tú ―le recordé enfadada. ¡Me ponía furiosa, ¿por qué tenía que gustarme hasta cuando me ponía furiosa?! Ah, ya, porque seguía portándose conmigo como con Eva y Vane, no como si yo fuera la suicida―. Podría beber si quisiera, pero no quiero ―aseguré, cuando se encogió de hombros como si diera igual.
―Vale, vale. ―Alzó las manos con inocencia y deseé darle un puñetazo. Y callarle con un beso. Lo cuál era estúpido, porque nunca jamás había besado a nadie y no pensaba hacerlo―. No he dicho nada, mi hermanita de once años tampoco bebe.
―Eres…
Quise insultarle, pero me atraganté con las palabras. Le paré sujetándole del brazo y provocando que la gente que venía detrás se chocase con nosotros y se quejasen con ganas. Charly solo me sonrió, como un imbécil insufrible.
―¿Qué soy, Lucía? ―preguntó con burla.
―Un idiota.
Pero me trataba como si fuera normal. Una cría tonta, pero normal, tan normal como seguro que consideraba a su hermanita de once años. Y quise demostrarle que era normal. Podía serlo. Como Eva y Vane. Le quité el vaso de un tirón y bebí. Estaba sedienta de caminar con el calor, ni siquiera lo había notado. Quizá bebí más de lo que debería. Lo pegué contra su pecho cuando acabé, obligándole a sujetarlo para que no se le cayese y me fui a pasos largos.
―¡Venga ya, no te enfades! ―me dijo, cuando me iba―. ¡Pes…! ¡Lucía!
Agité la cabeza al darme cuenta de que iba a llamarme «pestosa» como me llamaba «en secreto» con mi primo a los catorce años. Como si yo fuera imbécil y no me diera cuenta. Eva me dirigió una sonrisa burlona antes de ir hacia Charly. Suponía que había oído algo. Me daba igual.
―No dejes que te cabree ―me dijo mi primo de golpe, cuando estaba a punto de apartarme de ellos, que se habían parado en un puesto para conseguir el peluche de Vane.
Miré a Charly, que se había parado unos pasos más allá y hablaba con Eva con el ceño fruncido.
―No me cabrea, me da igual ―mentí.
―Ya. No está pasando un buen momento, así que está especialmente capullo. No se lo tengas en cuenta.
Asentí, sin saber qué decir, mientras miraba a Charly, preguntándome qué le habría pasado. Tenía cierto aura de controlar el mundo a su alrededor, me extrañaba que algo pudiera irle mal, la verdad. Pero yo mejor que nadie sabía lo mucho que podían engañar las apariencias.
Y entonces todo se fue a la mierda. Lo supe, porque su mirada clara se volvió extrañamente transparente cuando miró hacia mí. Pero no a mí. Su vista se deslizó por mi brazo, que había apoyado en el mostrador del puesto sin darme cuenta. Y paró en la muñeca.
Supe que Eva se lo acababa de decir y quise llorar. No quería que Charly supiera que era la suicida. No porque él me importase, al menos no tanto, aunque me gustaba que fuera un capullo que me tratase como a alguien común y corriente. Que pagase lo que fuera que le pasara conmigo como si fuera alguien normal, no alguien débil al que había que tratar diferente por haber tratado de cortarse las venas. Lo peor de todo es que se lo contaría a Carlos, y este a su madre. Y mi tía se culparía o se sentiría mal, o trataría de hacer algo. O peor, miraría hacia otro lado como mi madre. No soportaría que mi tía favorita simplemente mirase para otro lado.
Miré a Charly para verle apartarse cuando Eva iba a besarle. Sabía que había perdido mi oportunidad de largarme a casa a paso rápido para estar allí en treinta y siete minutos. Tenía que asegurarme de que Eva y Vane no le contaban nada más. Y, sobre todo, de que él no se lo contaba a mi primo. Como fuera. ¡¿Por qué no había pensado que ellas se irían de la lengua?! ¡Casi habían tardado demasiado! En el insti fueron mucho más rápidas.
Charly echó a andar hacia nosotros y Eva le gritó a la espalda malhumorada que era un coñazo. ¿Qué? El desconcierto me mantuvo anclada en mi sitio mientras Eva llegaba, sujetaba a Vane de la mano y la arrastraba pese a la reticencia de su amiga, para alejarla del puesto.
―Nos largamos ―dijo Eva―. Que te lo pases bien con esos gilipollas, Lucía. ―Y se largaron entre la gente.
―¿Qué has hecho? ―pregunté con el ceño fruncido. No entendía nada. ¿Me había imaginado la mirada de Charly a la pulsera? ¿No se lo habría contado?
―Algunas llevan muy mal el rechazo ―explicó sonriente―. ¿Te quedas con nosotros?
No pude responder, porque empezó a bromear con sus amigos y luego, el que había ganado en el puesto, me ofreció su premio y acepté un peluche, más desconcertada aún que otra cosa. ¿Charly sabía algo o no? Le miré de reojo, mientras me abrazaba al peluche. Era mi primer peluche. Me gustó, suave y blandito. Agradable.
Pasé un rato con ellos tras eso, tratando de averiguar si Charly lo sabía o no. Se puso rarísimo, aunque no tuve muy claro de si era por lo que fuera que le pasaba, porque le molestaba mi presencia en general o porque sabía algo. Y fue desesperándome. Solo quería volver a casa. Así que tras una breve discusión en la que le dije que me iba, insistieron en llevarme.
Y acabé cediendo. ¿Qué más daba? Me fui enfureciendo en el coche, porque no era capaz de saber si se lo habían dicho o no y no sabía si iba a cagarla de preguntar. Al final, decidí pasar de él, porque estaba raro de narices y cuando su amigo Abram paró en mi casa, me colé en mi casa y cerré la puerta con fuerza cuando Charly trató de decirme algo.
A la mierda. Si no se lo confirmaba por mucho que se lo contase a mi tía, podría negarlo, ¿no?
El panorama dentro de mi casa me hizo olvidarme de Charly. Mi madre estaba en el sofá, con el camisón tan suelto que casi se le salía un pecho y sentado junto a sus pies, toqueteando sus piernas sin ningún disimulo, estaba su camello.
―Luci, cariño, has vuelto ―dijo mi madre, con voz de cuelgue, tratando de levantarse―. Ha venido un amigo a verme, pero ya se iba…
No respondí. Subí corriendo las escaleras, me encerré en mi habitación, apoyé la espalda en la puerta y resbalé hasta el suelo. Hundí la cabeza en el peluche y lloré.
Mi tía Carmen me llamó unos días después. Temí que supiera algo, que Charly se hubiera ido de la lengua, pero me habló como siempre. Mencionó que Carlos le contó que nos habíamos visto y que yo iba con unas amigas.
―Me alegro de que tengas amigas con las que salir, cariño, siempre pareces tan sola ―me dijo con la voz cargada de ternura.
Supuse que ni siquiera le contaron cómo acabó esa noche. Y yo no la corregí.
Normal. Quería ser normal. Solo eso. Aunque no lo fuera.




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